
Yuyita Flores vive luchando con la vida y los amores; en su diario relata dichas y desventuras tan femeninas como humanas, de seguro encontraras algo de ti en ella.
sábado, 19 de marzo de 2011
¡Me quedo con mi Blackberry!

domingo, 13 de febrero de 2011
Un cursi corazón de cartón
La vi subir las escaleras, resaltando entre la multitud que fluía animada por la plaza comercial, era difícil no notarla con aquel vestido rojo tan brillante, su larga cabellera negra a mitad de la espalda, cargando un corazón de cartón que triplicaba el tamaño de su cabeza, no llegaba a tener 15 años, quizás los había cumplido.
La vi desfilar hacia el restaurante donde estaba sentada, se distrajo más de una vez observando su reflejo en las vitrinas por eso ni se dio cuenta que tenía casi enfrente al dueño de ese desproporcionado y acartonado corazón que llevaba agarrado.
El tenía flores y un felpudo oso de peluche escondidos detrás de su espalda, cuando la tuvo enfrente sonrió y se los entrego, ella puso una de las expresiones más emocionantes, espontáneas y sinceras que recuerdo haber presenciado. Con la mano en el rostro, abrió la boca mostrando sorpresa y lo abrazo fuerte durante un largo rato, se desprendió de su cuello solo para entregarle el corazón que llevaba como regalo para él.
Eran dos jovencitos, ninguno llegaba a los 17 años, pero se veían tan o mucho más enamorados que muchas parejas que conozco… Incluyéndome.
Los vi, no pude evitar sonreír, perderme en su historia y pensar: “eso es San Valentín”.
Los envidie un poco, pero no pude evitar pensar en ella y decirle mentalmente: “mi niña que Dios te de fuerzas para todas las desilusiones que te harán llorar al recordar este mágico momento”.
¿Qué pasa conmigo?, ¿de dónde me salió ese terrible pesimismo?, ¿Por qué no puedo dejar de pensar así?... ¿Será la envidia o la experiencia manifestándose?
Este asunto de ser adulto le quita la mitad de la diversión a la vida, yo que siempre defendí las cursilerías y el día de San Valentín, me enfrento con una Yuyita a la que de verdad le da tres pepinos que sea 14, 15 o 38 de febrero. De hecho esta vez ni recordaba el asunto, mi mente anda bastante ocupada calculando cuando debo y cómo voy a pagar el dinero que debo en la tarjeta de crédito, haciendo malabares mentales buscando de que cosas puedo prescindir para reducir mi lista de gastos y así saldar mi extensa lista de deudas.
Nunca quise sacar una tarjeta de crédito, pero mis familiares y conocidos me convencieron de que necesitaba crear “crédito” porque ya era una persona adulta y podía necesitar un préstamo en cualquier momento. Hasta ahora para lo único que me ha servido es para comprar un montón de cosas que no necesito y que además estan muy fuera de mi alcance económico, ah claro y para darme muchos dolores de cabeza.
Leonardo tiene semanas quejándose de lo mal que va el negocio y como sus esfuerzos por cobrarle a los clientes que le deben ha resultado inútil. Anda de mal humor, estresado y hasta cuando le hablo del clima termina gritándome que no tiene dinero.
Muchas horas de trabajo, estrés, presión, deseos reprimidos, responsabilidades y situaciones que ni siquiera era capaz de imaginar antes de cumplir 17, me han atrapado.
Que si hay que contar las calorías, obligarme a ir al gimnasio, ir a reuniones en las que jamás iría por mi propia voluntad, el maquillaje, las cremas para evitar estrías, celulitis, arrugas prematuras o cualquier otro defecto. Ser una esclava de la moda, lo ultimo en tecnología o lo que pueda traducirse a quedarme atrás del resto, pues hay que cuidar la imagen de que se tiene cierto nivel socioeconómico, lo que a la larga busca repercutir en el aspecto profesional que se traduce a más dinero en el bolsillo (la estrategia de gastar más para conseguir más).
Lograr que eso influya y ayude a conseguir el aumento, un ascenso de posición, un nuevo trabajo, algo que ayude a lograr la anhelada independencia, que no es más que adquirir nuevas ataduras, desgastarnos más y el día menos pensado mirarnos en un espejo y darnos cuenta que ya no somos eso que veíamos antes. De pronto y aunque parezca irreal, la vejez anda mucho más cerca de lo que recordamos haberla visto la última vez.
El pasado viernes, mi tío Juan vino de visita, creo que no supe disimular lo impresionada que quede al verlo lleno de canas, luciendo frágil y algo encorvado, como jamás lo imagine. Ese no es el tío alegre, joven y buenmozo que recuerdo haber despedido hace algunos años. ¿Qué le pasó?, le pregunte a mi mamá; el calendario, me respondió ella.
¿De dónde salieron tantas canas?, supongo que del mismo lugar de donde salieron mis curvas en la adolescencia, esa etapa en la que debí quedarme al menos durante diez años mas.
Mi rostro y formas también van cambiando, lo hacen sin que me dé cuenta, el tiempo anda con prisa y parece que ya hasta se ha llevado mi cursilería y los deseos de celebrar San Valentín.
Pero me niego a dejar morir la poca ilusión que aún me queda dentro, no importa si Leonardo ande mas ácido que un limón y mis amigas anden perdidas en sus vidas y sus amores, creo que yo me merezco un corazón.
Uno grande, bonito y rojo, como el que llevaba la muchachita del mall, un corazón que para crearlo requerirá de mi esfuerzo, creatividad e imaginación, así como todos los materiales que usaba en el colegio para armar el mural de cada mes.
Lo voy a llenar de escarcha, voy a escribir todos los nombres de a quienes amo, le pegaré pequeñas imágenes de algunas de mis fotos favoritas y lo colgare donde lo pueda ver al despertar.
Me regalare esa cursilería llena de amor de mí para mí misma, que importa si no tiene sentido, hasta ahora para lo único que me ha servido el mundo adulto, su lógica y la jodida practicidad es para aburrirme a morir.
¡Que viva San Valentín, que viva el amor siento por mi!
sábado, 8 de enero de 2011
La mejor de todas las complicaciones

Estoy pensando en viajar, hacer un viaje largo, que entre otras tantas cosas, me servirá para ascender en mi nivel educativo. De hacerlo, por primera vez en la vida, no iría al aeropuerto a buscar o llevar a alguien, sería yo la que atravesaría esa puerta que ya no deja ver más.
Cierro los ojos y me veo con abrigos tan grandes y pesados que jamás podría usar en mi país, caminando por plazas y calles que solo he visto en la televisión. Sonrío imaginando que con solo montarme en un tren podría llegar a lugares que aquí suenan tan exóticos y que allá serán tan cercanos.
Y sigo dando vueltas por el mundo en el tren de mi imaginación hasta que llega a mis pensamientos el amor.
Si, el amor que siento por mi madre, el que siento por mi familia, por todo lo que conozco, por mis amigos, por Leonardo… Y entonces ya no sé si podre tener el valor de atravesar esa puerta del aeropuerto que no me dejara verlos más hasta mi regreso.
¿Habrá algo más difícil que el amor?
Hace tiempo que entendí que eso de amar no es tan bonito como lo pintan.
Las canciones, las películas y todos hablan de amor, lo plantean como algo mágico que te hace feliz todo el tiempo y esa idea logra confundirnos y hacernos adoptar definiciones y conceptos que se alejan a la realidad.
Frases como "quien te ama no te hara llorar", me dan risa, pues solamente la gente que te importa y la que en verdad amas podra provocarte lagrimas sinceras; todas no serán necesariamente tristes, también habrá de pura felicidad.
Yo amo a mi madre, es la primera mejor cosa que me paso en la vida, nos amamos a morir pero nos llevamos mejor mientras menos tiempo pasemos juntas. A veces procura ayudarme y protegerme tanto que termina haciéndome daño, a veces me dice cosas muy hirientes que en el fondo lo que buscan es cuidarme. A veces le fallo, la ofendo y después me mata el remordimiento. Quiero acercarme, decirle que me perdone, pero se me tranca la garganta, no me salen las palabras y no le digo nada.
Pero ella me perdona sin decir una palabra, me sonríe, prepara las cosas que me gustan, me consiente como de costumbre, como si yo no hubiera cometido falta alguna; así me derrumba, me hace prometerme, "no lo vuelvo a hacer".
Mi familia me ve muy poco, me pierdo la mayoría de las reuniones, eventos importantes y hasta se me olvidan los cumpleaños, no tengo la costumbre de llamarlos (tampoco a mis amigos), parecería que los olvido, que no los pienso, que no los extraño. Si lo hago, y aunque quisiera entrar cuando están todos reunidos y decirles lo mucho que me importan y lo feliz que me hace estar con ellos, me quedo callada, ni siquiera sé cómo responder a sus abrazos efusivos y las bellas palabras que me regalan siempre cuando llego. Ni siquiera recuerdan que falte muchas veces, que olvide los cumpleaños, ni nada parecido, lo único que me recuerdan es que me aman y cada vez que regreso es una alegría.
Los amigos, lamentablemente no siempre son amigos, algunos me han dado la sorpresa de no estar de mi lado, otros si lo están, pero igual fallan, lastiman, ofenden, al igual que lo he hecho yo alguna vez; los únicos que han superado las pruebas del tiempo y hasta de la distancia son aquellos que me han perdonado y a los que perdone.
Cada uno de ellos es mi ancla a la vida, y en este momento, a mi país, a todo lo que tengo aquí.
Sé que no los voy a perder por irme, sé que estarán aquí cuando regrese, pero no dejo de pensar que no debo dejarlos y hasta me molesta pensar así.
Sé que no debe ser así pero siento que necesito el consentimiento de ellos para poder irme tranquila.
Parece que en la vida uno jamás deja de darle cuentas a alguien sobre lo que va a hacer, de donde viene, a donde va, por qué hizo, hace o va a hacer tal o cual cosa.
Parece que no voy a dejar de sentirme culpable por hacer algo que deseo, pero que de alguna manera va a hacer sentir mal a alguien más.
Uno siempre tendrá que pedir permiso, siempre tendrá que dar cuentas, siempre tendrá que hacer o dejar de hacer por consideración, mientras uno tenga gente que lo ame, siempre será así, porque es una de las facturas del amor.
Podre estar a uno o varios océanos de distancia de mi madre y estoy más que segura que cuando me llame me preguntara que comí, si me están tratando bien, si mi ropa está limpia, me advertirá que tenga cuidado, que no esté hasta muy tarde en la calle y si no la detengo a tiempo, me recordara que no debo abrirle la puerta a extraños y que no debo comer cosas que recoja del piso.
Sus preguntas me podrán incomodar o cansar, pero al final, yo sé que es puro amor.
Dice Corintios 13 que el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Y aunque estoy de acuerdo con muchas de estas afirmaciones bíblicas, creo que se les olvido especificar que el amor también duele, hiere, enfada, aprisiona, enloquece, desespera, confunde, entre otras tantas cosas más que no son tan bonitas pero que son reales e inherentes a la condición humana… ¡Y al amor!
En fin, amar jamás será algo sencillo, pero sin dudas es la mejor de todas las complicaciones de la vida.
Es perdonarme tú, y comprenderte yo...
sábado, 1 de enero de 2011
La lista

Alguien me dijo una vez, “cuando algo te haga dudar, la respuesta es no”.
Y como todo lo concerniente a mi futuro en estos momentos me hace dudar y me confunde, hasta le he permitido a ese tonto consejo dar vueltas en mi cabeza, pero es demasiado bobo como para causar otra cosa que no sea una mueca y la pregunta: ¿a quién se le pudo ocurrir semejante disparate?
Desde hace más de dos meses vengo pensando en las cosas que quiero proponerme para este nuevo año que recién inicia. Me pasan tantas ideas por la cabeza que de solo pensar me agobio y termino diciéndome “no tienes que decidir tu vida hoy, deja eso para después”.
Y con esa excusa llegue a este primer día del año sin mi lista de resoluciones hechas.
El problema es que se mezcla lo que deseo hacer con lo que probablemente sería mejor.
Después de tanto tiempo esperando a que finalizaran mis estudios para dedicarme a cosas que deseaba hacer, y que antes no pude, me continúan presionando los deseos del resto del mundo y lo que se supone “es lo mejor” para mí.
Cada quien ya tiene pensado que es lo que yo debería estar haciendo.
Mis compañeras de la universidad están hablando de posgrados y maestrías desde antes de que obtuviéramos las licenciaturas.
María, la más aplicada de todas, me pregunto a pocos días de la graduación que pensaba hacer ahora, le dije que descansar y con cara de horror me dijo: “eso no te atrevas a repetirlo en voz alta, un profesional jamás descansa, uno siempre debe de estar actualizándose”.
Y con eso logró hacerme sentir una vaga, una conformista, una mediocre. Sé que no lo soy pero llegue a pensarlo, luego me dije “no caigas en ese juego, tienes derecho a sentirte cansada, también a descansar” y con ese pensamiento espante el espíritu de la incansable estudiante progresista.
Pero me costó un poco más poder lidiar con el hostigante interrogatorio de Mercedes, la ex compañera de campamento que vive cerca de mi casa. Tiene la misma edad que yo, pero ya se ha casado dos veces y cuenta con una prole tan numerosa como variada. Cada vez que la distingo en la distancia miro a mí alrededor a ver si alguna calle alternativa me ayuda a desviar mis pasos y no tener que intercambiar palabras con ella. Creo que ni “hola” me dice, ella pasa directamente a la parte más molesta y personal de mi existencia: mi estado civil.
“Y dime, ¿ya te vas a casar? Porque tú tienes ya como mil años de amores, por cierto, ¿cuántos años es que llevan juntos? ¿Más de cinco verdad? Ay no pero ya cásate, se te va a pasar la hora para iniciar tu familia…” Y por ahí continua el cuento. Pero a mí no me interesa casarme ahora, no me importa si estoy sola, tengo novio nuevo o mil años de amores.
Mi familia dista mucho de esta idea, lo que ellos quieren es que yo produzca más dinero. No es con el interés de que los beneficie, es para sentir que de alguna manera sigo creciendo, es lo a lo que ellos entienden debo enfocar mis energías. Pero ahora mismo no se me antoja convertirme en una maquinita de dinero, prefiero vivir un poco más antes de entregar todas mis energías a esa causa.
Mi abuela es fiel creyente del sueño americano, ella cree que si me voy del país lograre hacer gran fortuna, cada vez que me ve solo me habla del consulado y pasaporte. Yo sonrío y no le respondo, porque si le dijera lo que en verdad pienso ella no entendería que no me interesa irme a vivir a otro país, lejos de todo y todos los que conozco, a empezar de cero en un lugar donde corro el riesgo de que me discriminen por ser extranjera.
Leonardo dice que es el momento de iniciar un curso de cocina. Mejorar mi relación con las ollas, la estufa y los sazones, él entiende debe de ser mi prioridad. Más en estos momentos cuando él está haciendo planes de casarse conmigo… Esta tan ocupado planeando y armando cosas que ni siquiera se ha dado cuenta de que yo soy indiferente a sus aspiraciones de convertirme en su esposa.
Ninguno aún se ha detenido a preguntarme que quiero yo, creo que ni yo misma lo he hecho, y considero que después de haber cumplido las expectativas de todos con respecto a lo que debía de hacer hasta el día de la graduación universitaria, me debo a mi misma el decidir por mi cuenta lo que deseo hacer.
Confieso que nada me entusiasma sobremanera, y aunque suene espantoso, yo, con poco más de veinte años cumplidos, siento que ya he vivido todo lo que me interesaba…
Ya me enamoré , ya gane, ya perdí, fui, soy, quise, tengo, sentí. Si me preguntan y tengo que ser sincera, no me interesa la parte de la vida donde uno se casa, aprende a convivir, se convierte en madre, se aburre, envejece y ve la esperanza como una cosa para gente de otra edad.
La mala noticia es que mientras siga respirando tengo que apegarme a un plan, un plan que debo determinar, aunque al final el plan siempre cambie.
Entonces la pregunta de este momento de mi vida es ¿Qué voy a hacer con tanta libertad?, ¿en realidad estoy libre?, ¿puedo descansar o en verdad debo hacer algo?
Mientras esas preguntas encuentran respuestas, hice mi lista basándome solo en cosas sencillas que deseo realizar y que nunca antes pude o se me dificultaba, como llevar una dieta mas balanceada, ejercitarme, redecorar mi habitación, retomar mis lecciones de italiano, tomar clases de baile, ect.
No, no me importa si soy o no una gran profesional, la novia perfecta, la hija ideal, yo no soy la mujer maravilla, no tengo que hacerlo todo bien ni como otros quieren. Mi vida es mía y yo solo quiero ser feliz… Los demás que hagan su propia lista.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Vamos a darnos un tiempo

No soy buena con los cambios, no me sientan nada bien. Si estuviera en una entrevista de trabajo debería ocultar este dato o mentir diciendo que me adapto fácilmente a todo, pero es mentira. Me enloquece que las cosas cambien sin mi consentimiento y hace hoy justo diez días que Leonardo me cambio todo.
Dijo que necesitaba un tiempo y después de esas palabras inicio un silencio que se ha prolongado hasta este día.
Un tiempo, o sea, días y noches sin mi voz, sin mi presencia, sin que pueda yo saber, disponer o preguntar donde ha estado, donde se encuentra o hacia dónde va.
Increíblemente cuando me lo dijo me pareció de lo más natural (dadas las circunstancias) y hasta llegue a pensar que un descansito me sentaría bien, el problema empezó cuando le comente el asunto a Lolita y ella me pregunto: ¿Y un tiempo para qué?
No, no lo había pensado, por más obvio que parezca yo solo pensé en la cantidad de veces a la semana que estábamos discutiendo y en lo aburrida que se me hacia la rutina que de pronto y sin darnos cuenta habíamos creado.
Lo que me paso por la cabeza fue que unos cuantos días lejos el uno del otro iba a hacer que nos extrañáramos, que cuando regresáramos tendríamos la mente abierta a experimentar más cosas y probablemente más desconectada de los tantos pleitos repetidos.
Pero ¿y qué tal si él quería un tiempo para pensar si quería o no seguir a mi lado, o para conocer mejor y en tranquilidad a alguna chica que de alguna manera se filtro en su vida?
Desde entonces no dejo de pensar en eso, si, estoy obsesionada con el tema. A cada momento verifico la hora, siento el tic tac del reloj en mi cabeza y cada vez que me duermo me digo a mi misma “un día menos”. No sé qué cantidad de días implica este “tiempo” que me pidió, pero mientras más días pasen, más cerca me siento de ese día en que todo esto se termine.
Pero, ¿y si no termina?
Han pasado diez días y no parece extrañarme, sus estados del facebook han variado poco, no indican ningún sentimiento, mensaje indirecto o nada que de una pista de lo que piensa, siente o vive.
Tanto pienso en el asunto que me paso la paso recordando momentos dispersos de esos días previos a su decisión de tomarse “un tiempo”.
El lunes antes a ese día, discutimos viendo la televisión. Yo veía uno de esos toyosos reality shows que nunca puedo quitar y el dijo: Con razón nunca sabes nada, mira nada más lo que ves.
Si fue una broma o no eso nadie lo sabrá, el dice que sí, yo aun digo que lo dijo en serio; cada quien estuvo tan plantado en su posición que la discusión se prolongo durante horas y tanto nos dijimos que hasta olvidamos porque había empezado todo.
El miércoles salimos a cenar, yo quería ir a un restaurante nuevo del que todos hablan, él quería cenar pizza otra vez, ya habíamos cenado pizza las tres últimas veces que nos habíamos visto pero él quería pizza de nuevo, le dije que si el problema era el dinero yo pagaba, entonces su actitud cambio radicalmente, no me dijo una sola palabra, me llevo al restaurante que quería, apenas me dirigió la palabra durante la cena, ordeno lo más costoso del menú, no lo comió, pago, me llevo a mi casa, me entrego la comida que había ordenado y me dio las buenas noches. Dos días después yo tuve que pedirle disculpas por eso, el nunca reconoció su error, según él, la del error fui yo.
Cuando nos volvimos a ver aproveche la ocasión para estrenar una falda que recién había comprado, era corta pero no osada, pensé que le iba a gustar, pero desde que la alcanzo a ver hizo una mueca de disgusto, le pregunte a dónde íbamos y después de un rato callado me dijo “No quieres primero irte a cambiar de ropa?”….
Más disgusto, malentendidos y discusiones que analizo una y otra vez para ver si encuentro alguna pista de lo que realmente significa este tiempo.
Creo que estoy inventando cosas, tal vez estoy pensando más de lo que debería, como Leonardo siempre dice que suelo hacer.
Probablemente estoy enfocada en la parte incorrecta, la pregunta no es ¿por qué tenemos que pasar tiempo separados?, más bien es ¿Por qué diablos seguimos pasando tiempo juntos?
Parece que Leonardo noto primero que yo este evidente desastre que tenemos llamado relación, yo sencillamente lo he querido obviar, sin embargo, el coraje solo le alcanzo para pedirme “un tiempo” y no para decirme de frente algo que ninguno de los dos quiere escuchar o decir: esto no está funcionando.
Y es que no hay términos medios en el amor, uno o ama o no ama y para cualquiera de los casos “tomarse un tiempo” resulta completamente inútil.
No necesitas tiempo para saber que amas y que estas dispuesto a dar todo por una persona, tampoco necesitas tiempo cuando ya no quieres o no puedes continuar con una situación. Las cosas son o no son, no existen intermedios.
Preguntémosle a una pareja casada si eso no es como lo digo, que me diga alguien que tenga años conviviendo con su pareja si puede tomarse un tiempo aparte cuando se comparte la cama, el baño, la sala y hasta los pasillos de una misma vivienda con tu “media naranja”. La respuesta será no, cuando se comparte el mismo techo (que es la meta de toda relación de pareja) no hay escape, los problemas se enfrentan y si los quieres ignorar te chocaran a cada momento, te afectaran sin duda.
En fin… No sé por qué pero tengo la leve sospecha de que este tiempo se prolongara indefinidamente hasta el día del olvido, cuando ya ninguno de los dos necesite o desee decirle nada al otro, para entonces ya nada de lo que pensé tantas veces va a importar, probablemente ese día yo solo sienta gratitud con el tiempo…