Yuyita Flores vive luchando con la vida y los amores; en su diario relata dichas y desventuras tan femeninas como humanas, de seguro encontraras algo de ti en ella.
Mi caso está en manos de una psicóloga
desde hace meses, después de pasar por un largo e innecesario mal de amores crónico
entendí que necesitaba un poco de ayuda. Igual como le pasa a algunas mujeres que
deciden dar a luz natural y sin nada que les calme el dolor y ya casi en el
parto no resisten más y ruegan por cualquier droga que les de algún alivio.
Me ha mandado a conocer hombres, me lo ha
asignado como tarea, dice que la idea no es enamorarme de nadie y que debo
aceptar cualquier invitación aun cuando se trate de alguien que no me guste.
Siento un frio nada divertido en el estomago cuando ella dice eso, llega de
inmediato a mi mente esas salidas tan insípidas y estúpidas junto a gente que
nada tienen que ver conmigo.
Bueno pero hay que hacerle caso a lo que
dice entonces yo acepto la invitación que tanto he rebotado para una pizzería que
publicitan como lo último de los muñequitos. El tipo no se ve mal, es
inteligente, estudiado, tiene su propio negocio y todo encajaría perfecto si… ¡el
jevo no discutiera todo lo que yo digo!,
no está de acuerdo con nada, hasta la cantidad de servilletas que había
en la mesa se convirtió en un tema de discusión. Extrañamente al final de la
noche termino de lo más encantado diciéndome que quería repetir pronto la
salida y hasta me dio un beso que estuvo
más próximo a mi boca que a la mejilla.
¡Descartado!, demasiado conflictivo, además
tiene un bigotico medio raro que me molesta de solo pensarlo.
Javier fue el siguiente, me invito a caminar por la zona colonial, nos sentamos
en un banco y hablo hasta casi dormirme. Hablo de religión, de política, de
misterios del universo, de la literatura griega, de su familiaridad con
Balaguer y no sé cuantas cosas más. Luego de dos horas mi estómago sonaba del
hambre, él no se callaba y tampoco parecía que hubiera plan de comer. Le dije “deberíamos
comer algo” y entonces saco de sus bolsillos dos barritas de granola. Fue todo
lo que me ofreció, además de su extenso e inacabable monólogo.
La experiencia me sirvió para cuando acepte salir con Elías, le advertí que iría
al cine pero que después tenía que cenar y así fue. No tengo quejas de él, era el tipo más divertido con el que había compartido en mucho
tiempo. Nos entendíamos, no me aburría, las conversaciones de todo y nada no se
acababan y esa salida fue solo el inicio de algo que se fue poniendo muy
interesante.
Una mañana abrí los ojos e instintivamente encendí el celular para ver si el ya
me había escrito algo, ahí me di cuenta de que él era mi primer pensamiento del
día, lo que yo buscaba para sentir que desperté.
No, no me emocione, me pase la mañana preocupada
pensando que estaba sintiendo la necesidad de Elias y no me gustaba para nada
la sensación.
Decidí llamarlo y le mentí, le dije que
habia regresado con Leonardo y que no podría seguir en comunicación con él.
Entonces deje de pensar en Elias y regrese
mi mente y sus ideas recurrentes, a Leonardo, a mi frustración, a mi realidad
aparentemente imposible de cambiar, a mis deseos cambiantes, estancados,
errados.
Me faltaban dos hombres más para completar
la tarea que se me asigno y como un mes para regresar a ver a la psicóloga,
pero adelanté la cita y me le senté de frente para decirle:
"Mire doctora, yo creo en su capacidad y la
respeto, pero tengo que ser sincera conmigo y con usted, aunque todo este muy
mal yo amo a Leonardo y ese amor por mas que yo he tratado, no tiene condición alguna,
lo amo si me falla, si se va, si regresa, si me ignora, si me ama, lo amo
siempre, todos los días. Lo pienso, lo respiro, lo adoro.
Por más hombres
que conozco y más cosas que vivo, nada es mejor que él para mi. Nadie tiene la
capacidad de hacerme tan miserable o tan feliz como el lo hace."
Dije todo eso y no
puedo explicar lo libre que me sentí de admitir en voz alta que lo amo a pesar
de todo.
Esta decidido, de todos los hombres, de
todas las bendiciones, las dichas y todo lo bueno, él es el ganador, al menos
para mí que no encuentro nada que lo supere todavía.
¿Qué hare?, la pregunta del millón de
pesos, ya no seguiré pataleándole a la vida ni queriendo resolverlo todo en un
chasquido de dedos. Seré una Penélope moderna, tal vez no me siente a tejer en
un muelle o en el banco de una estación de trenes, más bien seguiré tecleando y
corriendo en mi trabajo mientras pasan los días, pasa el tiempo y llega
nuevamente mi hora…
Tal vez no vuelva, pero yo esperare
y apostaré a que sí.
Cuando le di el “si” a Rafael, yo no estaba
ni la mitad de interesada de lo que él lo estaba de mí.
Decidí decirle que si por recomendación de mi psicóloga, quien tenía la
interesante teoría de que me había dedicado a “autoboicoteando” y aunque apareciera el mismísimo príncipe azul del
cuento, lo vería como el más grande de los sapos porque internamente continuaba
en el capitulo “Leonardo y Yuyita forever together”.
Bueno, pues cuando Rafi me pidió como por
quinta vez que le diera una oportunidad, se la di.
Me sentía tan injusta.
Cuando salíamos, a cada rato lo sorprendía mirándome fijamente con una cara de
borrego a medio morir que en verdad me causaba cierta lastima.
Y de esa pena, nació mi deseo de ser un
poco más colaboradora con la situación, ya no le hacía tan difícil las
conversaciones conmigo, comencé a llamarlo, a ser más receptiva, las cosas comenzaron
a fluir (para mi sorpresa) y bueno el noviazgo se hizo real.
Un sábado en la tarde se me hizo raro no
haber tenido noticia alguna de Rafael y decidí llamarlo, el teléfono sonó y sonó,
pero no respondió. Dieron las 10 de la noche, ya debían haber al menos unas
doce llamadas mías en su celular y en la próxima llamada el móvil sencillamente
ni timbro, me mando directamente a la grabadora.
“Lo apago!”, me dije en voz alta, y la ira
que nació dentro de mi me hizo decidir que si se le ocurría aparecer iba a ser
solo para escucharme dejar la relación de manera estrepitosa.Y así fue. Cuando él llamo a la
medianoche para darme explicaciones me escucho gritarle llena de ira un montón
de cosas (algunas que ni venían al caso) y finalmente mandarlo al carajo con
todo y explicación.
Lo dije todo muy en serio y no esperaba ni tenía
el objetivo de que él reaccionara buscándome o enmendando la situación, es que
la verdad él no significaba la gran cosa para mí y en el corto tiempo en que
estuvo no logró encender nada en mi ser, no como esas chispas que antes vi
volar alrededor de mi cuando me enamore de Leonardo (si, ya le creo a la psicóloga,
estoy obsesionada).
Pero Rafael apareció con flores en la
puerta de mi casa, tomo mis manos, me miro a los ojos y me dijo que haría lo
que tuviera que hacer para hacerme feliz y mantenerme a su lado.
No lo podía creer, ¿a mí me estaban diciendo esas cosas?, hace
demasiado tiempo que nadie mostraba un interés tan bonito e increíble en mí. Y más
por desconcierto y hasta por gratitud hacia aquel galante gesto, accedí a
continuar con él.
El supo cómo irme enamorando, me fui
creyendo el cuento sin darme cuenta y por primera vez en mucho tiempo no tuve
miedo de que todo se volviera repentinamente un caos.
Pero como los seres humanos somos complejos
e inconformes hasta con la felicidad, yo comencé a tomar la costumbre de que
cada vez que algo no me gustaba, por más mínimo que fuera, le armaba un pleito
a Rafael y lo amenazaba con dejarlo.
No lo hacía de manera consciente pero creo que lo que me impulsaba a hacer eso
era el deseo de verlo desesperado, rogando y prometiendo cosas, queriendo serlo
todo para mí.
Sí, yo la malvada Yuyita, hacia eso y él seguía
al pie de la letra la rutina que esperaba, sufriendo y llorando, cuando yo en
realidad estaba diciéndome internamente “el pobre, se cree que es de vida o
muerte que lo deje, si supiera que es solo un juego y que no le hare la maldad
de abandonarlo”.
Y todo fue muy feliz para mi hasta el día
en que Rafael no siguió el libreto acostumbrado, le dije “pues te dejo” y él se quedo callado. El silencio
fue su respuesta y para mí un verdadero castigo.
Al fin estaba pagando las que les había
hecho. Lo busque yo y arreglamos las cosas, la siguiente discusión intensa lo volví
a amenazar con el famoso “pues terminamos” y en lugar de silencio me respondió muy
decidido “pues terminamos”.
Y así de fácil se me acabo el chantaje, a
pesar de que regresamos y yo trate de suavizar las cosas no volví a ver sus
ojitos de borrego a medio morir, ni lo volví a descubrir mirándome fijamente,
se volvió apático a mis charlas, las discusiones las esquivaba y me ignoraba
cuando me veía molesta.
¿Me lo gane?, hay una parte que si, mis
chantajes lo hastiaron, pero sobretodo me quitaron importancia y poder, ya no tenía
manera de llamar su atención, de hacerle saber que era importante o serio lo
que decía y encima, sospecho que acabe con su admiración hacia mí, y no hablo
de amor, porque el amor siempre dura un poco más para irse.
Oh Yuyita, ¿quién te entiende?, encuentras
un hombre bueno y lo que se te ocurre es abusar de su paciencia y buenas
intenciones.
Después
de todo parece que el dinero que estoy invirtiendo en terapia no está siendo
del todo en vano, no está funcionando porque yo no hago caso a lo que la psicóloga
me dice pero ella suele tener la razón en todo, especialmente en esa insistente idea de que me he dedicado a autoboicotearme.
¿Y el final de esta historia?
Bueno, pues se me acabo la armonía, la relación
con Rafael y mi eterno chantaje.
Estudiando
inglés conocí a María Isabel, en los años de mi adolescencia, tenía mi edad y
era extremadamente tímida. El profesor nos hizo formar un grupo de estudio en
una clase y desde entonces ya nunca más se me despego. Se aferraba a mi brazo
como con desesperación cuando salíamos a comprar la merienda y parecía tener
miedo de todo.
Miraba a
las demás compañeras y admiraba hasta la capacidad de comer lo que
compraban, sin reparar en nada más. María vivía con la sensación de que siempre la estaban mirando con el fin de criticarla, cualquiera era más que ella y estaba convencida de que no
podía lograr nada.
El curso
termino, nos separamos y años más tarde nos volvimos a encontrar, seguía tan tímida
como cuando la conocí, aunque ya no se aferraba al brazo de nadie para caminar en la
calle, me dijo que estaba terminando la carrera de administración de empresas,
pero que deseaba mucho trabajar en cualquier cosa.
Yo afanada
en ayudarla (no sé porque pero siempre ando queriendo resolverle todo a todo el
mundo), la recomiendo en un call center en el que tengo contactos, ella va a la
entrevista y le dice al entrevistador que habla, escribe y domina el inglés,
pero para aceptar el trabajo necesita que le aseguren estará en un espacio
donde nadie mas podrá escucharla hablar porque le da vergüenza.
Esta de más
decir que fue inmediatamente descartada para el puesto.
Me llamo,
se disculpo y luego inicio una charla en la que me decía que en realidad quería
era hacer algo relacionado con su carrera. Coincidencialmente, para esos días, una amiga con una
pequeña empresa se iba de viaje un mes y quería probar a alguien antes para ver
si podía dejarla a cargo de algunas funciones administrativas.
Recomiendo
por segunda vez a María Isabel y tres días después ella misma me llama para
decirme que tuvo que renunciar porque tenía que pasarse muchas horas frente a
una computadora y la pantalla le estaba dando dolores de cabeza.
Entonces
entendí que ella no quería encontrar lo que buscaba.
Como nos
pasa a muchos en la vida, que creemos andar buscando algo y aunque lo
encontremos de frente o nos lo den en la mano, lo echamos a un lado, lo
descartamos y seguimos caminando entre quejas y reclamos porque ¨eso¨ tan
esperado no termina de llegar.
Como cuando
buscamos el amor o creemos estar buscándolo, a veces tenemos tan cerca la
respuesta a la gran petición y ni nos damos por enterados. De eso sabe mi amiga
Noelia, quien paso años llorando en los hombros de Antonio, su mejor amigo.
Ignorando su petición de convertirse en algo más para ella. El día que ella lo permitió
descubrió en él la felicidad más grande y plena de todas, al menos así lo dijo
el día que se casaron, un año después de haberle dado un dudoso ¨vamos a
intentarlo¨.
Mi mama
siempre me ha dicho que el amor no se persigue, el te encuentra y te sorprende
cuando menos te lo esperas. Yo siempre he pensado de esta manera porque además
de ser una idea de lo más estetica, es más cómoda; pero me ha remeneado el
mundo la cantidad de personas buscando amor y compañía con armas mucho más
arriesgadas que la simple esperanza.
Lolita no
comparte la idea de mi madre, dice que el amor hay que buscarlo, y es un
ejercicio tan serio y de tanto empeño como cualquier oficio remunerado.
¨Sentada en
tu casa, a lo más que llegas es a poner estados en facebook que a nadie le
importan, ¡ponte donde el capitán te vea!, que encerrada en tu casa no se
consigue nada¨, son algunas de las cosas que me dice.
Yo que
tanto condeno a quienes se quejan pero no se esfuerzan lo suficiente para
conseguir lo que desean, yo con tanto ímpetu, iniciativa y fuerzas para
realizar mi trabajo, yo que tan pocas cosas me detienen cuando se trata de
conseguir lo que deseo, cuando me hablan de amor y afectos el cuento se
convierte en otro.
No sé por que nadie de mi familia se tomó el tiempo en
explicarme que el amor se pelea tanto o más que el dinero que salimos a buscar
con tanto afán cada mañana.
Nos venden
películas donde el amor siempre encuentra a la gente, en el que no hay
estrategias, en el que la magia siempre esta presente… Entonces uno vive con
esto en la cabeza y una realidad muy diferente bajo los pies.
Una de las
citas de Benjamin Franklin reza: ¨Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos¨.
No hay siquiera que ser religioso para asimilar esta expresión como cierta.
Exista o no
exista un Dios, si no se hace nada, nada se puede esperar…
A buscar
sin prisas, pero sin dejar de hacerlo, el éxito, el amor, los sueños, todo
llega con su tickecito que paga impuesto, el costo siempre es el esfuerzo…
A mí no me enseñaron a guardar secretos, el
valor de la discreción no es algo que inculquen las mujeres de mi familia.
Crecí escuchando a mi abuela hablando de sus evacuaciones, la consistencia y la
regularidad de las mismas como si estuviera hablando del último evento social o
la noticia más comentada.
Mi tía materna nunca tuvo reparo en demostrar o decir que estaba sufriendo un
mal de amores, hablar en voz alta de olores corporales o infecciones vaginales.
Mi mama, es como una cafetera sin filtro, todo lo tira tal cual, no importa si es de ella o de cualquiera y si no estas lo suficientemente atento puede soltar una indiscreción grandisima sin siquiera darse por enterada.
En fin, las sutilezas no formaron parte de
mi crianza, por eso cuando mi tía paterna apareció vestida de novia en la
iglesia, en la que nos había convocado a todos engañados, viví uno de los momentos más impactantes de mi vida.
Mi tía, la que todos miraban con lastima y
llamaban solterona, tenía años en una relación sentimental con un hombre
realmente impresionante. Todo lo vivió en secreto, sin contarle a nadie que estaba enamorada, ni las cosas que le estaban sucediendo, todas fueron solo para
ella.
Yo apenas comenzaba la adolescencia cuando eso sucedió, y no entendí porque
alguien ocultaría una cosa así, por que prefirió llevar a la familia entera
engañada a la iglesia para sorprenderlos con su boda, porque no le calló la
boca a todos los que le decían con cara de pena que había perdido la
oportunidad de hacer familia.
Ahora la entiendo, después de tantos años
le doy la razón. Durante mucho tiempo ella quiso demostrar que era y tenía todo
lo que se esperaba de ella, de buena fe y con sincera alegría compartía cada bendición
que recibía y a cambio obtuvo muchas opiniones, además de que veía como las
cosas se le volvían sal y agua tan pronto como comenzaba a cacarearlas.
Yo tenía apenas doce años cuando me lo
conto, pero nunca lo olvide, lo convertí en algo muy mío y se quedo fijo en mi
mente ese miedo a que una mala vibra u opinión adversa pudiera desbaratar lo que
me está pasando para bien, es más grande lo que puedo describir.
Cuando comencé con Leonardo todo era
felicidad pero pocas de mis amigas tenían novios y las más ociosas se dedicaron
a buscarle defectos y a meterme ideas extrañas en la cabeza que luego
comenzaron a ser motivos de peleas y malos ratos con Leonardo, así comenzó el
azare…
Leonardo y yo terminamos y volvimos tantas
veces que ya me daba vergüenza contar una u otra cosa, algunas de mis amigas me
exigían que no regresara con él y me
daban el sermón del universo cuando se enteraban que estábamos juntos de nuevo.
Y fue así como le perdí el amor a contar mis cosas, hace mucho tiempo que me acostumbre a no decir nada y ni me pesa,
ni me hace falta andarlo contando todo. Creo que la gente grande hace estas
cosas, no es algo que solo me pase a mí.
Yo tome la decisión de no hablar sobre mi
vida personal ni con la más íntima de mis amigas: siempre hay mil cosas de la
vida cotidiana y el trabajo de las cuales conversar y ellas siempre están
deseosas de contar sus novedades, así que ni cuenta se han dado de que ya no hablo
de mí.
Cuando alguna pregunta cómo andan los
novios, siempre digo que todo sigue igual y así se muere rápido el tema.
Me niego a contarles si alguien me hace ilusión,
si regrese con Leonardo, si ya por fin lo olvide, si tengo tres o cinco meses
de amores con un hombre maravilloso, si tengo mil o ningún enamorado.
Sencillamente no deseo compartirlo.
Por más rebelde, extraño y loco que suene,
mi vida personal es solo mía, desde hace un tiempo a la fecha y que alivio es
no deberle a nadie explicaciones ni escuchar los famosos consejos sobre lo que
tengo que hacer, esperar, buscar o sentir.
Soy soltera para los demás desde hace siglos
y no me interesa cambiarle esa idea a nadie.
No me inmutan sus caras o expresiones de lastima, sus “ya encontraras a alguien”,
me le escabullo a los “te presentare un amigo” y las predicciones sobre “ese
hombre” que llegara a mi vida en el momento indicado, me tienen sin cuidado.
Nadie ni se imagina lo que me está pasando
y eso me hace muy feliz, y los
disparates que me toca escuchar solo me provocan una risa silenciosa para mis
adentros, a veces hasta me escucho decir muy bajito “vivir y dejar vivir”.
Gracias tía Ará por esa idea, me ha salvado
el equilibrio mental, mi paz interna.
¿Quién dijo que no me enseñaste nada?, paz a tu alma.
Hace días escuche en la radio que hay una cosa llamada “la crisis de los 25”, casi brinco en el asiento del carro y para mis adentros me dije “yo sabía que esto no solamente me pasa a mi”.
Voy junto a mi generación corriendo a la velocidad de la luz hacia edades que nos parecían tan adultas y lejanas hace nada. A más de una he escuchado decir “ay ya estoy vieja” o “cuando era joven”.
No sé qué pasa pero los 25 parecen ser la edad del desaliento, por alguna extraña razón uno siente que llego a un punto sin retorno y la juventud comienza a verse como una cosa distante.
Hace poco una de mis amigas más cercanas anuncio que se estaba divorciando, nos consterno a todas, porque mientras la mayoría del grupo anda armando boda, soñando con el cuento de la casita y la familia feliz, ella justo abandona este barco. La primera entre todas mis conocidas.
Ana tiene 28 años, un hijo, un próximo ex esposo y siente que su vida ya termino.
¨¿Y a mi quien me va a querer con un muchacho a rastro, después de haber sido mujer de otro?”, la escuche decir.
Si, ella está convencida de que el mundo se acabo porque casi tiene 30, un hijo y un ex marido. Yo en ella veo una mujer hermosa, divertida, inteligente y con la vida apenas iniciando, pero ella ve solo la parte de la sociedad que condena a una mujer por ser madre, no tener 20 años y no poder pasar por virgen de la vida. Para muchos, empezando por ella misma, ella es el equivalente a una mujer de medio uso, por lo tanto, ya a mitad de su valor inicial.
Es cierto que muchos hombres tienen el prejuicio de que si se enteran que la mujer ya tiene hijos salen corriendo. Inclusive en estos días escuche en un programa de humor radial a unos hombres hablando de las mujeres que tienen hijos como si fueran una especie aparte del resto y entre risas y burlas uno de ellos decía: “mi abuelo siempre me dijo que la vaca la estrenara yo y la marcara de inmediato”.
La rabia que me dio escuchar en un medio de comunicación desorientar a la sociedad de esa manera, no la puedo explicar, pero bueno, sigo en el tema...
No voy a decir que no hemos atravesado por un cambio, porque si, es verdad que ya no tenemos los pensamientos adolescentes y nuestras problemáticas son mucho más serias.
A mi se me hace molestosamente perceptible este cambio cuando cometo el error de ir a Blue Mall un sábado por la noche; el centro comercial parece un gran recreo de un colegio” St expensive” de los tantos que hay en Santo Domingo. Púberes clase media alta se reúnen con sus mejores ropas para corretear, jugar a ser grandes, a tener amores, a darle envidia a las amiguitas y crear historias de las que se pasan la semana comentando en el colegio.
Si por error escucho una de sus conversaciones ahí es que quiero morir, me digo una y otra vez, debo estar en el borde la decrepitud. Reconozco una Yuyita pasada, en sus palabras, pero no encuentro ni una gota de la Yuyita que soy ahora, esta versión más práctica, directa y calculadora.
No, no me siento superior, en parte me siento avergonzada por haber abandonado ya esa etapa de tanta espontaneidad y alegría, otra parte de mi me deja ver lo seria, abrumadora y estricta que se ha vuelto mi vida y otra pequeña parte encuentra regocijo en haber superado tantas inseguridades y estar mejor plantada en mis pies.
Me pregunto que diré yo de mi en 25 años más, que sentirán mis amigas, las mismas que sienten haber llegado al borde del abismo por cumplir o estar a punto de llegar a los 25.
No estamos viejas, lo sé. Estoy consciente de que podemos rehacer nuestras vidas, dos veces más si queremos, con o sin hijos, con o sin ex esposos, con o sin prejuicios.
Sé que estoy a tiempo para TODO, para empezar otra carrera, para hacer postgrados, maestrías, para viajar un tiempo y volver, para postergar casarme o arrojarme a hacerlo, para tener hijos o retomar el tema en par de años, para cambiar de oficio, de país, de vida, de todo.
Uno solo es preso de lo que permite y aunque a mi también me arrastre este miedo a la inminente adultez, me niego a aceptar etiquetas, prejuicios o parámetros que me indiquen lo que sí y no es aceptable a mi edad.
Mis 25 aún no llegan, pero yo ya estoy lista para cuando vengan por mi.