domingo, 22 de enero de 2012

La ruedita del hamster


“Me siento tan vacía” fueron las palabras de Lolita, me lo dijo así de repente y de la nada, en una pausa de esas interminables conversaciones triviales que tenemos para disipar la mente.
Quede muda, tenía tanto que decir que mejor callaba. Yo también me siento así, sobre todo después de haber pasado un período festivo o de asueto.

Unas breves vacaciones es todo lo que necesito para darme cuenta de lo vacía que esta mi vida, que sin trabajo, yo no soy mucha cosa, poco valor le quedan a esas horas que se quedan desocupadas y en las que tiendo a ponerme algo triste.

La sensación es más parecida a tener un gran y hermoso baúl sin contar con nada que ponerle dentro... Uno puede convencerse de que es prescindible y abandonarlo en el camino, enfocarse en el montón de cosas que no dejan ni pensar con claridad. Pero igual ese baúl no va a pasar a ser de nadie más, ni se va a llenar con otra cosa que no sea lo que le corresponde.

Siempre llega a mi cabeza aquella frase de “Vivir para trabajar o trabajar para vivir”, es definitivo y patético pero real, yo vivo para trabajar y hasta las cosas que hago supuestamente por mí, como ejercitarme, ir a terapia, comprar ropa y demás, todas al final las hago para poder seguir trabajando. Para parecer equilibrada, para tener algo de ánimo, para mantener en calma el estrés, para estar presentable, para poder.

Es por eso que en diciembre, cuando me dispuse a crear mi lista de metas 2012 el primer lugar lo ocupo “vivir más”. Y me propongo cumplirlo con seriedad, porque si no lo hago, sospecho que un día me descubriré una anciana llena de medallas, reconocimientos, logros profesionales y con la alegría y el corazón más arrugado que una pasa.

Suena como algo que podría suceder un día muy lejano, pero que va, los días andan corriendo, los meses ni piden permiso, andan con más prisa que yo un lunes cualquiera.

No, este vacío no se llena con religiones, dioses católicos, evangélicos, ni de ninguna otra clase, que nadie me hable de nada parecido. Tampoco es falta de amores, de amigos o de familia, de todo eso tengo y llenan su cuota de alegría en mi vida. No son metas no alcanzadas, ni anhelos que no llegan…

Me siento presa de mi misma, de este sistema social tan cuadrado, con edades, límites y el mismo libreto para todos. Todos los días las mismas calles, las mismas cosas, el mismo afán… Es como si estuviera en una ruedita de esas en las que corren los hámster, donde ellos se esfuerzan y se esfuerzan, pero siempre están en el mismo lugar, la ruedita corre pero una base se encarga de que se quede estática dando vueltas en el aire.

Tantas veces me pregunto, ¿y si en lugar de estar en esa ruedita estática, pudiera correr en campo abierto?, perdería el confort y la seguridad de la jaula, pero me daría la oportunidad de sentir que estoy viviendo, que no soy tan cobarde, que me atreví a lo que pocos se atreven: a hacer lo que de verdad quise. Y al final de mis días en lugar de reconocimientos y logros, lo que me queden sean las alegrías y experiencias de lo que yo elegí para vivir.

sábado, 7 de enero de 2012

El erizo


La última vez que Leonardo y yo hablamos, en realidad no hablamos, yo grite, él grito, estrellamos cosas al piso y nos fuimos; desde entonces no sé nada de él.
No pasó como en las películas, él no se apareció en una tienda mientras yo me probaba un vestido, ni me dio la sorpresa de su presencia en el parque mientras estaba sola y pensando en él, tampoco ha habido ningún mensaje, ni de texto, ni de voz, ni de humo… Como aquella canción de Juan Luis Guerra.

Me siento tan culpable, no importa quien tenga la razón o no, el problema no es ni siquiera el método de determinar quien la posee, es que se me olvida que lo importante es lograr comprensión, no provocar ira.

Que rabia siento conmigo, con mi madre, con los que me educaron. Me hicieron una mujer reactiva, rebelde, con aires de feminista. Siempre queriendo imponerme, siempre planeando estrategias, plan de defensa y formas de ataque. Toda una guerrera.

Me enseñaron que no debía, bajo ninguna circunstancia dejar que un hombre estuviera por encima de mí, que me dominara, que no me dejara ser, que de alguna manera me limitara. Me dijeron que iba a ser una víctima, una mujer sufrida y a la merced del que quisiera si no generaba mi propio dinero y le mantenía bien claro al que estuviera a mi lado que sobre mi cabeza no había más nadie, que nada me iba a doblar.

Y es así como termine siendo un erizo, un ser que repele, que lastima al tacto.

Cierro los ojos y me veo siendo una de esas mujeres casadas que no duermen esperando que el marido llegue de madrugada con un sartén en la mano, listo para pegárselo en la cabeza tan pronto como entrara por la puerta. Que desagradable visión.

Yo tan profesional, tan impecable vestir, tan envidiable curriculum, vehículo, posición y tan neandertal.

Envidio a esas mujeres del oriente a quienes les enseñan desde pequeña a ser deseables para los hombres, a hechizarlos con sus encantos (no solo los físicos, también los de su interior) para que estos se enamoren y a la vez las hagan felices.

La formula es simple: conquistas al hombre, le complaces y él se mantendrá atento a ti y te complacerá.

Si, suena primitivo, nada que ver con estos tiempos, pero la esencia de esta propuesta no está del todo errada.

Un ejemplo es la historia de las Mil y una noches, en el que la astucia de una mujer no solo la libro de morir, también la convirtió en reina.

Tan importante es esto en oriente que hasta existen textos especiales que tratan el tema, como el libro del Kamasutra. En algunas partes del susodicho se le orienta a la mujer sobre cómo debe ser su comportamiento con el hombre, como se seduce, pero sobre todo como se mantiene a ese hombre enganchado, satisfecho, enamorado. Y no, todo no es sexo, el secreto no son posiciones imposible, masajes, ni vivir desnuda o insinuante, es un tema más de actitud y trato que de otra cosa.

Según la colombiana Isabella Santo Domingo, los caballeros las prefieren brutas... Hoy yo entiendo su afirmación. No es que de verdad uno tenga que ser bruta para que ellos permanezcan y no sea tan difícil el cuento, tampoco hay que fingir serlo. El asunto es, que las que tienen un nivel de inteligencia ligeramente superior al resto, les da con ponerse a pensar, con analizar más de lo que deberían las cosas y con tratar de demostrar que no son lo que fueron nuestros antepasados, que gozan de una libertad que esta muy bien ganada y que no van a aguantar “vainas” de cualquier hombre.

Y es así como nos volvemos acidas, erizos, repelentes para el amor y el sexo masculino; cuando se supone que somos lo sutil, lo delicado, la ternura, lo reconfortante, el hogar.

¿Asumir esto es ser sexista?, tal vez, pero yo hoy no quiero analizar lo que es justo o no, lo que debemos ser o no. No quiero hablar de magnesia y mezclarlo con la gimnasia, el asunto es la estrategia, no lo que nos define. Como conseguir esa armonía y felicidad con esa otra mitad que en poco se parece a nosotras (por más grande que sea el amor).

¿Cómo consigo más, siendo miel o vinagre?

Tal vez si yo aprendiera a reírme más y a discutir menos, si yo analizara menos y disfrutara más, si calculara menos y fuera más espontánea, probablemente mi lista de inconformidades se reduciría considerablemente, si le permitiera a la vida y a los hombres fluir, no marcarles el ritmo, como acostumbro, quizás todo sería más fácil.

Qué tal si en lugar de deshojar margaritas preguntándome si este es o no el indicado, invierto mis energías en ser yo la indicada, en ser menos imposible.

No es asunto de doblegarse o de ponerse por debajo de nadie, el tema es ser más astuta y sufrir menos.

Scheherezade (la narradora de Las Mil y una noches) se convirtió en la reina de un rey desilusionado y cruel que se acostaba y mandaba a matar una mujer diferente todos los días. No fue ni el sexo, ni la ropa de última, mucho menos los argumentos lo que hicieron de Scheherezade una mujer interesante y triunfadora, fue su ingenio el vencedor.

Algo debería yo aprender de ella… Que triunfe mi ingenio y no mi locura.

martes, 27 de diciembre de 2011

Creer y seguir creyendo


Se acerca peligrosamente el 31 de diciembre y mi corazón se inquieta cada vez más a medida que se aproxima el día. Me asustan los fines de año.

Además de la tormenta interna de pensamientos y recuerdos que esto implica, es otra ocasión donde no hay manera de zafarme de la reunión familiar.

No, no es que no quiera o disfrute a mi familia, el problema no son ellos, son los miembros de este interminable clan que aparecen solo para estas fechas y que me provocan tantos sentimientos desagradables.

No entiendo porque cada año tiene que empezar con esta gente, que al final de cuentas no son más que desconocidos.

Es como si fuera un maratón de gente indeseable y entre los que compiten se encuentra la tía Gema, una mujer amargada a la que todo le parece mal.

El 24 de diciembre se me sentó al lado, no se por qué. Yo, para que no fuera más incomodo de la cuenta, le puse tema de conversación, le conté con alegría que Saritah se iría del país y se casaría a principios de enero.

Ella arrugo la cara y contesto que le apenaba la vida que esa pobre muchachita iba a llevar en lo adelante.

Pero tía, si ella se ve tan feliz y Richard es un buen hombre, tiene recursos y están muy enamorados, le dije.

¿Y tu eres de las que cree que el matrimonio es un nido de rosas?, no me hagas reír, que lo mejor es ser novios, después todo es complicación. Desde el primer día de casada, después de la boda, comienza el malestar, cuando te despiertas y te das cuenta que tu vida te la acaban de cambiar por una en la que tienes una lista interminable de obligaciones. Al menos el enamoramiento te da fuerzas para poder con eso, pero después el tiempo va consumiendo ese sentimiento y de pronto te quedas sin nada.

Si, este tipo de cosas son las que la tía Gema suele decir, no recuerdo una sola Navidad de mi vida en la que ella no haya dicho alguna cosa que me dejara molesta, triste o pensativa.

Por eso trato de no contarle nada sobre mi y los planes que tengo, ella los haría trizas en un dos por tres, igual no se como se entera, pero todo lo sabe.

El tío Luis es muy extraño, suele esta muy callado, pero si lo miro siempre me esta mirando, he desarrollado varias teorías sobre él. Puede ser que sea súper inteligente y este constantemente analizándome. Puede ser que yo haga cosas de manera inconciente para que él me mire o tal vez ni siquiera este realmente viéndome. Quizás nunca conozca la verdadera respuesta, pero igual me perturba.

El primo Enrique, no acostumbra a venir todos los años, pero cuando aparece me pongo especialmente nerviosa, le tengo mucho asco, no puedo evitarlo. Cuando era muy pequeña, una vez bebió tanto que término vomitando casi todo el patio menos de una hora después de haber todos cenado. No puedo evitar relacionarlo con eso. Nunca se lo perdonare.

No soporto los borrachos, el olor a alcohol y las babosadas de gente bebida, y todo eso no falta un 31 de diciembre en mi casa, los hermanos de mi padre se encargan de que este degradante espectáculo nunca falte.

Y con todo este circo de locos, mi familia pretende que yo haga una hermosa oración cada año con todos reunidos alrededor de la mesa para dar gracias por el año que termina y por el que se aproxima. A veces lo intento, este año no lo deseo.

Elijo concentrar mis fuerzas en desprenderme de este año, todo lo que se quedo en él, los amargos tragos que me dio y estos recuerdos tan difíciles que no deseo llevar un día más conmigo. Agradecer y abrazarme a todas las bendiciones que hicieron de este ciclo de 365 días uno muy especial.

Si alguien me hubiera avisado lo que me iba a tocar vivir en el 2011 hubiera sentido un miedo tan grande que me habría paralizado, tanto por lo bueno como por lo no tan bueno a lo que tuve que hacer frente.

Pero como no voy a brujos, no busco ni creo en predicciones, las cosas llegan y ya cuando están solo queda resolverlas. Yo creo que así se vive mejor. Sufre dos veces el que sabe que le van a pegar y luego le pegan, que el que no sabe.

No voy a mentir, le tengo mucho miedo al 2012, pero no me puedo aferrar a eso, a mí y a todos los que recibiremos este nuevo año, solo nos queda creer y después de creer, seguir creyendo, solo así podemos continuar la marcha….

¡Don´t stop believing, vamo´arriba 2012!


lunes, 26 de diciembre de 2011

Lágrimas incomprendidas

Entregada a la misión de distraerme viendo televisión, voy pasando canales sin parar y me detiene ver a uno de los actores internacionales que más disfruto ver en películas, sentado como invitado de un programa de entrevistas. Me digo ¿Por qué no?, y me quedo viéndolo.

Los comentarios divertidos del actor, provocaban carcajadas a la audiencia, a mí que no me sacan tan fácil una risa, logre sonreír con algunos de sus relatos.
De pronto y sin entender la secuencia, el entrevistador cambio el tono, bajaron las luces del estudio y comenzó a mencionar hechos dramáticos de la vida del actor acompañado de imágenes antiguas relativas a lo que decía… Solo faltaron violines de fondo para hacer la escena más penosa.

El actor se desoriento, la expresión de su rostro lo indicaba, solo después de su desconcierto logro seguirle el ritmo a lo que trataban lograr con él: un momento conmovedor.
Hablo de la muerte de su hermano, de la ausencia de su madre, en lo que eso represento para sus problemas de pareja y un montón de motivos más que tenían como fin hacer llorar a los espectadores.

Yo, que tengo las lágrimas más a flor de piel de lo común en los últimos meses, en lugar de sentirme conmovida, me sentí molesta, ofendida.

Es que no entiendo ¿por qué hay personas que usan tus buenos sentimientos como estrategia para conseguir lo que desean?, ¿Por qué hay que remover situaciones dolorosas solo para convencer a alguien de algo?, ¿Por qué parece no importar el dolor que eso cause en el otro?

A mí me hace llorar cualquier cosa, mientras más pasa el tiempo me sucede con mayor facilidad, pienso en el pasado y en comparación, me he convertido en una llorona.

Cuando Leonardo me conoció, me dijo en múltiples ocasiones que yo parecía de hierro, que con nada lloraba y creo que esa “insensibilidad” de mi ser lo conquisto un poco… Creo que se enamoro de algo falso, nunca he sido esa mujer de piedra.

Me siento muy tonta llorando, y me da vergüenza con él, no quiero ni que se dé cuenta.

Pero ahora que lo pienso: ¿en qué se baso Leonardo para decir que yo era de hierro y no lloraba con nada?. En el momento en que me lo dijo, por qué carajo iba yo a llorar si estaba más que feliz, enamorada, con la autoestima fortalecida por el amor recién encontrado y sin ninguno de los problemas que van surgiendo a medida que va uno creciendo.

He culpado a las hormonas, mi ciclo menstrual, el estrés, los cambios, hechos particulares, he usado ya todas las excusas que me han dado las revistas para entender esta sensibilidad mía. Lo único que no había considerado es que nací así, llorona, sensible, emotiva.

Una vez, cuando era muy pequeñita mis padres me llevaron a una pizzería y yo estaba demasiado contenta, pero afuera había una señora tirada en el piso, que lucía sucia y extendía su mano a todo el que le pasaba por enfrente para que le dieran algo. Se me quito el hambre, no pude comer y en medio de la cena arranque a llorar. Cuando pude hablar le pregunte a mis padres: ¿Qué tenemos que hacer para que ella ya no esté así?, podemos darle tu pizza si quieres. Se la dimos, pero igual yo seguí triste toda la noche.

No era capaz de entender por qué hay gente tan desdichada en la vida.

Todavía no lo entiendo. Por eso en un momento de mi existencia lo cuestione todo, me enoje con el Dios en el que me enseñaron a creer, le reclame tanta injusticia, me sentí tonta, engañada y eso me llevó a decidir hacerme de la vista gorda, ignorar el dolor que había a mi alrededor… Y abrace una de las frases que dice uno de mis tíos: ¨Yo no he hecho mundo¨, para quitarme de encima cualquier situación ajena que demandara de mi colaboración.

Y adoptando esa “doctrina” de vida, me di cuenta que la mayoría de las personas eso es lo que terminan haciendo. Actuar como si no vieran nada, sin ser ciegos.

Pero mi conciencia no me dejo quedarme en este camino, y al final de cuentas volví a ser la misma del principio.

No creo en religiones, no ando con intenciones de evangelizar, yo creo en que a cada persona le llega el momento exacto para encontrar una fórmula espiritual que le resulte, si es que lo desea. Esas cosas no se fuercen.

Pero a mí me tranquiliza confiar en que no andamos solos por la vida, que hay ser un superior que si escucha lo que le decimos y aunque nos resulte muy difícil y muchas veces hasta doloroso, comprender sus designios, tarde o temprano le terminamos dando la razón.

No creo en las culpas, las penitencias, la caridad impuesta, la salvación por medio al dolor, objetos benditos, beatificaciones, diezmo y otros chantajes más.

Si creo en un Dios de amor, que me escucha y me colma de bendiciones cada día. Creo que provienen de él los mejores sentimientos que hay dentro de mí, muchos de los cuales son los responsables de que mis ojos tan fácilmente se llenen de lágrimas y que aunque me lo proponga no pueda hacer caso omiso a tantas injusticias.

Ese tipo de sentimientos, así como los dolores del pasado de cada quien, deberían ser intocables, inviolables, inaccesibles para cualquier otro ser humano. Por eso me da rabia que en la televisión, en iglesias, retiros, conferencias y otros tantos, se valgan de mover esas fibras sensibles para convencer.

En cuanto a mis lágrimas, he resuelto dejarlas fluir a su gusto. Si estoy feliz, si logre algo increíble, si fui testigo de un milagro, si me invade la tristeza, si me duele el adiós de alguien, si me derrumba el mal ajeno, si me gana la impotencia, lo que sea que me provoque llorar, le daré rienda suelta.

Ya no las voy a aprisionar más, ellas tienen su razón de ser. No siempre lo podré explicar, no siempre podré ser entendida, pero qué más da. Cada quien con lo que le funcione.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Oxígeno


Hoy no es un buen día, me costó mucho levantarme de la cama, casi no pude dormir en toda la noche. Pero no hay opción, hay mucho trabajo que hacer y todavía no dan licencias por agotamiento emocional.

Leonardo me llamo, después de más de tres meses de estar separados, parece que me extrañaba... No pasa un día sin que piense mucho en él, y aunque la conversación comenzó tranquila y algo incomoda, todo dio un giro muy inesperado.

Comenzamos a discutir, él se enojo más de lo que puedo explicar y empezaron los insultos a salir de su boca. Cosas que yo jamás escuche a nadie decirme, él me las dijo todas juntas. Cosas que yo jamás pensé merecer, él me las dedico en un concierto de gritos y groserías. Todavía retumban muchas de sus ofensas en mi cabeza, siguen repitiéndose una y otra vez, como si tuvieran eco.

Lo que siento, no lo puedo siquiera describir. Estoy destruida, aplastada.

Y así como estoy tengo que darle los buenos días a todo el que encuentro esta mañana, así tengo que conducir y tratar de no perder la concentración, así, tengo que hacer una interminable fila en el banco, así tengo que responder las insistentes llamadas relacionadas con el trabajo, igualmente todos los mensajitos que llegan uno detrás de otro en mi bb para resolver situaciones.

Quisiera decirle a todos que no estoy de ánimos, que mi mundo se me cayó hace tan solo unas horas, que mi corazón está hecho una mierda, que si pudiera renunciaría a mi cuota de oxígeno de forma inmediata. Pero no puedo… Nadie tiene la culpa, nadie tiene porque saberlo, a nadie le interesa.

Me pregunto, ¿cuantas personas saldrán todos los días a la calle con este dolor o algunos aún mayores?, ¿Cuánta gente me habrá dado los buenos días sintiendo en realidad que de bueno no existe nada en su vida?

Deben ser muchas más de las que pueda imaginar en realidad porque los periódicos están llenos de casos extraños y curiosos que dejan a todos con un signo de interrogación en la cabeza.

Un hermano que mata a otro tras una discusión por un abanico, hijo que mata al padre porque no le quiso dar 500 pesos, hombre que mata a su ex pareja porque no se quiso reconciliar con él, hombre mata a otro porque no le quiso comprar un Brugal.

Justo cuando estoy sumida en mis pensamientos, analizando este asunto, una señora detrás de mí en la fila del banco comienza un discurso agresivo en contra mía, si, ¡mía!

Ella insiste en que me cole en la fila, que soy una desconsiderada y que los guardias están de mi lado porque soy joven y bonita al contrario de ella. Yo me hago la desentendida y ni volteo a mirar, pero ella sigue y sigue hablando como una carretilla imparable.

Siento que me va faltando el aire, se me va acelerando el pulso, se me dificulta la respiración y el único impulso que tengo es el de agarrarla por el cuello y hacer que se calle.

Ya es demasiado con tener que estar en pie un día que mi corazón esta de rodillas, pero eso nadie lo sabe, igual nadie lo va a entender si la estrangulo.

Me voltee y grite con todas mis fuerzas un “cállate” que debió escucharse en la línea fronteriza, la mujer brinco asustada, retrocedió y se puso la mano en el pecho, entonces dijo que tenían que detenerme. Nadie se atrevió a tocarme, menos a decirme algo. La señora salió del banco y yo termine de hacer mi transacción aún cuando me temblaba todo el cuerpo del malestar emocional y aquella descarga de ira.

Entonces pude entender mejor lo que ya tenía rato meditando… La gente anda llena de problemas que no conocemos, no tienen nada en la frente o en la ropa que nos indique que tan rotos o molestos están por dentro o que situaciones traen consigo.

Que estemos en un sistema de ocultar emociones y creernos maquinas perfectas, solo nos convierte en un nido ideal para incubar desastres, olas repentinas de ira, actos violentos, irracionales, incomprensibles.

Estamos llenos de dolor, y así trabajamos, estudiamos, compartimos, vivimos, fingiendo que todo está bien y continuamos la marcha, como si ese sentir jamás pasara factura.

Hoy no es un buen día y me quede en mi cama, es lo justo no solo para mí, también para todos los que andan allá afuera y que no saben lo desequilibrados que están mis pensamientos, mis emociones y su porque.

Mi psicóloga dice que tengo que aprender a respirar para controlar mis emociones, que mis ataques de ira los dominare tan pronto como sepa como dejar que el oxígeno llegue a mi cerebro cuando esté perdiendo los estribos… Entonces eso me hace pensar que tal vez todo este caos social se resuelve con un poco de oxígeno en el momento adecuado.

Hasta que aprendamos a respirar todos, tal vez sería útil si en las calles ubicaran al alcance de los transeuntes tanques de oxígeno para emergencias de este tipo… Suena descabellado, lo sé, pero la violencia también lo es.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Números



Cuando tenía diez años, aún era una niña regordeta que jugaba con muñecas, pero sobretodo era una niña y ese era mi problema.
La mayoría de mis compañeras de colegio dejaban atrás la niñez para pasar a ser ¨señoritas¨, al menos eso nos decían sucedía en el momento en que la menstruación hacia su primera aparición en nuestras vidas.
¿Y a ti ya te llegó?, era la pregunta mيs común para aquellos días, yo sentía mucha vergüenza cada vez que respondía ¨no, todavía¨.
Y mientras a las demás se le comenzaban a marcar las anheladas curvas del cuerpo, el mío seguía siendo una sola y gran curva: la de mis libras de más.
Tanto tiempo dedique a torturarme y a presionarme con ese tema que llegue al punto de la depresión. No entendía por que la naturaleza no me ayudaba, por que a todas les pasaba y yo seguía en el banco de espera.
Me sentí inferior a mis compañeras, en desventaja total y con la impotencia de no poder hacer mucho para cambiar la situación.
El tiempo paso corriendo, con una rapidez casi igual que sucede en las películas y novelas. Todas nos convertimos en ¨señoritas¨, tuvimos amores escondidos, públicos, paso la graduación de la escuela y hasta la de la universidad, algunas van por la maestría, otras por el tercer hijo.
Casi todas tienen pareja, están casadas, en unión libre y en la fascinante misión de encargar los hijos a la cigüeña (de forma intencional o accidental).
Y las que no están en esa lista actualmente, se encuentran en la misma posición que estuve yo en mis diez años: en la banca de espera y sugestionadas por la presión social y la propia.
No es un asunto que les pase a todas, claro que no, por ejemplo yo aun no supero el hecho de que mi adolescencia ya paso y sigo teniendo la sensación de que me faltan tantas cosas por vivir antes de empezar el plan proyecto familiar.
Pero entonces entra el asunto de los números en el juego.
Mi abuela dice que esta es la edad para tener hijos, primero porque hay que tener fuerzas para parir y criar, segundo porque el tiempo es limitado para las mujeres, después de los 35 tener hijos es un asunto riesgoso y tercero porque más que asegurar pareja hay que asegurar los hijos, tener familia es lo que importa.
Si es el asunto es así, entonces hay que correr, estamos hablando de diez breves años como tiempo limite. A correr como lo hice para terminar la carrera universitaria justo a los 4 años, a correr como todos los días para cumplir los compromisos laborales antes de determinada hora o día, a correr como lo hice en mi adolescencia para adelantarme a entrar al mundo adulto, a apresurar las cosas como en tantas relaciones sentimentales que no llegaron a ningún lado.
Si todos corren hay que correr, porque nadie quiere quedarse atrás.
Y todo se mide en números, importa la edad, el sueldo que tengas, el año del carro en el que andas montado, el precio que tiene la ropa que usas y hasta los números que indiquen la balanza cuando te subes a ella.
Los hombres no son ajenos a esta situación, ellos son los que más cuantifican todo.
Se preocupan por perder la virginidad primero que todos sus amigos, por ser el que mas numero de mujeres tenga, por tener la mayor cantidad de encuentros sexuales a la semana, por ser los que mas tiempo duran teniendo sexo o los que poseen el pene con más centímetros.
En conclusión, los números importan, nos presionan, nos encasillan, nos definen.
Ese reloj invisible nos mantiene atentos con su tic tac, nos amenaza los sueños, la tranquilidad, el amor y nos hace sentir en jaque mate cuando vemos aparecer ciertos números.
Wow, ya tengo 25, cumplí 30, uff ya voy por los 40, llegue a los 50.
Solo me he enamorado una vez, he tenido 10 empleos, tengo 3 hijos, no he tenido ningún logro, he visitado 10 países, mi cuenta de banco guarda una cantidad de seis cifras…
¿Tendrá razón mi abuela?, a veces pienso que si, la mayoría del tiempo no lo pienso.
Me sacude el mundo cada vez que una de mis amigas me dice que va a casarse o a tener un bebe, porque me hace pensar si ellas habrán cedido por presión o serán sus reales anhelos.
Me pregunto si realmente la naturaleza te hace sentir esa necesidad de crear vida o no es algo mas parecido a lo que nos decía la profesora de matemáticas en el bachillerato:
¨Ustedes son como las vacas, donde va una se van todas aunque no sepan el por qué¨.
Lo dijo ella, que sabe mucho más de números que yo…

lunes, 17 de octubre de 2011

Una loca cualquiera


Hay tres cosas que me hacen gastar todo mi dinero sin remordimiento alguno, la primera son las blusas, lo segundo son productos para mi cabellera y lo tercero, pero no con menor emoción, son los libros.
Hay días en que siento la necesidad de ir a la librería y pasar horas allí, y si uso la palabra necesidad es porque la sensación es muy parecida al hambre, al sueño, a la urgencia de un abrazo.

Tan solo la creatividad de los títulos me hace disfrutar mi estadía en la librería; algunos de los que me han resultado más fascinantes son: “La insoportable levedad del ser”, “Siete maneras de decir manzana”, “La elegancia del erizo”, “las intermitencias de la muerte”, sin obviar clásicos como “Crónica de una muerte anunciada”, y otros más relacionados con mi afecto por determinados escritores, como es el caso de Isabel Allende y “La suma de todos los días”.

Hace años que veo en los estantes de las librerías un libro autoría de Rosa Montero, una escritora que aún no leo, se titula “La loca de la casa”, cada vez que siquiera pienso en este título siento que hablan de mí y me llena de vergüenza.

Mi madurez, ecuanimidad y educación se van a un lugar desconocido cada cierto tiempo, y suceden cosas que ni mi familia ni yo solemos compartir, después de todo, los trapitos sucios se lavan en casa.

Dicen que cada familia tiene su oveja negra, y no es que yo llegue al punto de ocupar este lugar dentro del clan al que pertenezco, pero cuando doy problemas es un asunto muy parecido a un terremoto, se mueve el piso, se acelera el pulso y puede pasar cualquier cosa.

Por ejemplo, cuando tenía once años decidí tener mi primer novio, y por supuesto esta decisión no la compartí con mi familia. Estando yo en un colegio de monjas, vigilada todo el tiempo y con el seguimiento morboso que le daban los compañeros de curso al asunto, se me ocurrió citarme con el dichoso noviecito en uno de los callejones del colegio para darnos un beso.
Justo cuando mis labios se encontraron con los de él, sentí un jalón en el brazo y cuando vine a reaccionar estaba sentada en la dirección escuchando el sermón de una de las monjas que calificaba de inaceptable mi conducta.

La sola idea de llegar a mi casa y enfrentar a mis padres me aterrorizaba, las recriminaciones de la incisiva religiosa me abrumaron la razón, de pronto se me nublaron los pensamientos y sentí que ya nada tenía remedio, le di un empujón a la monja, abrí todas las puertas que encontré en mi camino a trompadas y patadas (tipo película de karate) y salí corriendo del colegio.

Decidí que ya no iba a regresar nunca más a mi casa y comencé a hacer planes para asumir mi vida (si, yo, con once años). Esa noche no durmieron ni las monjas, ni mis padres, ni muchos de mis compañeros que realmente pensaron que había enloquecido y que andaba deambulando por ahí sola.

Finalmente todo se resolvió, volví a mi casa, fui recibida entre lágrimas y sentimientos encontrados.

Fui el tema de conversación durante mucho tiempo en el colegio y una especie de heroína desquiciada durante todo el bachillerato, gracias a esa estúpida hazaña.

Otra de las pocas cosas que encuentro ¨publicables¨, fue cuando con 17 años me dio un mal de amores que exagere hasta más no poder, yo en verdad estaba convencida de que el mundo se había acabado solo porque se había terminado la relación. Me pase tres días negada a comer y trancada con todo y seguro en mi habitación.
No le permitía a nadie hablar conmigo y jure que iba a morir de inanición.

Aprovechando una salida de mis padres, hurgue el botiquín de la casa buscando píldoras que me mantuvieran dormida para que pasaran más rápido las horas de mi sobreactuada tristeza. Me bebí dos píldoras y me lleve varios frascos de relajantes y medicamentos afines, para analizarlos y ver si me podían ser útil en mi dramático propósito de dormir todo lo que pudiera. Antes de darme cuenta estaba dormida y el reguero de medicamentos quedo a mí alrededor.

Cuando trataron de despertarme no reaccione, había bebido dos medicamentos demasiado fuertes. Cuando desperté estaba en un hospital, llena de tubos y sin entender qué carajo había pasado. Todavía este es el día en que todos juran que intente suicidarme.

Si bueno, soy bastante dramática y drástica. Siento que convierto en un ruido fuerte y molestoso cada cosa que me pasa y que califico de terrible.

Pobrecita mi familia, se la han pasado cuidando mis emociones, asegurándose que no esté yo buscando peligro, llevándome de psicólogo en psicólogo, callando sus verdaderas opiniones en cuanto a mí y mis nada sensatas ocurrencias.

¿Y cuando ya no los tenga conmigo, quien va a mantener esta burbuja que han creado para mí?

Los observo a todos callada y sin que se den cuenta, los analizo, trato de buscar en mi mente momentos en que alguno de ellos haya perdido la razón tanto como yo, momentos en que hayan puesto a la familia con las patas para arriba de la preocupación y el estrés. Encuentro, si acaso, uno que otro pleitecito sin importancia, nada memorable en realidad.

Y me pregunto con seriedad y vergüenza ¿Por qué carajos soy así?, ¿por qué no puedo ser yo más normal?, ¿Qué hombre va a soportar semejante montaña rusa de emociones?, Cuando me convierta en madre ¿tendrán mis hijos que lidiar con esta locura mía?

¿Y si después de tener marido e hijos, me levanto un día y me voy?, ¿y si en verdad esto es locura?

Yo de mi lo único que sé es que cualquier cosa se puede esperar si mis emociones pierden el equilibrio, y en verdad me gustaría poder andar por la vida con algún aviso o advertencia que todos pudieran ver y que les explicara a lo que se exponen si me encuentran uno de esos días raros y escasos en que dejo de ser yo y me convierto en una loca cualquiera… Pero ni modo, ya que eso causaría más problemas y ruido de la cuenta, yo sigo viviendo como si fuera normal, como si dentro de mí no existiera una especie de bomba de tiempo. Sonrío y finjo ser optimista, a ver si así me confundo entre la muchedumbre.