viernes, 4 de mayo de 2012

lunes, 16 de abril de 2012

La crisis de los 25


Hace días escuche en la radio que hay una cosa llamada “la crisis de los 25”, casi brinco en el asiento del carro y para mis adentros me dije “yo sabía que esto no solamente me pasa a mi”.

Voy junto a mi generación corriendo a la velocidad de la luz hacia edades que nos parecían tan adultas y lejanas hace nada. A más de una he escuchado decir “ay ya estoy vieja” o “cuando era joven”.

No sé qué pasa pero los 25 parecen ser la edad del desaliento, por alguna extraña razón uno siente que llego a un punto sin retorno y la juventud comienza a verse como una cosa distante.

Hace poco una de mis amigas más cercanas anuncio que se estaba divorciando, nos consterno a todas, porque mientras la mayoría del grupo anda armando boda, soñando con el cuento de la casita y la familia feliz, ella justo abandona este barco. La primera entre todas mis conocidas.

Ana tiene 28 años, un hijo, un próximo ex esposo y siente que su vida ya termino.

¨¿Y a mi quien me va a querer con un muchacho a rastro, después de haber sido mujer de otro?”, la escuche decir.

Si, ella está convencida de que el mundo se acabo porque casi tiene 30, un hijo y un ex marido. Yo en ella veo una mujer hermosa, divertida, inteligente y con la vida apenas iniciando, pero ella ve solo la parte de la sociedad que condena a una mujer por ser madre, no tener 20 años y no poder pasar por virgen de la vida. Para muchos, empezando por ella misma, ella es el equivalente a una mujer de medio uso, por lo tanto, ya a mitad de su valor inicial.

Es cierto que muchos hombres tienen el prejuicio de que si se enteran que la mujer ya tiene hijos salen corriendo. Inclusive en estos días escuche en un programa de humor radial a unos hombres hablando de las mujeres que tienen hijos como si fueran una especie aparte del resto y entre risas y burlas uno de ellos decía: “mi abuelo siempre me dijo que la vaca la estrenara yo y la marcara de inmediato”.

La rabia que me dio escuchar en un medio de comunicación desorientar a la sociedad de esa manera, no la puedo explicar, pero bueno, sigo en el tema...

No voy a decir que no hemos atravesado por un cambio, porque si, es verdad que ya no tenemos los pensamientos adolescentes y nuestras problemáticas son mucho más serias.

A mi se me hace molestosamente perceptible este cambio cuando cometo el error de ir a Blue Mall un sábado por la noche; el centro comercial parece un gran recreo de un colegio” St expensive” de los tantos que hay en Santo Domingo. Púberes clase media alta se reúnen con sus mejores ropas para corretear, jugar a ser grandes, a tener amores, a darle envidia a las amiguitas y crear historias de las que se pasan la semana comentando en el colegio.

Si por error escucho una de sus conversaciones ahí es que quiero morir, me digo una y otra vez, debo estar en el borde la decrepitud. Reconozco una Yuyita pasada, en sus palabras, pero no encuentro ni una gota de la Yuyita que soy ahora, esta versión más práctica, directa y calculadora.

No, no me siento superior, en parte me siento avergonzada por haber abandonado ya esa etapa de tanta espontaneidad y alegría, otra parte de mi me deja ver lo seria, abrumadora y estricta que se ha vuelto mi vida y otra pequeña parte encuentra regocijo en haber superado tantas inseguridades y estar mejor plantada en mis pies.

Me pregunto que diré yo de mi en 25 años más, que sentirán mis amigas, las mismas que sienten haber llegado al borde del abismo por cumplir o estar a punto de llegar a los 25.

No estamos viejas, lo sé. Estoy consciente de que podemos rehacer nuestras vidas, dos veces más si queremos, con o sin hijos, con o sin ex esposos, con o sin prejuicios.

Sé que estoy a tiempo para TODO, para empezar otra carrera, para hacer postgrados, maestrías, para viajar un tiempo y volver, para postergar casarme o arrojarme a hacerlo, para tener hijos o retomar el tema en par de años, para cambiar de oficio, de país, de vida, de todo.

Uno solo es preso de lo que permite y aunque a mi también me arrastre este miedo a la inminente adultez, me niego a aceptar etiquetas, prejuicios o parámetros que me indiquen lo que sí y no es aceptable a mi edad.

Mis 25 aún no llegan, pero yo ya estoy lista para cuando vengan por mi.

sábado, 7 de abril de 2012

Ser importante


Mi tío Armando es adorable, yo siempre lo he considerado así, a pesar de todas las críticas que siempre recibe en la familia por, nada más y nada menos, que ser dadivoso.

Todos se benefician de ese defecto, sin embargo igualmente hablan mal de él, dicen que quiere comprar el cariño de la gente y que lo hace lucir algo desesperado.

Yo pensé por un tiempo igual, luego crecí y me di cuenta que desesperados andamos todos por la vida y eso nos lleva a hacer muchos disparates.

Pero creo que lo defiendo porque me he llegado a sentir como él muchas veces y no es un asunto nuevo, creo que desde muy niña ando haciendo ese mal negocio de dar mucho para recibir hasta una simple aprobación.

Cuando llegaban las épocas de exámenes, casi la mitad del curso tenia que lidiar con materias reprobadas y segundas convocatorias, yo nunca supe lo que era eso, pero igual atravesaba todo el proceso de volver a estudiar y comerme hasta las uñas por mis compañeros que se acercaban a mi con cara de borrego a medio morir para que los ayudara a estudiar; y yo asumía con tal pasión esa labor que hasta medio me convencía que me estaba pasando a mi.

Me necesitaban, eso me hacia sentir importante. Tal vez por eso mi tío Armando es como es, porque quizás lo haga sentir importante que los demás recurran a él aunque sea para aprovecharse de su bondad.

Pero es tan efímero el sentimiento, porque tan pronto como todos aprobaban sus materias llegaban las vacaciones, nadie recordaba agradecer nada, y cuando regresábamos a las clases no tenía ningún nuevo amigo. Era como si esas tardes llenas de números y letras nunca hubieran sucedido.

Y así, tan chiquita, aprendí que ser importante tenía un precio y el asunto no reportaba ganancia alguna.

Entonces conocí a Luis Alfonso, en el bachillerato y la frase ¨ser importante¨ cobro un nuevo sentido para mi. El estaba más que decidido a triunfar en la vida, se lo decía a todos y no le importaba que se rieran o se burlaran de él.

No tenia muy claro en que quería llegar a ser importante o como iba a conseguir su cometido, lo único que sabia era que iba a ser importante y tan firme lo decía que yo me lo creí.

Al llegar el momento de elegir la carrera a estudiar, al contrario de lo que todos pensábamos, Luis Alfonso era el más confundido de todos, no sabia que quería.

Una tarde llego a mi casa y luego de hablar algunos temas triviales me pregunto con seriedad: ¿Cómo seria yo más importante, siendo un abogado, un empresario o un doctor?

Quede muda por un momento, para mi todos son importantes, pero no en el sentido que él lo pregunta. Le di una respuesta vaga y lo distraje para no abundar. En los años siguientes Luis Alfonso anduvo brincando de una facultad a otra sin sentido.

Quiso ser ingeniero, medico, abogado y finalmente administrador de empresa. En esta ultima carrera tuvo más suerte, logro llevarla a la mitad y conseguir un buen empleo. En sus palabras, es un puesto por el que cualquiera mataría. Además le permite usar saco y corbata, cosa que sé, eleva considerablemente su ego.

Hace tiempo que no lo veo, trabaja de lunes a lunes, con un jefe que esta convencido de que en lugar de un empleado tiene un esclavo, lo maltrata, le exige buena presencia, puntualidad en la hora de llegada, aunque no tenga hora de salida, cero remuneración por horas extras, nada de bonos abultados, ni distinciones especiales. Su mayor beneficio es el privilegio de decir que trabaja en una gran empresa.

Empresa que se esta consumiendo su vida en grandes bocados. Para mi eso también es un mal negocio, pero no opino, él es feliz vendiéndonos el sueño de que logro ser tan importante como lo dijo siempre.

Con el pasar del tiempo yo aprendí que quienes logran ser importantes en sus carreras son aquellos que tienen una verdadera vocación y le ponen el corazón a lo que hacen, y a veces esto no tiene siquiera que ver con un titulo universitario o de bachiller. Pero sin importar que tan famoso, bello o increíble seas, lo más que consigues de las demás personas es su admiración o envidia, nunca llegas a estar en la lista de millones de personas como ¨lo más importante¨.

Ser importante para una persona, es mucho más que suficiente para sentirse feliz en la vida. Ser importante en otro sentido para mi no es más que una tontería.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La barriga, el gimnasio y yo


Lo confieso, una de las primeras cosas que hago cada mañana es observar mi barriga.
Sería completamente normal y comprensible que hiciera esto si estuviera embarazada, pero no es el caso.

Hace años ver mi barriga es una de mis primeras ocupaciones del día.
El volumen de mi panza, determina que usare y si el tema de no engordar estará en pausa o activo en mi cabeza.

Son solo par de libras de más, no creo que lleguen siquiera a cinco, pero ahí están, horrorizándome, haciéndome pensar en ellas sin poder ignorarlas.

Decidido está, entro al gimnasio. El próximo lunes, como todo el que inicia cualquier cosa.
Después de liberar una considerable suma de mis ahorros para pagar la inscripción, comprar calzado y ropa apropiada, llega el día cero. Aquí estoy, como estudiante esperando el primer día de clases.

Llego al fin a este universo de máquinas desconocidas y siento un enorme deseo de salir corriendo. No conozco a nadie.

La máquina caminadora me hace un guiño y me decido por ella. Parece fácil, es solo caminar.
Me subo a la máquina pero no se mueve, tiene un reguero de botones que desconozco, comienzo a puyar sin distinción y de repente me encuentro corriendo.

Casi me rompo la boca, aparte de hacer el ridículo frente a tanta gente. Quedo inmensamente agradecida del joven que se apiado de mi y fue a controlar la máquina.

Día 2: No me voy a dar por vencida solo por haber pasado una vergüenza histórica, igual nadie me conoce. Regreso y esta vez me animo a entrar a una clase de bicicleta que después me entero se llama ¨spinning¨.

Pedalee toda una hora, pero sospeche que algo no andaba bien. Todos sudaban mares y yo seguía tan seca como entre. No sabia que había algo llamado resistencia y sin eso, no tiene chiste tirarme una hora sobre la bicicleta.

Día 3: No, todavía no me voy a dar por vencida, pague demasiado dinero por este invento mío de querer perder barriga. Encuentro la milagrosa clase de zumba, dicen que bailando una hora pierdo 800 calorías, justo lo que ingiero en las noches al comerme un Wendys.

Día 4: Estoy cansada, me duelen hasta las pestañas, pero no me voy a detener. Con espíritu guerrero, paso al área de las pesas (de la cual no conozco NADA) y arrancó a imitar a Rocky Balboa preparándose para su gran pelea.

En una maniobra que no recuerdo la pesa de 5 libras se me zafo y acabo en mi pie.

Dia 5: No más gimnasio.
Estoy cansada, con un pie lesionado y con mi barriga tan grande como el primer día.

Una semana después me encuentro con Lorena, una de mis compañeras de la universidad, anda con una blusa impresionante que deja ver algo de su abdomen y sus definidísimos brazos, casi convulsiono de la envidia.

¡Dios mío, como lo haces!?, le pregunto sin intentar disimular.
Yo solo fui 4 días al gimnasio y casi termino rota en pedazos.

Inmediatamente después de eso, inicio una charla por la que estaré eternamente agradecida con Lorena, me explico como armar una rutina y que es importante de cada clase.

Día 6: hoy me reintegro, las orientaciones de Lorena me hacen sentir más segura y así mi dinero no sigue perdiéndose. Hice spinning, pero bien hecho. Me siento molida, pero satisfecha, al fin voy saliendo a camino.

Día 7: La caminadora y yo hicimos las pases, prometo mañana darle una oportunidad a las pesas.

Día 8: No me pude resistir, preferí bailar que buscar las pesas. Salgo feliz al baño y allá encuentro dos flacas con aspecto de moribundas, hablando de lo "dura" que esta una tal Rebeca.

"Es que Rebeca no pierde tiempo en clasecitas de zumba, ni haciendo cardio, ella le da duro a las pesas"

Día 9: es oficial, mi obsesión me domina, necesito ser una Rebeca, estar tan dura como la factura que pago cada día 30 en este gimnasio. Arranco con las pesas y los abdominales. Quedo tan cansada y agobiada que quiero ir a acostarme y no hacer nada más en lo que resta del día (cosa que por más que quiera no se puede).

Día 10: Tengo que ser sincera conmigo, las pesas y los abdominales no me hacen feliz. Me hacen tomarle mala voluntad al gimnasio.

Día 180: han pasado 6 meses desde que entre al gimnasio, lo amo, no puedo vivir sin el. Ya no me duele nada.
Sigo comiendo Wendys por las noches, abandone las pesas y los abdominales. He querido comprar el cuento de que atento a clases de zumba estaré en forma, aunque sé que no es así. Y mi barriga, sigue ahí tan igual como el día cero, determinando lo que usare, de lo que estaré acomplejada y hasta la manera en que me sentare para cuidar que se note o no.

Ah y dicho sea de paso, también comprobé mi teoría de que en el gimnasio no se conocen hombres, hasta la fecha los únicos hombres con los que he tenido chance de conversar han sido los entrenadores y nuestra charla se limita a: ¨guai, que abuso¨, ¨dale que tu puedes¨.

Bueno, seguiré en la búsqueda de mi abdomen controlado, aunque no este colaborando mucho para conseguir mi objetivo, lo que nadie me quita es lo gozado y la sensación de bienestar que le da ponerme a dar brincos todos los días bien temprano

sábado, 28 de enero de 2012

La extraña frente a mi espejo


Lumy, la amiga de mi madre recién se opero los senos, los ojos y el mentón, todo de un solo golpe. Dijo que no iba a vivir ese proceso tres veces y que no le importaba la cuota de dolor que tuviera que pagar. Mami me ha arrastrado a la clínica para ir a verla.
Esta irreconocible, y todavía esa expresión no es para bien.
De muy buen humor, Lumy nos recibe, hace bromas, trata de mantener una conversación aún cuando apenas es posible para ella hablar.
Mi madre sale un momento de la habitación para atender una llamada y Lumy agarra mi mano apretándola muy fuerte y me dice: No sabes lo que yo daría por tener tus veinte años, por tener tu juventud otra vez. El día menos pensado te buscaras frente al espejo, pero solo encontraras a una vieja que no reconoces.

No sé porque me lo dijo, pero sigo escuchando sus palabras una y otra vez en mi cabeza. Me imagino con arrugas, canas y otras tantas cosas propias de la edad, frente al espejo, imagino la sensación de impotencia, de negación y me da tanto miedo.

¿Y yo, que voy a hacer cuando me toque?
Ojala no me toque convertirme en una desconocida frente al espejo… Supongo que todos pensamos eso.

Ya no me parece tan chistoso ni agradable eso de “que cumplas muchos años más”, en cada cumpleaños y el “hasta que la muerte los separe” de las bodas me resulta bochornoso. Solo visualizo la vergüenza de dejarte ver convertida en nada con el pasar de los años frente a esa persona que una vez tu apariencia logro enamorar.

Y con estos pensamientos tan singulares en mente, una tarde encontré un reality show que llamo mi atención, era de mujeres sobre los 35 años que aspiraban a ser modelos profesionales. Como es normal en este tipo de programas, al grupo de participantes se les asigna un reto o misión que debe superar, un fotógrafo les instruía sobre como posar en una toma bajo el agua y estas hacían el trabajo.
Pero la actitud de estas mujeres no era la que ya conocía de los participantes de otros programas de realidad, querían ganar, estaban conscientes de que competían, asimilaban las ordenes que se les daba, sin embargo, no estaban temerosas o con la obediencia de un niño de preescolar.

Tenían seguridad, hacían las cosas a su ritmo, imponían sus reglas, exigían respeto a sus límites.
“Entrare al agua y lo hare lo mejor que pueda, pero no voy a durar más de diez segundos en cada toma, no sé nadar”, eso le dijo una de las participantes al fotógrafo, de manera amable, pero firme.

Entonces me dije, eso tiene de ventaja la madurez, para eso es bueno el tiempo, para dejar de ser tan veleta, para saber lo que quieres, para hacer valer tus deseos y pensamientos, para no permitir que jueguen contigo o te marquen el ritmo.

Supongo que hay un punto en que uno se da cuenta de que la única persona que agradece la lealtad y los sacrificios que se hacen a su favor, es uno mismo. Los demás van, vienen, se enojan, perdonan, están ocupados, regresan, nos olvidan, dejan de estar.

Además de las canas, las arrugas, la piel manchada y demás, los años nos regalan sabiduría, nos libera de cosas innecesarias que cargamos durante mucho tiempo, nos permite ser más “yo”, y le resta importancia a los “demás” en cuanto a decisiones cruciales de la vida.

Estoy segura de que Lumy no deja de tener la razón, pero que le voy a hacer, en lo que tarda la extraña en aparecer frente a mi espejo, disfrutare del proceso de convertirme en esa mujer decidida y bien plantada que ya no va a temer decir que no, cuando realmente no desee algo.

domingo, 22 de enero de 2012

La boda inventada


¿Sabes cómo gastar 219 pesos pendejamente?, fácil, invéntate una boda fantasma, créetela, entusiásmate saliendo a comprar artículos para tu nueva casa y encapríchate con un estúpido perrito de cerámica, para adornar cualquier sitio.

Eso fue lo que hice yo cuando invertí mas de siete mil pesos en cosas que tienen 365 días y un poco más en una esquina almacenando polvo, pasando vicisitudes, padeciendo mi indiferencia.

Bueno, no fue que yo me imagine una boda o algo así, más bien fue que en uno de esos golpes de amor en mi relación con Leonardo, no me pareció tan espantosa la idea de vivir bajo el mismo el techo y jugar a la casita feliz. Me deje convencer por su entusiasmo y su determinación al advertirme que lo máximo que podría estar sin ser mi esposo serian seis meses, ya para mayo él quería tenerme ocupando el otro lado de su cama.

¿Qué si me entusiasme con la boda?, no había boda de la cual hablar, yo nunca me imagine eso, tanta gente en contra de la relación, las idioteces que ambos cometimos en el camino y otros tantos periquitos más, hacían que fuera realmente absurdo siquiera considerar hacer una celebración
.

Se lo conté a una de mis amigas más cercanas y luego de par de muecas, en las que trato de disimular que estaba en desacuerdo con aquel disparate, me dijo que tal vez así se iban a acabar muchos de los problemas que teníamos.
Yo había oído cosas estúpidas pero eso sigue ocupando una de las primeras posiciones en mi top ten, ¿Cuándo se ha visto que un matrimonio arregla una relación jodida?, ¿Acaso la convivencia saca lo mejor de cada quien o se convierte en un remedio mágico para los defectos del otro?

Las fundas siguen intactas en la misma esquina en que las colocamos ese feliz día de diciembre en que salimos a comprar todo. Lo próximo en la lista era la cama, ya estábamos de acuerdo en el tipo de cama que queríamos, lo que aún estaba discusión era el color de la habitación.

Yo me creí tanto el cuento que exigí una llave de la casa, lo regañaba cuando veía que no despolvaba algunas partes de la casa o no me comunicaba alguna decisión del residencial. Hable con la vecina de la quinta, que es como la líder del lugar, ella encabeza la junta de vecinos y le informe que como estaría próximamente viviendo allí ya quería comenzar a asistir a las reuniones y estar al tanto de todo.

El día que dije eso, debí haber tenido el “señora” en la cabeza, metida en el personaje de doña Yuyita, parecía todo un pavo real. Pero me hicieron rápidamente descender cuando la vecina me dijo de una manera muy educada que solo cuando ya estuviera viviendo en la casa podría participar de las reuniones.

Durante esos meses tire a la basura tantos años de principios feministas que me fueron inculcados, yo solo aspiraba a ser la mejor ama de casa, la perfecta mujer de Leonardo. Y lo torture con mis guisos y todas las recetas que me inventaba o buscaba en internet, solo para demostrarle lo que iba a encontrar en casa cuando llegara por las noches.
Hoy en día, considero una muestra de verdadero amor el haberse comido una harina de negrito que le prepare una noche. Parecía mas vomito que comida y apenas pasaba por la garganta, pero él se la comió toda y no me hizo critica alguna. Yo me di cuenta de lo terrible que estaba cuando me anime a probarla al final.

Me pregunto qué debo hacer con estas cosas que compramos, tal vez deba regalarlas o venderlas a una de mis amigas que andan armando boda, entregárselas a mi madre para que disponga de ellas en la casa, aunque me ametralle con preguntas, o darle la libertad a Leonardo para que las use en su casa si lo desea… O nada de lo anterior.

Todavía no estoy lista para desprenderme de esto, de este pedazo de mi vida que se quedo en planes. Increíble como se pasa del amor al odio en un abrir y cerrar de ojos, como de no poder estar separados de pronto ya no puedes ni verle. Pero ya Yuyita, deja de darle tantas vueltas a lo mismo, así es la vida y no hay de otra. Supongo que este capítulo de mi vida lo podre archivar con el nombre de la boda inventada, es en lo único en lo que puedo intervenir a estar alturas... Y las fundas, pues que se queden ahí un rato mas, es la única prueba que tengo de que no me invente todo este cuento.

La ruedita del hamster


“Me siento tan vacía” fueron las palabras de Lolita, me lo dijo así de repente y de la nada, en una pausa de esas interminables conversaciones triviales que tenemos para disipar la mente.
Quede muda, tenía tanto que decir que mejor callaba. Yo también me siento así, sobre todo después de haber pasado un período festivo o de asueto.

Unas breves vacaciones es todo lo que necesito para darme cuenta de lo vacía que esta mi vida, que sin trabajo, yo no soy mucha cosa, poco valor le quedan a esas horas que se quedan desocupadas y en las que tiendo a ponerme algo triste.

La sensación es más parecida a tener un gran y hermoso baúl sin contar con nada que ponerle dentro... Uno puede convencerse de que es prescindible y abandonarlo en el camino, enfocarse en el montón de cosas que no dejan ni pensar con claridad. Pero igual ese baúl no va a pasar a ser de nadie más, ni se va a llenar con otra cosa que no sea lo que le corresponde.

Siempre llega a mi cabeza aquella frase de “Vivir para trabajar o trabajar para vivir”, es definitivo y patético pero real, yo vivo para trabajar y hasta las cosas que hago supuestamente por mí, como ejercitarme, ir a terapia, comprar ropa y demás, todas al final las hago para poder seguir trabajando. Para parecer equilibrada, para tener algo de ánimo, para mantener en calma el estrés, para estar presentable, para poder.

Es por eso que en diciembre, cuando me dispuse a crear mi lista de metas 2012 el primer lugar lo ocupo “vivir más”. Y me propongo cumplirlo con seriedad, porque si no lo hago, sospecho que un día me descubriré una anciana llena de medallas, reconocimientos, logros profesionales y con la alegría y el corazón más arrugado que una pasa.

Suena como algo que podría suceder un día muy lejano, pero que va, los días andan corriendo, los meses ni piden permiso, andan con más prisa que yo un lunes cualquiera.

No, este vacío no se llena con religiones, dioses católicos, evangélicos, ni de ninguna otra clase, que nadie me hable de nada parecido. Tampoco es falta de amores, de amigos o de familia, de todo eso tengo y llenan su cuota de alegría en mi vida. No son metas no alcanzadas, ni anhelos que no llegan…

Me siento presa de mi misma, de este sistema social tan cuadrado, con edades, límites y el mismo libreto para todos. Todos los días las mismas calles, las mismas cosas, el mismo afán… Es como si estuviera en una ruedita de esas en las que corren los hámster, donde ellos se esfuerzan y se esfuerzan, pero siempre están en el mismo lugar, la ruedita corre pero una base se encarga de que se quede estática dando vueltas en el aire.

Tantas veces me pregunto, ¿y si en lugar de estar en esa ruedita estática, pudiera correr en campo abierto?, perdería el confort y la seguridad de la jaula, pero me daría la oportunidad de sentir que estoy viviendo, que no soy tan cobarde, que me atreví a lo que pocos se atreven: a hacer lo que de verdad quise. Y al final de mis días en lugar de reconocimientos y logros, lo que me queden sean las alegrías y experiencias de lo que yo elegí para vivir.