sábado, 1 de enero de 2011

La lista


Alguien me dijo una vez, “cuando algo te haga dudar, la respuesta es no”.
Y como todo lo concerniente a mi futuro en estos momentos me hace dudar y me confunde, hasta le he permitido a ese tonto consejo dar vueltas en mi cabeza, pero es demasiado bobo como para causar otra cosa que no sea una mueca y la pregunta: ¿a quién se le pudo ocurrir semejante disparate?
Desde hace más de dos meses vengo pensando en las cosas que quiero proponerme para este nuevo año que recién inicia. Me pasan tantas ideas por la cabeza que de solo pensar me agobio y termino diciéndome “no tienes que decidir tu vida hoy, deja eso para después”.
Y con esa excusa llegue a este primer día del año sin mi lista de resoluciones hechas.
El problema es que se mezcla lo que deseo hacer con lo que probablemente sería mejor.
Después de tanto tiempo esperando a que finalizaran mis estudios para dedicarme a cosas que deseaba hacer, y que antes no pude, me continúan presionando los deseos del resto del mundo y lo que se supone “es lo mejor” para mí.
Cada quien ya tiene pensado que es lo que yo debería estar haciendo.
Mis compañeras de la universidad están hablando de posgrados y maestrías desde antes de que obtuviéramos las licenciaturas.
María, la más aplicada de todas, me pregunto a pocos días de la graduación que pensaba hacer ahora, le dije que descansar y con cara de horror me dijo: “eso no te atrevas a repetirlo en voz alta, un profesional jamás descansa, uno siempre debe de estar actualizándose”.
Y con eso logró hacerme sentir una vaga, una conformista, una mediocre. Sé que no lo soy pero llegue a pensarlo, luego me dije “no caigas en ese juego, tienes derecho a sentirte cansada, también a descansar” y con ese pensamiento espante el espíritu de la incansable estudiante progresista.
Pero me costó un poco más poder lidiar con el hostigante interrogatorio de Mercedes, la ex compañera de campamento que vive cerca de mi casa. Tiene la misma edad que yo, pero ya se ha casado dos veces y cuenta con una prole tan numerosa como variada. Cada vez que la distingo en la distancia miro a mí alrededor a ver si alguna calle alternativa me ayuda a desviar mis pasos y no tener que intercambiar palabras con ella. Creo que ni “hola” me dice, ella pasa directamente a la parte más molesta y personal de mi existencia: mi estado civil.
“Y dime, ¿ya te vas a casar? Porque tú tienes ya como mil años de amores, por cierto, ¿cuántos años es que llevan juntos? ¿Más de cinco verdad? Ay no pero ya cásate, se te va a pasar la hora para iniciar tu familia…” Y por ahí continua el cuento. Pero a mí no me interesa casarme ahora, no me importa si estoy sola, tengo novio nuevo o mil años de amores.
Mi familia dista mucho de esta idea, lo que ellos quieren es que yo produzca más dinero. No es con el interés de que los beneficie, es para sentir que de alguna manera sigo creciendo, es lo a lo que ellos entienden debo enfocar mis energías. Pero ahora mismo no se me antoja convertirme en una maquinita de dinero, prefiero vivir un poco más antes de entregar todas mis energías a esa causa.
Mi abuela es fiel creyente del sueño americano, ella cree que si me voy del país lograre hacer gran fortuna, cada vez que me ve solo me habla del consulado y pasaporte. Yo sonrío y no le respondo, porque si le dijera lo que en verdad pienso ella no entendería que no me interesa irme a vivir a otro país, lejos de todo y todos los que conozco, a empezar de cero en un lugar donde corro el riesgo de que me discriminen por ser extranjera.
Leonardo dice que es el momento de iniciar un curso de cocina. Mejorar mi relación con las ollas, la estufa y los sazones, él entiende debe de ser mi prioridad. Más en estos momentos cuando él está haciendo planes de casarse conmigo… Esta tan ocupado planeando y armando cosas que ni siquiera se ha dado cuenta de que yo soy indiferente a sus aspiraciones de convertirme en su esposa.
Ninguno aún se ha detenido a preguntarme que quiero yo, creo que ni yo misma lo he hecho, y considero que después de haber cumplido las expectativas de todos con respecto a lo que debía de hacer hasta el día de la graduación universitaria, me debo a mi misma el decidir por mi cuenta lo que deseo hacer.
Confieso que nada me entusiasma sobremanera, y aunque suene espantoso, yo, con poco más de veinte años cumplidos, siento que ya he vivido todo lo que me interesaba…

Ya me enamoré , ya gane, ya perdí, fui, soy, quise, tengo, sentí. Si me preguntan y tengo que ser sincera, no me interesa la parte de la vida donde uno se casa, aprende a convivir, se convierte en madre, se aburre, envejece y ve la esperanza como una cosa para gente de otra edad.

La mala noticia es que mientras siga respirando tengo que apegarme a un plan, un plan que debo determinar, aunque al final el plan siempre cambie.

Entonces la pregunta de este momento de mi vida es ¿Qué voy a hacer con tanta libertad?, ¿en realidad estoy libre?, ¿puedo descansar o en verdad debo hacer algo?

Mientras esas preguntas encuentran respuestas, hice mi lista basándome solo en cosas sencillas que deseo realizar y que nunca antes pude o se me dificultaba, como llevar una dieta mas balanceada, ejercitarme, redecorar mi habitación, retomar mis lecciones de italiano, tomar clases de baile, ect.

No, no me importa si soy o no una gran profesional, la novia perfecta, la hija ideal, yo no soy la mujer maravilla, no tengo que hacerlo todo bien ni como otros quieren. Mi vida es mía y yo solo quiero ser feliz… Los demás que hagan su propia lista.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Vamos a darnos un tiempo


No soy buena con los cambios, no me sientan nada bien. Si estuviera en una entrevista de trabajo debería ocultar este dato o mentir diciendo que me adapto fácilmente a todo, pero es mentira. Me enloquece que las cosas cambien sin mi consentimiento y hace hoy justo diez días que Leonardo me cambio todo.
Dijo que necesitaba un tiempo y después de esas palabras inicio un silencio que se ha prolongado hasta este día.
Un tiempo, o sea, días y noches sin mi voz, sin mi presencia, sin que pueda yo saber, disponer o preguntar donde ha estado, donde se encuentra o hacia dónde va.
Increíblemente cuando me lo dijo me pareció de lo más natural (dadas las circunstancias) y hasta llegue a pensar que un descansito me sentaría bien, el problema empezó cuando le comente el asunto a Lolita y ella me pregunto: ¿Y un tiempo para qué?
No, no lo había pensado, por más obvio que parezca yo solo pensé en la cantidad de veces a la semana que estábamos discutiendo y en lo aburrida que se me hacia la rutina que de pronto y sin darnos cuenta habíamos creado.
Lo que me paso por la cabeza fue que unos cuantos días lejos el uno del otro iba a hacer que nos extrañáramos, que cuando regresáramos tendríamos la mente abierta a experimentar más cosas y probablemente más desconectada de los tantos pleitos repetidos.
Pero ¿y qué tal si él quería un tiempo para pensar si quería o no seguir a mi lado, o para conocer mejor y en tranquilidad a alguna chica que de alguna manera se filtro en su vida?
Desde entonces no dejo de pensar en eso, si, estoy obsesionada con el tema. A cada momento verifico la hora, siento el tic tac del reloj en mi cabeza y cada vez que me duermo me digo a mi misma “un día menos”. No sé qué cantidad de días implica este “tiempo” que me pidió, pero mientras más días pasen, más cerca me siento de ese día en que todo esto se termine.
Pero, ¿y si no termina?
Han pasado diez días y no parece extrañarme, sus estados del facebook han variado poco, no indican ningún sentimiento, mensaje indirecto o nada que de una pista de lo que piensa, siente o vive.
Tanto pienso en el asunto que me paso la paso recordando momentos dispersos de esos días previos a su decisión de tomarse “un tiempo”.
El lunes antes a ese día, discutimos viendo la televisión. Yo veía uno de esos toyosos reality shows que nunca puedo quitar y el dijo: Con razón nunca sabes nada, mira nada más lo que ves.
Si fue una broma o no eso nadie lo sabrá, el dice que sí, yo aun digo que lo dijo en serio; cada quien estuvo tan plantado en su posición que la discusión se prolongo durante horas y tanto nos dijimos que hasta olvidamos porque había empezado todo.
El miércoles salimos a cenar, yo quería ir a un restaurante nuevo del que todos hablan, él quería cenar pizza otra vez, ya habíamos cenado pizza las tres últimas veces que nos habíamos visto pero él quería pizza de nuevo, le dije que si el problema era el dinero yo pagaba, entonces su actitud cambio radicalmente, no me dijo una sola palabra, me llevo al restaurante que quería, apenas me dirigió la palabra durante la cena, ordeno lo más costoso del menú, no lo comió, pago, me llevo a mi casa, me entrego la comida que había ordenado y me dio las buenas noches. Dos días después yo tuve que pedirle disculpas por eso, el nunca reconoció su error, según él, la del error fui yo.

Cuando nos volvimos a ver aproveche la ocasión para estrenar una falda que recién había comprado, era corta pero no osada, pensé que le iba a gustar, pero desde que la alcanzo a ver hizo una mueca de disgusto, le pregunte a dónde íbamos y después de un rato callado me dijo “No quieres primero irte a cambiar de ropa?”….
Más disgusto, malentendidos y discusiones que analizo una y otra vez para ver si encuentro alguna pista de lo que realmente significa este tiempo.
Creo que estoy inventando cosas, tal vez estoy pensando más de lo que debería, como Leonardo siempre dice que suelo hacer.
Probablemente estoy enfocada en la parte incorrecta, la pregunta no es ¿por qué tenemos que pasar tiempo separados?, más bien es ¿Por qué diablos seguimos pasando tiempo juntos?
Parece que Leonardo noto primero que yo este evidente desastre que tenemos llamado relación, yo sencillamente lo he querido obviar, sin embargo, el coraje solo le alcanzo para pedirme “un tiempo” y no para decirme de frente algo que ninguno de los dos quiere escuchar o decir: esto no está funcionando.
Y es que no hay términos medios en el amor, uno o ama o no ama y para cualquiera de los casos “tomarse un tiempo” resulta completamente inútil.
No necesitas tiempo para saber que amas y que estas dispuesto a dar todo por una persona, tampoco necesitas tiempo cuando ya no quieres o no puedes continuar con una situación. Las cosas son o no son, no existen intermedios.
Preguntémosle a una pareja casada si eso no es como lo digo, que me diga alguien que tenga años conviviendo con su pareja si puede tomarse un tiempo aparte cuando se comparte la cama, el baño, la sala y hasta los pasillos de una misma vivienda con tu “media naranja”. La respuesta será no, cuando se comparte el mismo techo (que es la meta de toda relación de pareja) no hay escape, los problemas se enfrentan y si los quieres ignorar te chocaran a cada momento, te afectaran sin duda.
En fin… No sé por qué pero tengo la leve sospecha de que este tiempo se prolongara indefinidamente hasta el día del olvido, cuando ya ninguno de los dos necesite o desee decirle nada al otro, para entonces ya nada de lo que pensé tantas veces va a importar, probablemente ese día yo solo sienta gratitud con el tiempo…


lunes, 13 de diciembre de 2010

El desliz


Besé a otro hombre, fue lo más impactante que me sucedió en el 2010 y aunque fue un año en el que hice y logre un montón de cosas, haber besado a otro hombre estando comprometida con Leonardo me resulta lo más memorable.
Su nombre es Mario y con solo pensarlo se me hace imposible no sonreír. No, no me enamore de él, de hecho es la relación más libre y maravillosa que he tenido. El me gusta, me divierte pero no siento esa necesidad de que sea mío, ni nada que me haga querer aferrarme a él.
Siempre me hace reír, es simple, no le sigue el ritmo a mis dramas, ni siquiera se ofende, sonríe hasta para decirme que algo no le gusta, me hace sentir adolescente otra vez.
No, no es más maravilloso que Leonardo, jamás aprenderá a besar como él, a ser sutil, caballeroso y brillante, eso solo Leonardo sabe serlo. Jamás abandonaría a Leonardo por Mario, pero confieso que si Mario no hubiera aparecido hace rato que habría huido de Leonardo. Mi breve romance con Mario me hizo recargar baterías, me renovó las fuerzas para seguir, algo extraño, erroneo, pero cierto.
No, nunca había sido infiel, me estrene justo este año, cuando agobiada por esas dificultades y el descuido propios de cuando le pasan años y años al amor, considere la idea.
Se me hace muy difícil dejar de compararlos, lo hice cuando Mario me besó. Leonardo salió ganando y no solo por besar mejor que el sino porque también comencé a besar a Leonardo como hacía mucho tiempo no sucedía. Irónicamente, estar con otro me hizo valorar sus virtudes, hasta el hecho de que se preocupara de darme las buenas noches cuando ya se iba a dormir. Mario no lo hacía.
A Mario no le importaba nada, ese era precisamente su mayor defecto y virtud a la vez, con él no tenía que pensar, no había nada que considerar menos aun cosas que analizar.
Besé a otro hombre, pero Leonardo no lo sabe; si le digo va a enloquecer. A los hombres los criamos para que no sepan perdonar infidelidades y por más que me indigne el tema, tengo que confesar que en contra de mi voluntad he tenido que aceptar que “los hombres no están hechos para aguantar cuernos”.
Decidí callarlo, también es un ejercicio nuevo para mí, yo que todo se lo cuento a Leonardo, he tenido que aguantarme para no decirle que le preste mis labios a alguien más.
Yo creo que él lo sospecha, porque a veces se queda mirándome largo rato sin hablar. A veces temo que pueda descubrir mis pensamientos o al menos sospechar por la sonrisa que me sale involuntariamente de los labios aparentemente de la nada.
Mi desliz duro muy poco, lo suficiente como para que me asustara y temiera perder a Leonardo de manera definitiva. Eso también es extraño, no parece tener lógica pero es lo que me sucedió.
Cada vez que las miradas mía y de Mario se cruzan (si, el verbo esta en presente porque todavia nos vemos aunque no porque lo planeemos) es como si me inyectaran pura felicidad.
Lo vi hace poco, en la fiesta de navidad de la empresa, se me acerco y me dio un beso tan cerca de la boca que nos dejo a ambos esperando más, sentí su aliento tan próximo que tuve que controlarme.
Estuvo cerca toda la noche, no se despego ni siquiera cuando sonó mi teléfono y Leonardo me dio las buenas noches. A Mario no le molesta saber que estoy con Leonardo, ojalá Leonardo sintiera lo mismo.
No, no amo a Mario, ni siquiera intentaría tener una relación con él, pero soy feliz con solo verlo, porque me recuerda que aún puedo sentir cosas que yo pensé formaban parte ya de mi pasado, porque a través de sus ojos todo se ve más sencillo, porque antes de que él apareciera en mi vida, yo no recuerdo la última vez que sonreí con solo pensar en alguien.

No es amor porque no hay intenciones ni existe nada serio, pero también sé que no es amor porque no hay sacrificios ni dolor. Hay que admitirlo, todo el que alguna vez se ha enamorado sabe que el amor duele y mucho.
No, no estoy orgullosa de haber engañado a Leonardo, no lo justifico pero tampoco me arrepiento.
Esto ha sido otra de las tantas lecciones que la vida me enseño para que yo termine de comprender que el mundo y la vida no son tan bonitos y bien puestos como me dijeron debía ser si yo me portaba bien.
Si yo fuera musulmana no solo me hubieran señalado como la infiel desvergonzada que muchos pensaran en esta cultura que soy, allá me hubiera matado a pedradas por esa “ligereza”.
Pero como no soy musulmana, cada día creo menos en los convencionalismos y vivo más con la filosofía de lo que funcione en el momento, nunca había sido más sincera al decir que me da tres pepinos lo que nadie piense.
Y si Leonardo un día se entera, aunque patalee y me abandone lleno de rabia, igual tendrá que lidiar con esa desagradable sensación de haber sido traicionado. Yo ya tengo experiencia en eso y precisamente a él se la debo.

martes, 23 de noviembre de 2010

¿Y ahora que voy a hacer?


El día que mi tío recogió sus cosas y abandonó oficialmente a mi tía, dejó con la boca abierta a más de uno. Mi tía, además de sorprendida no cabía en su cuerpo del dolor, su marido se había ido.
Lo primero que hizo fue ir a mi casa para hablar con mi mama; entre llantos y lamentaciones solo pude entender cuando dijo: “Y ahora que voy a hacer?”.
Esa expresión nunca la he olvidado, de hecho, es la que viene a mi cabeza cada vez que alguien me abandona.
Sí, porque la vida está llena de despedidas, retiradas voluntarias, involuntarias, rompimientos y partidas, no solo en relaciones de pareja; los amigos, los familiares, los compañeros de trabajo y del día a día también se van.
Desde que tengo uso de razón ando perdiendo gente querida, pues es parte de la vida. A algunos se lo llevaron los aviones, a otros se lo llevaron ataúdes, a otros se los llevaron “diferencias irreconciliables”, el orgullo, la distancia, la rebeldía, en fin, la vida y sus complicaciones.
Así paso con Ramiro, un “amigo” que llegó sin avisar, apoderandose de mi atención y cariño tan pronto como dijo hola. Hablaba conmigo al menos dos veces al día, en conversaciones tan extensas que siempre terminaban cuando a uno de los dos nos gritaban “oye ya suelta el teléfono!”.
Paseábamos dos y tres veces a la semana, nunca fuimos a un restaurante, a algún centro comercial, cine o cualquier otro lugar a los que la gente normalmente va a esparcir la mente; no había dinero para eso, pero la verdad es que yo nunca lo note, siempre que estaba con él cualquier lugar bastaba para pasarla bien.
El tenía novia, siempre me hablaba de ella, yo nunca sentí celos, no estábamos enamorados, pero él era mi primer y último pensamiento del día, era quien me abrazaba, con quien anhelaba hablar desde que cualquier cosa ocurría y hasta cuando nada sucedía, era como una adicción.
Nunca supe definir nuestra relación, era algo extraña y difícil de calificar, yo solo sabía que lo necesitaba.
Sin aviso ni razón un día me besó, me pasaron tantas cosas por la cabeza en un par de segundos que se pudo haber realizado una película con eso, quede paralizada, no sabía qué hacer.
Me aparte, nos quedamos mirándonos y volvió a besarme.
Esa noche no pude dormir, me la pase pensando, y aunque al principio me sentí asustada, a medida que pasaban las horas de mi insomnio no me pareció tan descabellada la idea. De pronto me sentí entusiasmada porque entendí que probablemente ese era el inicio de una relación formal.
Entonces le di permiso a las mariposas que habitan en mi corazón para que me revolotearan por todo el cuerpo y así quedara oficializado que yo estaba enamorada.
Al día siguiente mi celular no sonó, nadie me llamó, bueno la verdad es que la única llamada que me interesaba era la de Ramiro, pero no, el celular no sonó en todo el día. Me prometí no llamarlo, en los siguientes tres días cumplí mi promesa. Al parecer él también se había prometido lo mismo porque tampoco me llamó.
Cuando no pude más con la angustia marque su número, pero no fue él quien contesto, fue su novia, quien saltó la parte de los saludos y la cortesía para decirme directamente:
“Por las buenas te voy a pedir que no llames más a Ramiro y el cancito de andarlo viendo ya se acabo; él me conto que te le declaraste y hasta le brincaste encima para besarlo, los dos vamos a imaginar que eso fue un error involuntario, pero para que no se repita salte del camino” y colgó.

Sí, él había sido capaz de revelarle a su novia ese suceso que era solo de los dos.
Sí, había mentido para tapar su falta culpándome injustamente de algo que no hice.
Sí, se había portado como un tremendo cobarde.
Y todo esto yo lo asumí después de haber llorado mucho, de haberme preguntando durante semanas muchos por que para mis adentros.

¿Por qué había mentido?, ¿por qué me beso?, ¿por qué huyo?, ¿por qué me abandono?, ¿por qué no me explico nada?, ¿por qué había olvidado lo que éramos el uno para el otro?, ¿Como lo olvidó?, ¿cómo podía no extrañarme?, ¿qué estaba pasando?

Yo no entendía nada, solo me quedaron las lágrimas, la impotencia y esa pregunta que siempre hago cuando alguien se me va: ¿Y ahora que voy a hacer?
Sin Ramiro, de pronto mi vida se sentía vacía nuevamente, ya no habría paseos, ni llamadas, ni abrazos, ni compañía. Me sentí más sola que nunca.

El tiempo paso y la vida siguió, llegaron nuevas amistades, ocupaciones, emociones y hasta amores que jamás imagine. Con su partida nada se detuvo, mi vida continuó y después del dolor de aquellas semanas en que sufrí su traumática partida, nunca más llore, al menos no por él, hoy día apenas lo recuerdo.

Las veces que llega a mi cabeza es para recordarme a mi misma que sin importar quien se quede o se vaya, con o sin mi consentimiento, igual la vida va a continuar…

martes, 16 de noviembre de 2010

La pluma de Yuyita


Hola mi nombre es Bethania Ortega y soy la pluma detrás de este blog. Durante un año y dos meses este proyecto ha existido sin una firma ni más protagonismo que el de la propia Yuyita, y no es que vengo a competir con ella (!Dios me libre meterme con esa mujer!), más bien quise ponerle una cara y un nombre a la mente de donde provienen todas estas historias.
La idea original era mantener en el anónimato a su creadora (o sea yo), pues deseaba que el proyecto tomará fuerza por si mismo, no por mi y !caray si que lo ha hecho!.
A veces incluso he sentido celos de Yuyita Flores, porque mis amigas le demuestran más cariño que a mi y gente que ni me saluda la sigue y le encanta! :s
Bueno pero esta bien, ni tan mal que me hace sentir yo también soy loca con esa Yuyita.
Hoy salgo del anónimato, sí soy yo la que escribe este blog y aunque sé que la aclaración que voy a hacer a muchos les resbalará, por igual una vez más les digo que Yuyita no soy yo y lo que escribo en este blog no es mi vida. Si hay mucha realidad y mucho de la manera en que percibo por momentos el mundo, pero definitivamente no es mi vida, imaginense nada más todos los problemas que tendría con la gente que me conoce, a estas alturas creo que ya nadie me hablara...
En fin, esta soy yo, mucho gusto en conocer a quienes me dejan comentarios, me siguen, me linkean, me recomiendan y hasta aquellos que entran y salen silenciosa pero constantemente a esta página.
Mi momento de fama ya termino, Yuyita sigue siendo la estrella de esta dirección, así que siempre dirijanse a ella, para que ella no termine muy enojada conmigo.
Gracias por formar parte de este proyecto tan querido por mi.
Nos seguimos leyendo...

domingo, 14 de noviembre de 2010

Demasiado buena para aguantar vainas


Lolita acaba de terminar con su novio, ella dice que él quería cambiarla y que por nada en el mundo le va a permitir a un hombre cambiar su esencia. Yo pienso que ella exagera, pero no me atrevo a opinar, con el tiempo he aprendido que en la amistad es más valioso escuchar, acompañar y callar.
Raúl, el ahora ex novio de Lolita, siempre me pareció un buen chico, educado, inteligente y simpático.
Su prudencia y buen manejo contrasta con el espíritu extrovertido, bulloso y alocado de Lolita, la mayor parte del tiempo eso le maravillaba de ella pero a veces el asunto se salía de control, él solo atinaba a susurrarle en los oídos, “Lola baja un poco la voz”.
Y fue precisamente esa expresión lo que desencadeno el pleito final, eso fue suficiente para que mi escultural amiga tomara la determinación de sacarlo de su vida. “Estoy demasiado buena como para estarle aguantando vainas a un hombre, ahora mismo puedo elegir estar con quien yo desee”, me dijo. De hecho era una frase bastante frecuente en ella y la verdad no era del todo errada; era joven y muy hermosa.
La pregunta es: ¿ser joven y bella realmente te garantiza que vas a poder elegir a quien quieras cuando lo desees?
Sé que la respuesta es no, conozco a demasiadas mujeres bellas, inteligentes, interesantes y jóvenes que están solteras y esperando encontrar ese compañero de vida para ser un poco más felices, ¡y caray sí que les ha costado!
El asunto es que cuando alguna sale de la soltería entonces se le aconseja no permitir que un hombre la cambie, no permanecer en una relación que deje de proporcionarle felicidad, buscar un hombre tan preparado profesional y económicamente como ella lo merece y si nada de esto coincide con las cualidades del hombre y la relación entonces hay que dejarlo, porque ante todo “debemos valorarnos”.
Y en ese juego pasan los años, el amor se vuelve cada vez menos romántico, más práctico, directo y difícil de encontrar... Pueden suceder varias cosas, por ejemplo:
Ella sigue soltera mira a su alrededor y al parecer todo el mundo encontró con quien estar, todos están casados, feliz o infelizmente, pero casados, y ella en el medio del mundo sintiendo como la naturaleza la hace desear cada vez con mayor fuerza crear un ser en su vientre y formar la familia que todos dicen hay que tener. La verdad es que ya ni le importa encontrar el príncipe azul, esta más enfocada en no perder más tiempo y crear una familia aunque sus hijos no tengan padre.
La mujer casada recuerda con nostalgia aquellos días de noviazgo en que su aún novio no solo decía que iría a bajarle la luna si ella se lo pidiera, ella sabía que no mentía, él era capaz de eso y de más... La sensación le da nostalgia. Por otro lado los hijos están ahí, ella los ama, no los cambiaría por nada en el mundo, pero no niega que extraña su cuerpo de veinteañera que paralizaba la respiración de cualquier hombre.
La divorciada se alegra de no tener a ningún hombre que le amargue su existencia, ya sufrió lo suficiente como para siquiera desear intentarlo otra vez, la idea le horroriza.
El mundo da vueltas y en ese ir y venir vemos de todo, no solo la derrota, también la otra cara de la moneda; esta aquella jovencita bonita que si se dio el valor, esperó y encontró a un maravilloso hombre que ahora es su marido, la mujer madura que le dio prioridad a su carrera y aplico sus estándares de exigencia a su vida amorosa, cosecha los frutos de su estrategia pues tiene un marido envidiable que pronto también la hará estrenarse como madre.
La mujer casada que se confiesa tan enamorada como el primer día y orgullosa de cada estría y libra ganada en la espera de sus amados retoños.
La divorciada que se siente renacer y espera con ansias y optimismo encontrar el amor de su vida… Otra vez.
Y en medio de todo eso estamos las que apenas empezamos a vivir y tememos elegir el camino equivocado. Tratando de hacer un balance entre esa mujer que se valora lo suficiente como para no dejarse atropellar y esa mujer que sabe cuándo es prudente perdonar y dejar pasar para que una relación funcione.
No aceptando cualquier cosa que se nos atraviese en el camino, pero sin perdernos en extravagantes exigencias.
Conscientes de que el tiempo nos pasa factura por cada curva y atributo con los que hechizamos en la juventud, de que al final solo queda nuestra esencia, lo que realmente somos como personas, lo que logramos construir, la cantidad de amor que ofrecemos y el que se nos retorna.
En fin, no hay receta para vivir, no sabemos cual personaje terminaremos siendo y para ser honestos las experiencias de los demás rara vez significan algo en nuestras propias vidas.
Cuando se toma un mismo camino a unos les va de maravilla y otros fracasan, a fin de cuentas todas las historias no se escriben con la misma tinta.