domingo, 4 de septiembre de 2011

El dolor ajeno


Del grupo de amigas que tuve durante todo el bachillerato, Laura siempre fue la más invisible.
Casi no hablaba, no le pasaban cosas emocionantes, no era la más curvilínea, ni la más inteligente.
Nadie esperaba mucho de ella, por eso no nos sorprendió que en nada se destacara, ni tuviera alguna historia de amor que contar.

Era la única de todo el grupo que no tuvo novio durante la adolescencia, al menos no real, porque imaginarios tuvo varios; nos lo contaba emocionada y convencida de que le creíamos, luego, con el tiempo ella misma confesaba que había mentido.

Y si ahora hago mención de todo lo que la identificó por años, es solo para tener un punto de referencia, porque caramba, este cuento si ha cambiado.

Laura hoy es gerente de una de las empresas más importantes del país, es la seguridad en persona y su porte la hace parecer inalcanzable, como estrella en el firmamento.

Nos encontramos un domingo en la heladería, nos sentamos y dos horas más tarde, todavía seguíamos allí hablando de la vida, los amigos, los tiempos pasados y toda esa nostalgia.
Resaltaba en su mano derecha dos anillos que especificaban su estado civil.

“Estoy felizmente casada”, me dijo, cuando se percato que mire su mano.

Desdes entonces Laura esta presente en mi día a día, las redes sociales y el bb nos acercaron bastante.
Me hizo un día una propuesta laboral freelance, yo la acepte y de pronto ahí estaba yo en una oficina junto a su marido, trabajando algunas horas de la semana.

Laura no exageró en nada cuando hablo de su esposo, es muy agradable, un hombre muy cortés y con buen sentido del humor.

Se suponía que yo debía estar 4 horas a la semana en esa oficina, pero las conversaciones y los juegos con Joaquín, el marido de Laura, hacia que pasaran las horas sin que nos diéramos cuenta, comencé a ir todos los días a trabajar con él, aún cuando realmente no era necesario.

Mi amiga se encontró de lo más simpático el asunto, siguió hablándome de lo fantástico que era ese hombre con el que decidió casarse y yo ahora la escuchaba con más atención, estaba de acuerdo en todo lo que decía y a veces me perdía en sus relatos y sentía que era yo la protagonista de aquellas historias románticas o cotidianas.

En aquel momento entendí por completo uno de los consejos que más he escuchado a mi abuela ofrecer: a otras mujeres no les hables maravillas de tu pareja porque lo que consigues con eso es que les dé deseos a otra de quitártelo.

Y como siempre, mi abuela tenía razón con aquel consejo.

Yo no quería “quitarle” el esposo a Laura, pero la verdad es que ya Joaquín me daba cosquillas en la panza.

Hasta entonces no me había querido admitir ni a mí misma que me gustaba Joaquín, a pesar de que, cada vez en mayor medida, me imaginaba situaciones con él. Me visualizaba con él en el cine, en la playa, en un lindo restaurante, riéndonos siempre, justo como sucedía en la oficina cuando estábamos juntos. Reíamos sin parar.

Había cierta tensión, roces, halagos y mucha química, nos costaba cada vez más despedirnos al final de la jornada laboral.

Un día en lugar de decirme el acostumbrado “nos vemos mañana”, me dijo “vamos a cenar”.

Algo subió y bajo dentro de mí, sentí un frío como caliente, una cosquilla, un susto, todo junto y al mismo tiempo.

Le dije que sí y nos fuimos.

Estuve toda la noche esperando que algo sucediera, con miedo, indecisa, sin saber qué hacer, pero realmente ansiosa de que algo pasara. Pero no sucedió nada espectacular, seguimos hablando tan normal como cada día, de los mismos temas y con la misma risa; tan regular todo, que sin darme cuenta se me olvido el susto.

Justo cuando más relajada y olvidada estaba, él guardo silencio, me miro a los ojos, se acercó, y me dijo “Ojalá te hubiera conocido antes”.

Probablemente solo paso un segundo entre su comentario y mi respuesta, sin embargo, dentro de mí hubo una charla larguísima, decidiendo cual de los roles jugar con mi respuesta: el de la desentendida o el real, el de la mujer ilusionada que esperaba ansiosa poder hablar de eso que hace días nos está pasando a los dos en silencio.

Elegí lo segundo, y le respondí: “Nada hubiera deseado yo más en la vida, que conocerte mucho antes”.

El acaricio mi rostro, yo me estremecí.

Fue un momento donde quise olvidarlo todo, olvidar a Laura, olvidar que no debía estar allí, callar lo que me decía que no debía sentir tantos deseos de seguir, que no debía permitir que él también le fallara a quien le había jurado fidelidad y amor ante un altar.

Yo solo quería rendirme a ese milagro de haber encontrado a otro ser humano tan increíble y tan parecido a mi lista de anhelos. Pero no lo hice, y Dios sabe que me costó.

Me levante de la mesa y le pedí que no me hiciera preguntas ni se preocupara. Tome un taxy y me fui.

Nunca más volví a la oficina y corte todo lo que tuviera que ver con él y con su mujer.

Laura se siente ofendida, no entiende mi distancia y mi brusca salida de su vida. Prefiero que me odie si quiere, pero que sea mejor por creerme loca o ingrata, que por haberle desbaratado la vida.

No es que yo sea la mejor persona del mundo, ni que quiera dar clases de moral, es que ya yo sé lo que es estar en la posición que le tocaba a Laura en este jueguito. Sé lo que es confiar ciegamente en alguien y recibir de pago una traición. Sé como duelen esas cosas.

Siempre he pensado, que hacer las cosas bien no me suman puntos en el cielo, solo me resta sufrimiento aquí en la tierra, porque a la corta o a la larga todo bien o mal que hagas a alguien se te retornara más adelante. Llámese karma, cristianismo, religión o locura, yo en eso creo y por eso respeto muchísimo más que el mío, el dolor ajeno.

domingo, 7 de agosto de 2011

Regalos costosos


Después de escuchar por semanas a Lucía hablándome de las invitaciones de la boda, anunciándome una y otra vez que estoy incluida entre sus invitados y que desea que no falte, hoy finalmente recibo la invitación en mi oficina.
Hermoso el sobre, delicadísimos dise
ños de colores en la tarjeta, pero no solo es una invitación, son dos. También he sido invitada a la despedida de soltera. Caramba, me siento realmente honrada, Lucía y yo no es que somos las mejores amigas del universo y sin embargo, ella se ha tomado el tiempo de decirme que mi presencia en su boda es importante, también ha querido compartir conmigo su despedida de soltera, algo que a mi criterio, es para compartir entre las más íntimas amigas.

Me siento especial, me pongo algo meditabunda y pienso que no se que habré hecho para conseguir tan alta estima de alguien a quien no tengo en ninguna lista especial en mi vida. Pero me siento contenta, porque esta podría ser una oportunidad para ganarme a una amiga. Las amigas nunca sobran, siempre hacen falta y le dan alegría a la vida.

Entonces me dispongo a leer con detenimiento la invitación de la boda, abajo con letras no menos pequeñas que las del resto de la invitación dice: Para accede a la recepción de la boda, es imprescindible llevar esta invitación y regalo en mano, favor entregar en la entrada.

Releí varias veces con atención, tal vez no había entendido bien, tal vez estaba mal redactado, quizás le había faltado un punto, comillas, punto y coma, que se yo.
No podía ser posible que para entrar a la recepción fuera obligatorio llegar con un regalo en mano, me resulta algo grosero y descarado.

La curiosidad me mata, y a pesar de que mi sentido común me dice que no le pregunte, yo me apresuro a tomar el BB y preguntarle a Lucía por el asunto. Apenas llegue a escribirle la frase: "Tengo una duda respecto a lo del regalo", y ella se me adelanto respondiendo: “ay sí, ya me di cuenta del error en la invitación, que pena con todos los invitados, no les especificamos donde está la lista de bodas, es en la tienda “Finissimo”. Recuerda que sin regalo no puedes entrar a la recepción, así que ve temprano a buscar el tuyo”.

Me quede en shock, no podía creer lo que ella me estaba diciendo, no me equivoque. El regalo es obligatorio para entrar a la fiesta de celebración, y no puede ser cualquier regalo, dado lo costosa y exclusiva que es esta tienda.
Reviso la otra invitación, la de la despedida de soltera y para esa también hay una lista de regalos, en otra tienda carísima de lencería. En esta no tiene carácter obligatorio el regalo, al menos no lo especifica en la tarjeta, pero me imagino que ya queda claro con la otra invitación que si vas se espera lleves un regalo, y no cualquier regalo.

Entre una actividad y otra hay una semana de diferencia, o sea que ellos esperan que el que vaya a las dos actividades tendra que dejar más de una quincena invertida en regalos. Mi economía no lo sustenta.

Pero más que nada lo que no lo sustenta es el coraje que me hace sentir esta petición tan descarada, y el hecho de que una vez más preferí pensar bien de los demás, no supe ver mas allá y aquí pase yo nuevamente por tonta, creyendo en amistad y cosas bonitas aún cuando hace ya mucho tiempo sé que detrás de todas las cosas, aún las que parecen más sagradas, hay una segunda intención, un interés, algo que buscar.

Las cosas más importantes de la vida no tienen precio, dicen los anuncios, la gente, las religiones, ect. Pero yo cada vez estoy más escéptica al respecto, no es que tenga paranoia o desconfíe de todos pero curiosamente todo lo que tiene algo de especial, sentimental o importante, siempre conlleva algún aporte o colaboración.

Voy a la iglesia y hay que dar una “limosna” para los pobres, el aporte para la iglesia o no sé qué. Cambio de iglesia, ¡y es peor!, esta no recoge con una canastita sino que tiene una gran urna para que todos aporten mucho más de lo que puedan dar, dicen ellos que eso “agrada a Dios”.

Asisto a una actividad benéfica y no es más que un circo, donde los afectados (niños, gente con cáncer, con sida, síndrome de down, ancianos, ect) son usados para tomarse fotos para las sociales con gente de sociedad, de olores caros, ropa de marca y maquillaje inmaculado. Los abrazan frente a las cámaras, les prometen cosas que no van a cumplir, tratan de conmover a todo el que pueden y le piden a la gente que aporten dinero, nunca que se unan a los voluntarios, que hagan tal o cual cosa, que aporten tal o cual aparato o medicamento, siempre dinero.
Parecería malintencionado dudar del buen destino que se le da a este dinero, que es necesario y útil, pero es que no entiendo para que montar un musical, mandar a hacer camisetas, crear un area vip, brindar buena comida a los invitados especiales, contar con las mejores bebidas, vender souvenir y llenar la ciudad de grandes carteles, cuando lo que se busca es ayudar a quienes más lo necesitan.

¿No sería mejor utilizar todos esos recursos que se requiere para armar todo esto y donarlos directamente a estas instituciones que lo necesitan, sin tanto bulto y aparataje?

Y los eventos sociales, que solían ser para compartir, ya todos incluyen regalos, al paso que vamos ya hasta los “sancochos” y “epaguetadas” en las casas van a contar con lista de regalos.

Si yo sé que probablemente este exagerando, que quizás no esté siendo muy objetiva, pero es que me siento utilizada, estafada, víctima del consumismo. Tantos cumpleaños, días del padre, de la madre, del abuelo, del vecino, del colmadero, de su abuela, que ya tienen mis bolsillos cansados, y nada de eso se traduce a más cariño, mayor consideración o siquiera compañía. Mucho menos en regalos para mí.

Y no es que quiera que me llenen de regalos ni nada parecido, pero no comprendo el negocio de los regalos. Tanto agradar a otros, tanto gastar, sin ningún sentido.

Lo siento por Lucía, su boda, su despedida de soltera y su especial interés de contar conmigo en eventos tan trascendentales de su vida, me perdió tan pronto como leí el sentido de obligatoriedad de los regalos. Si para ser “especial” tengo que pagar por ello, entonces seré felizmente común y corriente todos los días de mi vida.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Setenta veces siete


Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete.

Y aquí comienza mi historia:

El semáforo se pone rojo y él sale como de la nada entre los carros, apoyándose de dos muletas, en una mano tiene agarradas unas gafas que ofrece a los conductores de los vehículos y más abajo se nota la ausencia de una de sus piernas. Vestido con una franela que se deshila, una gorra que alguna vez fue naranja y un pantalón muy desgastado.

El corazón se me encoge, me siento mal por tener tantas cosas y que él tenga tan poco, me espanto el sentimiento diciéndome a mi misma: oye no te engañes, eso es lo que él busca causar en ti y en todos los que le ven.

La lástima es un negocio.

Es cierto que me toco una vida más dichosa, mejores oportunidades y que estamos en desventaja, pero no hay nada que pueda yo hacer para cambiar eso, ni siquiera comprarle lo que está vendiendo, porque eso no lo sacara de su miseria.

Los argumentos que le ofrecí a mi consciencia para que no se sintiera culpable, son muy parecidos a los que tuve que usar cuando finalmente decidí dejar ir a Leonardo de mi vida, luego de largo vía crucis que llamábamos relación.

Poquísimo tiempo después de que pasara la ceguera pasional del primer año juntos, comencé a ver la realidad sin velos ni distracciones, no hizo falta mucho para que comenzaran a surgir cosas que no me gustaban nada y para que yo sintiera el impulso de decirme para mis adentros, ¨yo no quiero seguir¨.

Lo pensé mucho, lo veía muy enamorado y sin la más remota idea de lo que me pasaba por la cabeza o por el corazón. Un día quise ser valiente y le dije que quería terminar.

El lloro, no lo acepto, me pidió una oportunidad para hacer bien las cosas, yo sentí que me deshacía por dentro al ver a este hombre llorando y suplicando por mi cariño, igual yo lo amaba. Entonces no me fue difícil decirle que si, abrazarnos y tratar de obviar mis inconformidades.

Con el tiempo, ¨terminamos¨ se convirtió en una palabra frecuente entre los dos, dejo de tener aquel efecto inmediato que tenía en él, irónicamente se fue convirtiendo en mi kriptonita.

Tantas veces me sentí ahogada, perdida, inconforme, pero no me atreví a irme. Cuando nos distanciábamos yo lo imaginaba en un mar de lagrimas y confusión, me sentía culpable y me decía, ¨Por qué lo haces sufrir así si él solo quiere estar contigo y tu también lo quieres?¨, entonces lo buscaba y volvía.

Me trague mil veces mis frustraciones, mis deseos de ir a bailar, las ganas de hacer tantas cosas que la gente de mi edad hacía, quise complacerlo. Me decía cada sábado, ¨esto es solo por este fin de semana, ya el fin de semana que viene le voy a decir que hagamos algo que quiero¨. Nunca lo hice, y las veces que me atreví a decirle que quería otras cosas, solo motive peleas y más lagrimas de él, quien frustrado me decía que nos teníamos que separar para que yo pudiera hacer todo lo que él no me permitía.

Más de una vez escuche a mi madre decir que yo seguía con él por lástima, y cada vez que me lo decía yo me enojaba mucho, sentía que me daba una patada en el corazón, como si tocara una parte sensible de mi que ni yo misma me atrevía siquiera a mirar.

Me lo negué a mi misma, me lo negué por años, pero eventualmente entendí que nada era más cierto.

Yo siempre estaba pensando en dejarlo, cada día tenía más motivos para hacerlo, pero no lo hacía porque…. Y aquí empiezan los porque: porque su cumpleaños se estaba acercando, porque ya casi era día de san Valentín, porque no podía pasarme las navidades sola, porque él se esta portando como bien, porque ya había comprado el regalo de aniversario, porque lo despidieron, porque su gato se murió, porque esta pasando por un momento delicado, porque necesita mi apoyo, porque, porque, porque, porque yo fui una estúpida.

Y por estar empeñada en el juego de querer ir en contra de lo que marca el destino pague un precio muy alto. Hoy ya sé, que si la vida te dice suelta, lo mejor es soltar y seguir, de lo contrario se crea un malestar en el ciclo del universo que te acarrea mucho sufrimiento.

Fui muy infeliz durante largo tiempo, pero yo ni siquiera me di cuenta, estuve tan concentrada en crear nuevas formulas para sustentar lo insustentable que no mire dentro de mi.

Entonces un día cualquiera y sin esperarlo o tomar en cuenta las fechas que pronto se iban a celebrar, él me dijo que ya no quería continuar la relación y yo me quede pasmada.

Me hablo con una frialdad y actitud que no conocía, me dijo que era una decisión irrevocable y no me dio razón alguna. Cuando le pregunte el por qué, se transformo en una fiera, me hizo todos los reclamos del mundo y me dijo que no me metiera más en su vida.

Creo que la vida se rió a carcajadas de mí ese día y me dijo: ¨Mira al manso corderito que tú tratabas de proteger, el débil corderito que no podía caminar, se convirtió en lobo o más bien en cuervo, y te saco los ojos¨.

El con sus lágrimas, sus problemas y complejos, yo con mi lástima eterna, mis excusas, mi complejo de avestruz, con la cabeza metida en la tierra para no ver la realidad…

No, yo no sé en que pensaba, no sé que me paralizo durante tanto tiempo, en que trance mental me encontraba, no sé lo que me pasó. Tal vez fueron todas las veces que las monjas me dijeron que uno debe perdonar setenta veces siete si es necesario, todas las reflexiones y libros de superación personal que decían que hay que intentarlo una y otra vez.

Quizás fue el modus vivendi de mi familia que todo lo deja pasar, prefiere perder a hacer daño. Probablemente sea el corazón tan flojo que tengo, pero sospecho que las más altas probabilidades las tiene el no tener la madurez, el conocimiento de la vida, de la verdadera naturaleza de las personas y la falta de un carácter más firme a lo que debo esta lamentable experiencia.

Setenta veces siete lo perdone, setenta veces siete me calle lo que de verdad sentía, setenta veces siete me obligue a estar en situaciones que no deseaba, setenta veces siete lloré.

El se fue con la frente muy en alto, sintiéndose ganador. Yo me quede con el aprendizaje de lo que probablemente será mi más grande lección de vida.

La vaca muerta


Dentro de la mayoría de las familias se utilizan expresiones que solo tienen significado para sus miembros. Por ejemplo, en mi familia un envase es una “cantimplora”, una mujer embarazada esta “abimba”, un hijo fuera del matrimonio es un “hijo bartolo” y así sucesivamente.
Probablemente la expresión más extraña y poco común de mi familia es el de “la vaca muerta”.
Este concepto se aplica a las mujeres que se muestran débil con un hombre y le proporcionan materialmente lo que este le requiera, o sea, mujeres que de alguna manera mantienen a los hombres.
Todas las mujeres de mi familia hemos sido llamadas “vaca muerta” alguna vez por mi abuela y no necesariamente por mantener un hombre, basta con mostrar cierta debilidad o deseos de complacer para que se nos aplique el calificativo.
Y yo creo que he cumplido con todos los requisitos que se requieren para obtener este título, con las tontas decisiones que he venido tomando desde hace más de un año, cuando conocí a Rafael.
Rafi, era el nuevo en la oficina, tenía un buen humor contagioso, siempre estaba cantando o contando chistes y era agradable tenerlo cerca.
Tanto hablábamos y compartíamos, que las horas de trabajo se hacían ligeras y agradables, luego comenzamos a vernos fuera del trabajo y eventualmente comenzaron a aflorar sentimientos.
Nos volvimos novios y yo anduve montada en una nube durante más de dos meses, hasta el día en que se acerco el concierto de Shakira.
Yo había esperado ese evento durante meses, le había dicho en cientos de ocasiones como esperaba esa fecha, y una vez iniciamos nuestra relación quedamos en asistir juntos, él dijo que compraría las boletas.
Justo el día del concierto me dijo que lo perdonara pero que no había podido comprarlas porque se le presento un imprevisto y se quedo sin dinero. Me lo dijo con una dulzura y un encanto que logro suavizarme por dentro y hacer que yo me concentrara en correr a buscar las boletas.
Tres horas y un aguacero después, tenía las boletas en mano, me costaron 3 veces su valor inicial. Respire hondo y trate de no darle importancia.
El me dijo, “tranquila mi amor, tan pronto como me salga un cheque que estoy esperando, te repongo ese dinero”. Eso nunca paso.
A partir de allí nuestros encuentros se hicieron cada vez más contados, cuando le reclame que estaba pasando, me dijo que andaba con el presupuesto corto y estaba controlando el gasto en gasolina. Entonces para poder seguir viéndolo con la frecuencia acostumbrada, comencé a ser yo la que lo visitara.
Igual, cuando andábamos juntos más de una vez me toco “prestarle” dinero para la gasolina, pues el tanque andaba casi en reserva.
El dueño del chimi de la calle de su casa se hizo hasta amigo mío, pues fue tanto lo que me toco cenar allí que ya tenía la confianza de servirme yo misma el jugo y terminar de prepararme mis hot dog cuando había mucha gente.
El no tenía dinero para nada mejor de ahí, y yo comencé a perderme las cenas y cumpleaños de mis amigos porque todos eran en restaurantes para los que él mismo decía no poder ni entrar.
Cuando me canse del chimi y mi gesto de “solidaridad” ya estaba teñido de frustración entonces, decidí tomar el toro por los cuernos, elegir donde quería ir, pasarlo a buscar y pagar yo.

Rafael estuvo muy tímido los dos primeros días que yo pague la cena, me dijo en tono dramático que se sentía poca cosa al no poder darme lo que yo merecía, pero esto no impedía que pidiera lo más caro de la carta y que comiera tanto que luego ya no le quedaban deseos ni de conversar.

Rápido se acostumbro y ya estaba que me enviaba mensajes diciéndome que deberíamos repetir tal o cual sitio o comida, porque se despertó con el deseo.

La hora de pagar la cuenta se volvió muy incomoda para mi, los camareros siempre se la daban a él, las primeras veces yo se las arrebataba para que no se sintiera abochornado, después, él mismo le decía al camarero, ¨dásela a ella¨.

Con el pasar de los días y en situaciones que ni sé explicar, comencé a comprarle ropa, porque según él, su vestimenta no estaba a la altura de los lugares que visitábamos, comencé a colaborar con sus gastos, porque supuestamente enfermó y había que comprar medicamentos y una que otra cosa que tuviera que pagar encontraba auspicio en mis bolsillos.

No me pregunten por qué lo hacía, yo misma no lo sé, estaba como en una especie de trance, el conseguía todo de mí y me dejaba sonriente. Hacerme muy feliz, le salía fácil y yo pagaba por eso.

Yo era una vaca muerta feliz hasta el día en que me entere que mi amado se estaba estrenando como padre. Una foto etiquetada a su facebook lo delato. Sus familiares y conocidos llenaron su muro de felicitaciones y él a nada respondió.

Yo tenía la esperanza de que fuera una confusión y me negara que eso era verdad, pero que va. El era el padre de una niña, me lo confesó cabizbajo. Me pidió comprensión y me aseguro que eso no afectaría nuestra relación, que deseaba seguir conmigo.

Honestamente yo quise creerle, la idea de separarnos no me agradaba, a pesar de todo lo que me costaba tenerlo en mi vida. Pero saque numeritos y me di cuenta que esa niña había sido concebida a inicios de nuestra relación, justo cuando el dinero comenzó a escasear.
Entonces comprendí, que no solo había sido traicionada, también había sido utilizada para costear los gastos de ese embarazo y si me quedaba con él, todo parecía indicar que mis bolsillos aportarían bastante en la crianza de esa niña y ni hablar de la creciente mata de cuernos que seguiría creciendo en mi cabeza.

Un montón de sacrificios, un exceso de comprensión, deseos de complacer, mi obstinación de querer estar montada en mi imaginaria nube de felicidad y hacerme la ciega ante tantas cosas que no estaban bien, me llevaron a este punto. Siento que tengo mucha culpa de que esto me pasara.

Me deje llevar de que dentro de esta gran ¨modernidad¨ que estamos viviendo, cada vez se hace más frecuente y normal que una mujer gane más que un hombre, ocupe posiciones más importantes en el ámbito profesional y obtenga mayor reconocimiento. Por consecuencia, a nosotras nos esta tocando hacer cosas que antes no se hacían, como pagar la cuenta, ayudar económicamente a la pareja, pretender ser menos de lo que somos, demostrar que no hay ningún problema en hacer cosas como comer un chimi, cuando en realidad queremos una fastuosa cena en un restaurante que si podemos pagar.

Lo digo no solo por mi, también por muchas de mis amigas que viven esa realidad; y la lógica me indica que esa es la nueva corriente que dominara las relaciones sociales, puesto que el número de mujeres en las universidades supera por mucho el número de hombres, y hasta en esta súper machista sociedad, las mujeres están rompiendo los esquemas ocupando posiciones cada vez más encumbradas. Estamos teniendo más oportunidades porque estamos más dispuestas, queremos superarnos y estamos más preparadas. Y esto no lo digo con orgullo, yo no quiero vivir en una sociedad de desventajas, donde los hombres tengan miedo de acércasenos porque se intimidan, porque ganamos más o en la que estos elijan ser infieles y violentos para compensar sus complejos de inferioridad.

No quiero ser pesimista, pero me parece que ante esta situación, a todas las mujeres de esta generación nos tocara en algún momento jugar el rol de ¨la vaca muerta¨.

Y yo la verdad es que no me quejaría, siempre y cuando al menos recibiéramos a cambio respeto, honestidad y amor sincero.

sábado, 23 de julio de 2011

Palabras feas


Dicen que quien no perdona esta condenado a vivir solo y amargado, yo creo que es cierto; pero claro, siempre es fácil teorizar sobre el perdón porque mientras uno lo hace anda pensando en los errores que ha cometido y en las personas que uno quisiera nos dejaran pasar tantas cosas que hicimos mal, en las que continuamos errando y las faltas del futuro.

Cuando el perdón debe venir de nosotros hacia los demás entonces ya el asunto cambia, se hace más serio, más complejo…

Quienes más ponen a prueba nuestra capacidad de perdonar y comprender son los amigos, esos seres tan necesarios y especiales, que al mismo tiempo representan el lado fino de la soga en nuestras relaciones interpersonales; pues la familia y la pareja tienen un sentido de obligatoriedad e importancia que consumen casi toda nuestra capacidad de querer, comprender y perdonar.

Mi amiga Dorita puso a prueba todo lo anteriormente mencionado el día de su boda.

Hasta ese día habíamos sido como hermanas, ella conocía todas mis tragedias y alegrías desde que estábamos en séptimo curso. Yo había sido su paño de lágrimas, su compañera de compras y todas esas ridiculeces que uno comparte con tanto gusto entre amigas.

Cuando su novio le pidió que se casara con ella, empezó la locura. Me lo contó y yo supe que la avalancha de trabajo que venía para encima de mi no iba a ser poca, pero eso no importó, yo estaba muy feliz y emocionada por ella y sin darme cuenta me convertí en su ¨wedding planner¨.

Cumplí sus exigencias, me emocione con cada detalle hasta las lágrimas, organice la despedida de soltera, recorrí diez floristerías y cuatro reposterías hasta encontrar las flores y el bizcocho que ella deseaba y hasta me mantuve pendiente de que el novio pasara a tiempo por la lavandería a recoger su traje para la ceremonia.

El día antes de la boda, Dorita me envió un mensaje explicándome que para mejorar su relación con la familia del novio, había decidido nombrar a su cuñada dama de honor y como la cuñada y yo éramos delgadas no iba a ser ningún problema que yo le cediera mi vestido de dama de honor y me pusiera el de la cuñada.

Me sentí tan ofendida y agredida que no asistí a la boda a pesar de las más de 40 llamadas perdidas que se registro ese día en mi celular.

Tres semanas después, recibí un correo de Dorita que concluía diciendo que yo estaba envidiosa de su felicidad.

Yo no respondí, aún intento contener la avalancha de reclamos e indignación que me provoca su desconsideración.

Creo que Dorita me ha hecho entender a mi amiga Estela, la que me dejo de hablar un día de repente y sin explicación. A estas alturas ya no debería llamarla¨amiga¨, pues ella decidió dejar de ser mi amiga sin avisarme.

Estela y yo nos volvimos muy unidas, compartíamos detalles muy confidenciales de nuestras existencias, pero un día ella comenzó a juzgarme, a recriminarme el por que tomaba las decisiones que tomaba y a señalarme que me equivocaba con frecuencia.

Yo la quería mucho, disfrutaba de su compañía pero empecé a ya no querer contarle mis cosas y hasta a inventarme cosas que no eran ciertas solo para no decirle la verdad: que seguía equivocándome y haciendo todo lo que ella condenaba.

Tengo la teoría de que se dio cuenta que mentía, se decepciono y eligió sacarme de su vida. Rara vez la veo y cuando nos vemos me trata con distancia, como si no hubiésemos sido confidentes.

Me da tristeza cada vez que pienso en Estela y lo que perdimos, tristeza como la que trata de inspirarme mi amiga Valentina, que de valiente no tiene nada. La quiero como a poca gente he llegado a querer en la vida, pero reconozco que es un saco de lamentaciones andante.

Cuando la conocí pensé que estaba en un mal momento de su vida, pues cada renglón importante de su existencia parecía marcado por la tragedia.

Tiene un corazón enorme y siempre esta dispuesta a sacrificarse por mí o por cualquiera, creo que precisamente por eso vive triste y con problemas, pues no solo carga con los suyos, también siente la necesidad de cargar con los ajenos.

La quiero, es mi amiga, pero esa forma de vivir me afecta, sufro viéndola sufrir, me llena de impotencia que se empeñe en estar mal. Por eso he decidido estar en distancia con ella, pero me da tristeza, no quisiera que tenga que salir de mi vida.

La que si necesito que salga de mi vida es Lolita, que se ha dado la tarea de andarme mortificando contándome paso por paso como van los preparativos de la boda de mi ex novio. Como si eso no me afectara.

No es que yo siga enamorada de él o que quiero que regresemos, pero caramba, a quien le cae bien que a alguien a quien amaste, con quien intentaste crear un futuro, este ahora con otra a quien le ofrece con alegría lo que tantas veces le reclamaste para ti.

Yo lo deje ir hace tiempo, pero Lolita insiste en hacerlo presente con sus cuentos de lo que hace, lo que planea hacer y yo no entiendo con que propósito me dice esas cosas.

¡Que rabia!, prefiero no hablar con ella, alguien que te lastime haciéndose el que no sabe que te hace daño, no puede ser amigo tuyo.

Yo quiero perdonar, aceptar, comprender y ser tan paciente, espiritual y correcta como dicen todas esas reflexiones que circulan por Twitter y Factbook, pero que va.

La gente se la pone a uno demasiado difícil.

La vida debería ser tan correcta, limpia y civilizada como decimos, pero las realidades que se nos presentan y nuestros sentimientos, complican las cosas.

No esta bien gritar, pero gritamos, no esta bien ofender, pero ofendemos, no esta bien que abandonemos, pero abandonamos. Lo mejor siempre es hablar, pero hay cosas en las que jamás podremos ser comprendidos, por eso elegimos callar.

Entonces la indiferencia, el silencio, el desprecio y la distancia, por más feas que sean en su definición, resultan ser, muchas veces, la medicina de nuestros males.