lunes, 17 de octubre de 2011

Una loca cualquiera


Hay tres cosas que me hacen gastar todo mi dinero sin remordimiento alguno, la primera son las blusas, lo segundo son productos para mi cabellera y lo tercero, pero no con menor emoción, son los libros.
Hay días en que siento la necesidad de ir a la librería y pasar horas allí, y si uso la palabra necesidad es porque la sensación es muy parecida al hambre, al sueño, a la urgencia de un abrazo.

Tan solo la creatividad de los títulos me hace disfrutar mi estadía en la librería; algunos de los que me han resultado más fascinantes son: “La insoportable levedad del ser”, “Siete maneras de decir manzana”, “La elegancia del erizo”, “las intermitencias de la muerte”, sin obviar clásicos como “Crónica de una muerte anunciada”, y otros más relacionados con mi afecto por determinados escritores, como es el caso de Isabel Allende y “La suma de todos los días”.

Hace años que veo en los estantes de las librerías un libro autoría de Rosa Montero, una escritora que aún no leo, se titula “La loca de la casa”, cada vez que siquiera pienso en este título siento que hablan de mí y me llena de vergüenza.

Mi madurez, ecuanimidad y educación se van a un lugar desconocido cada cierto tiempo, y suceden cosas que ni mi familia ni yo solemos compartir, después de todo, los trapitos sucios se lavan en casa.

Dicen que cada familia tiene su oveja negra, y no es que yo llegue al punto de ocupar este lugar dentro del clan al que pertenezco, pero cuando doy problemas es un asunto muy parecido a un terremoto, se mueve el piso, se acelera el pulso y puede pasar cualquier cosa.

Por ejemplo, cuando tenía once años decidí tener mi primer novio, y por supuesto esta decisión no la compartí con mi familia. Estando yo en un colegio de monjas, vigilada todo el tiempo y con el seguimiento morboso que le daban los compañeros de curso al asunto, se me ocurrió citarme con el dichoso noviecito en uno de los callejones del colegio para darnos un beso.
Justo cuando mis labios se encontraron con los de él, sentí un jalón en el brazo y cuando vine a reaccionar estaba sentada en la dirección escuchando el sermón de una de las monjas que calificaba de inaceptable mi conducta.

La sola idea de llegar a mi casa y enfrentar a mis padres me aterrorizaba, las recriminaciones de la incisiva religiosa me abrumaron la razón, de pronto se me nublaron los pensamientos y sentí que ya nada tenía remedio, le di un empujón a la monja, abrí todas las puertas que encontré en mi camino a trompadas y patadas (tipo película de karate) y salí corriendo del colegio.

Decidí que ya no iba a regresar nunca más a mi casa y comencé a hacer planes para asumir mi vida (si, yo, con once años). Esa noche no durmieron ni las monjas, ni mis padres, ni muchos de mis compañeros que realmente pensaron que había enloquecido y que andaba deambulando por ahí sola.

Finalmente todo se resolvió, volví a mi casa, fui recibida entre lágrimas y sentimientos encontrados.

Fui el tema de conversación durante mucho tiempo en el colegio y una especie de heroína desquiciada durante todo el bachillerato, gracias a esa estúpida hazaña.

Otra de las pocas cosas que encuentro ¨publicables¨, fue cuando con 17 años me dio un mal de amores que exagere hasta más no poder, yo en verdad estaba convencida de que el mundo se había acabado solo porque se había terminado la relación. Me pase tres días negada a comer y trancada con todo y seguro en mi habitación.
No le permitía a nadie hablar conmigo y jure que iba a morir de inanición.

Aprovechando una salida de mis padres, hurgue el botiquín de la casa buscando píldoras que me mantuvieran dormida para que pasaran más rápido las horas de mi sobreactuada tristeza. Me bebí dos píldoras y me lleve varios frascos de relajantes y medicamentos afines, para analizarlos y ver si me podían ser útil en mi dramático propósito de dormir todo lo que pudiera. Antes de darme cuenta estaba dormida y el reguero de medicamentos quedo a mí alrededor.

Cuando trataron de despertarme no reaccione, había bebido dos medicamentos demasiado fuertes. Cuando desperté estaba en un hospital, llena de tubos y sin entender qué carajo había pasado. Todavía este es el día en que todos juran que intente suicidarme.

Si bueno, soy bastante dramática y drástica. Siento que convierto en un ruido fuerte y molestoso cada cosa que me pasa y que califico de terrible.

Pobrecita mi familia, se la han pasado cuidando mis emociones, asegurándose que no esté yo buscando peligro, llevándome de psicólogo en psicólogo, callando sus verdaderas opiniones en cuanto a mí y mis nada sensatas ocurrencias.

¿Y cuando ya no los tenga conmigo, quien va a mantener esta burbuja que han creado para mí?

Los observo a todos callada y sin que se den cuenta, los analizo, trato de buscar en mi mente momentos en que alguno de ellos haya perdido la razón tanto como yo, momentos en que hayan puesto a la familia con las patas para arriba de la preocupación y el estrés. Encuentro, si acaso, uno que otro pleitecito sin importancia, nada memorable en realidad.

Y me pregunto con seriedad y vergüenza ¿Por qué carajos soy así?, ¿por qué no puedo ser yo más normal?, ¿Qué hombre va a soportar semejante montaña rusa de emociones?, Cuando me convierta en madre ¿tendrán mis hijos que lidiar con esta locura mía?

¿Y si después de tener marido e hijos, me levanto un día y me voy?, ¿y si en verdad esto es locura?

Yo de mi lo único que sé es que cualquier cosa se puede esperar si mis emociones pierden el equilibrio, y en verdad me gustaría poder andar por la vida con algún aviso o advertencia que todos pudieran ver y que les explicara a lo que se exponen si me encuentran uno de esos días raros y escasos en que dejo de ser yo y me convierto en una loca cualquiera… Pero ni modo, ya que eso causaría más problemas y ruido de la cuenta, yo sigo viviendo como si fuera normal, como si dentro de mí no existiera una especie de bomba de tiempo. Sonrío y finjo ser optimista, a ver si así me confundo entre la muchedumbre.

domingo, 9 de octubre de 2011

Yo, la cuentista


No recuerdo donde pero una vez leí una especie de análisis sobre Juan Bosch y porque no había podido lograr su gobierno. Quien lo escribió lo tildo de loco, imaginativo o desubicado, al menos fue la conclusión que saque luego de leer algo que básicamente expresaba, que al ser Juan Bosch un cuentista y contar con mucha creatividad para crear historias, a veces se le confundía la realidad con esos cuentos y los llegaba a mezclar con lo que estaba verdaderamente aconteciendo.

Obviando la parte en la que considero este asunto una completa falta de respeto y todo el debate político que esto conlleva, seré sincera; quien hizo este análisis debe conocer mucho de las personas que escriben y son amantes de la literatura.

No sé si a todos les pasa pero, yo, Yuyita Flores, demasiadas veces he mezclado las historias de mi imaginación con la realidad.

Demasiadas veces he tenido que detenerme y decirme ¨Cuidado Yuyita que esto no es uno de esos cuentos tuyos¨.

Realmente yo creo que esta podría ser una condición de ¨escritores¨ o gente creativa.

No hay nada de político en lo que diré ahora. Quizás Juan Bosch si luchó para tratar de distinguir si lo que le estaba aconteciendo era producto de su imaginación o la pura realidad.

Como humanos e imperfectos que somos, todos tenemos algo de disparatosos, locos y hasta de estupidos en uno que otro momento. ¿Y porque no? hasta mentirosos.

Por ejemplo, muchas veces las cosas iban muy bien entre Leonardo y yo, entonces me sentía aburrida y algo mas poderoso que yo, me hacia inventar rápidamente algo para salir de esa cosa tan desagradable llamada rutina.

Todavía no sé porque ni con cual fin, pero un día le dije a Leonardo que alguien me estaba persiguiendo, que tenían días en eso y se hacía muy evidente. Con los ojos medio llorosos le dije que sentía miedo de salir a la calle.

El pobre Leonardo se puso paranoico, me dijo que me cuidaría y se dedico a llevarme y traerme a todos los lugares a los que debía ir. Íbamos por la calle y él se la pasaba mirando a todos lados para ver si distinguía al perseguidor. Me llamaba a todas horas para saber si yo estaba bien.

Al principio fue divertido, después fue preocupante, ya al final el asunto se salio de control.

Dijo que iría a mi casa a decirle a mis padres, entonces ya no sabía como desarmar aquella tonta mentira que le dije inicialmente para jugar con él, pero que ya era un motivo muy valido para lastimar su confianza en mi. Ni hablar del enojo que le provocaría.

Ya no había verdad que me salvara, use otras mentiras para salir de esa primera mentirita que había crecido como bola de nieve.

Tengo la teoría de que cada vez que mentimos hay un tiempo límite para desarmar las mentiras sin que salga nadie lastimado o peligrosamente enfadado, cuando caduca este período ya estas caminando sobre algo incierto y cada vez más complicado.

El caso es que ya mi tiempo de decir la verdad había pasado y me había enredado, una vez más, en una maraña de mentiras de esas que más de una vez he creado.

Ya use la expresión y me doy permiso para usarla otra vez… Pobre Leonardo, a pesar de que no ha sido precisamente un santo y que salio de mi vida por la puerta de la vergüenza, no puedo ser tan injusta, reconozco que lo hice pasar por muchas situaciones locas y completamente innecesarias.

Yo creo que es mi imaginación la que no me ayuda, vivo soñando tantas cosas despierta, tan rápido veo todo eso que imagino volverse realidad. Duermo y sueño cosas que rápidamente veo suceder ante mis ojos, y la vida es a veces tan sonsa, tan poco mágica, que me lleva a perder los limites de si estoy inventando o esta realmente sucediendo.

A veces, he querido con tantos deseos, convencer a alguien de que algo es cierto que termino yo completamente convencida de que es verdad lo que digo.

Por eso quizás deje que pasaran tantas cosas que nunca debieron suceder, creo que me he engañado demasiado, tanto que solo cuando la realidad se hace demasiado desagradable no puedo darme cuenta de que estoy otra vez metida en uno de mis cuentos.

¿Se sanara este asunto de ser tan cuentista e imaginativa?... Tengo la leve impresión de que si llegara a sanarse y me curara yo de eso, perdería lo más interesante que hay en mi. Quien sabe…


Esta canción de Alex Ubago me hace pensar que no estoy tan sola en el mundo, preguntándome si es verdad o invento lo que por momentos vivo y pienso... Dice él (y yo lo pienso igual) que...

¿Para qué medir el tiempo, si lo nuestro es esperar?, ¿Para qué sentirnos ciertos, si la vida nos da igual? o ¿Para qué creer todo lo que vemos?, si al final no sabemos ni siquiera si es fantasía o realidad...


domingo, 25 de septiembre de 2011

La llamada


Dorita se ha propuesto conseguirme novio, lo ha dicho con gran decisión y yo que la conozco sé que no está bromeando. “Te vamos a buscar un novio”, me dijo, incluyendo en la misión a su amado, que probablemente se entero de la resolución de su novia en ese justo momento.

Yo intente abrir la boca para explicarle lo que en verdad pienso al respecto pero elegí el silencio, igual mis palabras no valen mucho cuando hablo de ese tema. La gente cree que miento cuando digo que en verdad no estoy muy interesada en cambiar mi estado civil a “en una relación”.

Parece que nadie es capaz de entender que en verdad mi corazón se siente cansado, que he estado tanto tiempo jugando a la pareja feliz que me perdí a mi misma en el camino. Hay mucho de mi que no sé, nunca me había detenido a escuchar mi silencio, tenía tanto miedo de estar sola, huí tanto de eso, que me perdí de mucho.
Tanto que corrí de mí, para al final darme cuenta que estar sola conmigo no tiene nada de espantoso, triste o infeliz. Me he llevado la sorpresa de que soy mejor compañía de lo que pensé.

No me cierro a nada, pero por ahora sería genial permanecer así el mayor tiempo posible…

Eso no lo entiende nadie, que se le va a hacer… Ya no doy más explicaciones, elijo el silencio.

Dorita cumplió su palabra, tres días después estaba en el cine presentándome con un apretón de manos a un joven de nombre Argenis, un galán que mi amiga consideraba era perfecto para mí. Claro, eso me lo dijo después de que me engañara diciéndome que íbamos solas al cine y se apareciera con su novio y el mencionado prospecto.

Ahogue la ira con las palomitas de maíz y trate de ni mirar al tipito ese que me llevaron para acabar con mi soledad.

A mitad de la noche me dio algo de apuro ver al susodicho pasándola tan mal, como con vergüenza al lado de una extraña que lo rechazaba. El quizás ni siquiera estuvo de acuerdo con ir a esa cita a ciegas, tal vez me vio y ni le guste, la estaba pasando tan mal como yo y para ser honestos, no creo que tuviera la culpa, así que decidí alivianarme y al menos hablarle para que no fuera tan vana la salida.

Comenzamos a conversar, lo mire con atención y me di cuenta de que no se veía nada mal. La conversación fluía, no me sentía extraña ni incomoda, pasaron algunas horas, de pronto ya solo hablábamos él y yo solos; Dorita ya estaba en otra esquina con su novio.

Ya era hora de irnos, me dijo que no usaba blackberrys ni chats, pero si llamaba a quienes le importaban y estaba muy interesado en tener mí numero. Yo algo entusiasmada se lo di. Nos despedimos con un apretón de manos y un “te llamo mañana”, que me susurro al oído.

Bueno sí, es verdad que me gusta esta nueva etapa de yo conmigo misma, pero que más da, yo con alguien más tampoco es que sea una cosa trágica, así que… Me doy permiso para ilusionarme y esperar esa llamada.

No me envió ningún minimensaje esa noche, pero bueno, cero obsesión Yuyita, él dijo mañana y aún no amanece.

Hago el ritual de cada lunes con más calma de lo acostumbrado, como si perdiendo el tiempo fuera a lograr invocar su llamada o algo parecido.

Pasaron las 9, las 10, las 11… Ya eran las 2 de la tarde y mi celular no había sonado ni por equivocación. Puros mensajes del bb chat, todos me molestaron, porque ninguno decía lo que yo quería leer, o más bien oír: la voz de Argenis.

Ay corazoncito traicionero, que poca fuerza tienes, tan decidido que andabas ayer en la tarde y ya mira como te derriengas por una posible amenaza de cariño.

No deje de mirar el celular en todo el día, lo apague, lo encendí, lo reinicie, revise más de tres veces los mensajes de voz… El aparato estuvo conmigo en el baño cuando me duche, en la mesa cuando almorcé, en mis piernas cuando estuve manejando, en fin, no lo solté el día entero.

Ya a las 10 de la noche me sentía atormentada, una impaciencia muy parecida a toda la infelicidad que durante los últimos meses viví con Leonardo; por primera vez en tres meses, mi felicidad no dependía de mí, otra vez dependía de alguien más, de lo que alguien más hiciera o dejara de hacer por mí.

Yo otra vez en esta situación, no puede ser. Por más bello, agradable y prometedor que sea, en este preciso momento Argenis sale de mi sistema, decidido esta. No espero más su llamada porque ya mentalmente le dije que no, he decidido que no me interesa.

No puede ser que uno sufra solo por sufrir y no aprenda de esas experiencias, por mucho tiempo me costó demasiado ponerme primero a mí, aprender a decir que no y velar por mi bienestar antes que por el de nadie. Pero ya eso quedo atrás y con Argenis pruebo esta nueva Yuyita que soy.

Como dicen popularmente: te pue’ cuida’, toy pueta pa’ mi… Y con eso Argenis te doy fin, ya no estoy como para andar el día entero mirando un teléfono esperando que un fulano me llame, etapa hipermegasuperada.

No me costó nada levantarme al día siguiente y empezar mi día como siempre sin pensar en llamadas ni ilusiones estúpidas, seguí mi ritmo de vida muy normal y a las 4:43 de la tarde sonó mi celular.
Era él, Argenis, me saludo con alegría y aunque quise responderle igual me contuve, fui fría y le corte la llamada al minuto exacto, le dije que estaba manejando y ya la luz estaba en verde.

Como escena de película, justo cuando colgué, Dorita entro a mi oficina, había corrido solo para contarme que Argenis estaba todo golpeado, con un brazo roto en su casa, el día anterior camino al trabajo lo atracaron y golpearon.

Demasiadas coincidencias, estas cosas solo las he visto pasar en las telenovelas, pero era real y sí, me estaba pasando a mí.
Jamás pensé que una situación tan desafortunada me fuera a alegrar tanto el corazón, pero así fue.

Al día siguiente fui personalmente me disculpare llevándole un nuevo teléfono móvil, es sencillito, nada ostentoso, muy barato, pero sirve muy bien para que me llame... Y desde entonces, él no ha dejado de llamarme un solo día.

martes, 20 de septiembre de 2011

Tan sencilla, tan natural, tan llena de silicona…


Cuando me enamore de Leonardo (si es cierto que hace un montón de años de eso, pero lo recuerdo, recuerdo todo lo mágico, todo lo bueno), una de las cosas que más me engancharon de él fue lo sencillo que era, tanto por dentro como por fuera.

No había nada ostentoso en él, no era difícil saber qué pensaba o que le estaba pasando, eso era una cosa muy nueva para mi, que vengo de una familia tremendamente complicada en la que cada miembro debió de haber traído, mínimo, un libro de instrucciones.

El también era amante de la sencillez, no le gustaba verme muy maquillada y mi ropa mientras menos adornos o accesorios tuvieran, lucía mejor a sus ojos.
Por eso, y porque hay una parte de mi a la que no le gusta la complicación y odia los excesos, me acostumbre a lo simple, lo natural, lo práctico.

Cuando llegue al mundo laboral el asunto comenzó a cambiar, cuidar la apariencia me sumaba puntos, por esa razón casi a empujones comencé a usar maquillaje, todavía no creo que lo sepa usar adecuadamente, pero al menos ya se nota que tengo algo en la cara, por años lucí con el rostro lavado, a pesar de hacer lo que yo consideraba un esfuerzo.

Y ese fue el primer paso para todo lo que se le fue agregando a la lista de “cosas que debo hacer para lucir mejor”. Es increíble la cantidad de disparates que existen y que se consideran indispensables para la belleza femenina.

Hay que estar depilada por tooooodos lados y siempre, cremas para mantener hidratados los codos y rodillas, no olvides una crema que le de luminosidad a las piernas, jamás dormir con maquillaje, tener una línea para el cuidado de la piel, otra para quitar las espinillas o amenazas de acné. No puedes dejar que se te note el bigote (si porque las mujeres también tenemos bigote por más horrible que eso suene), las cejas tienen que tener una línea definida, hay que mantener las puntas del pelo sanas, el pelo hidratado, no dejar que se note el crecimiento. Contar las calorías de cada alimento.

Senos perfectos, nalgas en forma, cintura estrecha, ropa de ultima… Uff es agotador hasta escribirlo.

Son demasiadas cosas y yo ni siquiera creo en la efectividad de la mayoría de esos inventos, no creo en cremas, ni en dietas milagrosas y rechazo la religión del sufrimiento eterno por una cosa tan subjetiva como es la belleza.

Pero… El rio siempre te arrastra, y mi madre se propuso cambiar mi filosofía de lo simple. Entonces se levanto un sábado bien temprano y me dijo que ya sabía que era lo que me faltaba para lucir sencillamente perfecta: extensiones de pelo.
Feliz y decidida me agarro por un brazo y fuimos al más reconocido salón especializado en extensiones de pelo de la ciudad. Cinco horas después ahí estaba yo con una melena tipo Rapunsel y con un tremendo dolor de cabeza, debido al peso y todo lo que hay que hacer para colocar la ficticia cabellera.

Me veía en el espejo y no me encontraba, no era yo lo que veía en el reflejo, ya después de algunos arreglos el asunto mejoro y había que reconocer que me veía muy bien; pero nadie me preparo para lo que venía después, cuando las extensiones ya se flojan a un punto en que hay que retirarlas y te quedas otra vez con tu pelo, con el que te dio la naturaleza, cuando vuelves a ser tu.

¡Oh Dios, que depresión!, me sentía peor que nada, me veía en el espejo y sentía que no tenía cabello, que ningún peinado ya me quedaba bien. Quería mis extensiones de regreso, que se quedaran allí para siempre. Entonces reflexione y me dije:

No hay ningún merito en esa belleza, entonces no lo uso más. Asumo lo que soy y así me quedo.

Eso me dije aquella vez, y la verdad es que si he evitado todo lo falso.

Hasta hace dos semanas todo iba muy bien, pero a Dorita se le ha ocurrido que quiere hacerse una liposucción y me ha pedido que la acompañe a la cita con el cirujano.

Aquella clínica es un universo paralelo a la realidad, lleno de siliconas, nalgas de acero, bocas rellenas y muchas otras promesas que parecen imposibles.
Yo me creí realmente indiferente a esas cosas, pero el doctor sabe mercadearse y en muy poco tiempo me hizo comenzar a considerar operarme los senos.

Yo, Yuyita Flores, la que apenas se maquilla, la que odia las uñas acrílicas, la que busca los sostenes con menor relleno posible para no lucir falsa, la menos fashionista de todas mis conocidas, yo, esa misma, estoy pensando pasar mi vida entera con dos pedazos de plástico dentro de mi cuerpo, fingiendo ser dos sensuales senos.

¿Qué diría Leonardo?, de seguro lo desaprobaría, pero qué más da, ya al final él desaprobaba todo en mi, creo que era a mí lo que en realidad desaprobaba.

Mi madre pego un brinco de la emoción cuando le dije que estaba considerando operarme los senos, Dorita se lo ha contado a todas nuestras conocidas, de pronto una decisión algo íntima se ha convertido en un tema social. Hasta en facebook me han preguntado que si ya me opere.

Hoy miro con detenimiento y cierta tristeza mis senos frente al espejo, ¿será justo que altere su forma natural para convertirme en otra pechugona más del mundo?, ¿Será el tamaño de mis senos determinante para que un hombre decida amarme?, Además de llenar mejor las blusas, despertar el morbo y quizás llamar un poco más la atención ¿Qué más podre hacer yo con dos rellenos de goma en el pecho?

Quizás no soy tan sencilla como pensé, tal vez quise convencer a Leonardo de que era lo que él quería y calle por mucho tiempo esa parte de mí que es escandalosa, llena de vanidad y superficialidad.

Quizás sí quiera ser ese cliché de mujer despampanante que cumple con el 90-60-90 de los certámenes, y que importa si después de operada piensan que soy bruta, no creo que la silicona llegue afectar mi inteligencia… Ojala que no.

Entonces seré tan sencilla, tan natural, tan llena de silicona…

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Yuyita esta canción es mi regalo para ti

Cause you are amazing just the way you are... Mi mejor invento so far, Love you Yuyis





Yuyita cumple 2 años

Un 13 de septiembre del 2009 nació este proyecto tan personal que decidí bautizar como El Diario de Yuyita, jamás pude siquiera imaginar las muchas satisfacciones y bendiciones que traería esta locura a mi vida.
Yuyita ya tiene personalidad propia, tiene sus fanáticos, su propio camino, todo esto muy independiente a mi, yo solo tengo el honor de digitar sus historias, ella sólita tiene su mundo.
Una vez más gracias a todos los que la han seguido, en silencio o públicamente, los que la comentan, los que la recomiendan, los que le han dado su jaloncito de orejas y aquellos que le han manifestado tanta admiración.
Yuyita es MUUUUUUY importante para mi, la amo con locura y ojala sigamos contando muchos aniversarios más.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El dolor ajeno


Del grupo de amigas que tuve durante todo el bachillerato, Laura siempre fue la más invisible.
Casi no hablaba, no le pasaban cosas emocionantes, no era la más curvilínea, ni la más inteligente.
Nadie esperaba mucho de ella, por eso no nos sorprendió que en nada se destacara, ni tuviera alguna historia de amor que contar.

Era la única de todo el grupo que no tuvo novio durante la adolescencia, al menos no real, porque imaginarios tuvo varios; nos lo contaba emocionada y convencida de que le creíamos, luego, con el tiempo ella misma confesaba que había mentido.

Y si ahora hago mención de todo lo que la identificó por años, es solo para tener un punto de referencia, porque caramba, este cuento si ha cambiado.

Laura hoy es gerente de una de las empresas más importantes del país, es la seguridad en persona y su porte la hace parecer inalcanzable, como estrella en el firmamento.

Nos encontramos un domingo en la heladería, nos sentamos y dos horas más tarde, todavía seguíamos allí hablando de la vida, los amigos, los tiempos pasados y toda esa nostalgia.
Resaltaba en su mano derecha dos anillos que especificaban su estado civil.

“Estoy felizmente casada”, me dijo, cuando se percato que mire su mano.

Desdes entonces Laura esta presente en mi día a día, las redes sociales y el bb nos acercaron bastante.
Me hizo un día una propuesta laboral freelance, yo la acepte y de pronto ahí estaba yo en una oficina junto a su marido, trabajando algunas horas de la semana.

Laura no exageró en nada cuando hablo de su esposo, es muy agradable, un hombre muy cortés y con buen sentido del humor.

Se suponía que yo debía estar 4 horas a la semana en esa oficina, pero las conversaciones y los juegos con Joaquín, el marido de Laura, hacia que pasaran las horas sin que nos diéramos cuenta, comencé a ir todos los días a trabajar con él, aún cuando realmente no era necesario.

Mi amiga se encontró de lo más simpático el asunto, siguió hablándome de lo fantástico que era ese hombre con el que decidió casarse y yo ahora la escuchaba con más atención, estaba de acuerdo en todo lo que decía y a veces me perdía en sus relatos y sentía que era yo la protagonista de aquellas historias románticas o cotidianas.

En aquel momento entendí por completo uno de los consejos que más he escuchado a mi abuela ofrecer: a otras mujeres no les hables maravillas de tu pareja porque lo que consigues con eso es que les dé deseos a otra de quitártelo.

Y como siempre, mi abuela tenía razón con aquel consejo.

Yo no quería “quitarle” el esposo a Laura, pero la verdad es que ya Joaquín me daba cosquillas en la panza.

Hasta entonces no me había querido admitir ni a mí misma que me gustaba Joaquín, a pesar de que, cada vez en mayor medida, me imaginaba situaciones con él. Me visualizaba con él en el cine, en la playa, en un lindo restaurante, riéndonos siempre, justo como sucedía en la oficina cuando estábamos juntos. Reíamos sin parar.

Había cierta tensión, roces, halagos y mucha química, nos costaba cada vez más despedirnos al final de la jornada laboral.

Un día en lugar de decirme el acostumbrado “nos vemos mañana”, me dijo “vamos a cenar”.

Algo subió y bajo dentro de mí, sentí un frío como caliente, una cosquilla, un susto, todo junto y al mismo tiempo.

Le dije que sí y nos fuimos.

Estuve toda la noche esperando que algo sucediera, con miedo, indecisa, sin saber qué hacer, pero realmente ansiosa de que algo pasara. Pero no sucedió nada espectacular, seguimos hablando tan normal como cada día, de los mismos temas y con la misma risa; tan regular todo, que sin darme cuenta se me olvido el susto.

Justo cuando más relajada y olvidada estaba, él guardo silencio, me miro a los ojos, se acercó, y me dijo “Ojalá te hubiera conocido antes”.

Probablemente solo paso un segundo entre su comentario y mi respuesta, sin embargo, dentro de mí hubo una charla larguísima, decidiendo cual de los roles jugar con mi respuesta: el de la desentendida o el real, el de la mujer ilusionada que esperaba ansiosa poder hablar de eso que hace días nos está pasando a los dos en silencio.

Elegí lo segundo, y le respondí: “Nada hubiera deseado yo más en la vida, que conocerte mucho antes”.

El acaricio mi rostro, yo me estremecí.

Fue un momento donde quise olvidarlo todo, olvidar a Laura, olvidar que no debía estar allí, callar lo que me decía que no debía sentir tantos deseos de seguir, que no debía permitir que él también le fallara a quien le había jurado fidelidad y amor ante un altar.

Yo solo quería rendirme a ese milagro de haber encontrado a otro ser humano tan increíble y tan parecido a mi lista de anhelos. Pero no lo hice, y Dios sabe que me costó.

Me levante de la mesa y le pedí que no me hiciera preguntas ni se preocupara. Tome un taxy y me fui.

Nunca más volví a la oficina y corte todo lo que tuviera que ver con él y con su mujer.

Laura se siente ofendida, no entiende mi distancia y mi brusca salida de su vida. Prefiero que me odie si quiere, pero que sea mejor por creerme loca o ingrata, que por haberle desbaratado la vida.

No es que yo sea la mejor persona del mundo, ni que quiera dar clases de moral, es que ya yo sé lo que es estar en la posición que le tocaba a Laura en este jueguito. Sé lo que es confiar ciegamente en alguien y recibir de pago una traición. Sé como duelen esas cosas.

Siempre he pensado, que hacer las cosas bien no me suman puntos en el cielo, solo me resta sufrimiento aquí en la tierra, porque a la corta o a la larga todo bien o mal que hagas a alguien se te retornara más adelante. Llámese karma, cristianismo, religión o locura, yo en eso creo y por eso respeto muchísimo más que el mío, el dolor ajeno.