sábado, 23 de abril de 2011

!Tus amigos o yo!

Tenía yo unos 14 años, estaba enamorada hasta los tuétanos, cuando por primera vez viví la experiencia de haber sido echada a un lado por sus amigos. El estaba tan enamorado como yo, tal vez un poco más, pero su mejor amigo (aún estábamos en la edad en que se usa esa expresión que ahora me parece algo tonta e imprecisa) había comprado un videojuego, que para aquella época era lo último de los muñequitos, lo que basto para que mi novio y un grupo de aparecidos, prácticamente cambiaran de residencia y se mudaran sin ser invitados a la casa de Manuel, el dueño del videojuego.
Mi amado, que era bastante puntual en sus llamadas vespertinas, después del videojuego sufrió una especie de amnesia durante días, dejándome a la espera del ring del teléfono.
Las únicas horas del día en las que sabía que no estaba en la casa de Manuel, era cuando estábamos en el colegio, después, creo que ni el uniforme se quitaba para ir corriendo a jugar. Y así se pasaba el día.
La ansiedad me carcomía por dentro, yo en espera de que me visitara, me llamara, me pidiera que nos encontráramos y él de lo más despreocupado, presionando sin parar los botones del control, averiguando como pasar “mundos” y terminar el juego.
Así pasamos una semana, que culmino, cuando presa de la ira, me dispuse a ir a la casa de Manuel y ver por mis propios ojos que era lo que me había quitado a mi novio.
Mi competencia no era solo una maquina de sonidos extraños, era un grupo de hombres a quienes mi adoración llamaba “amigos” y que durante años serian motivo de conflictos entre los dos.
Al final, mi novio regreso cuando se dio cuenta que realmente ya si me tenía relegada al olvido, aunque el regreso a su “manada” de iguales, se hizo cada vez más frecuente y mi mala voluntad hacia ese grupo de “quitanovios” creció a medida que se incrementaban sus encuentros.

La mayoría eran jovencitos en búsqueda de chicas, temía que mi novio también encontrara otra por estar con ellos, no sabía nunca que hacían, donde andaban, que hablaban, lo único que yo sabía que es que le provocaban amnesia a mi amado, que más nunca recordaba llamarme o buscarme de alguna manera.

Ninguno quería saber de mi, creo yo que por aquella teoría que siempre he tenido de que la forma de los demás tratarte son un espejo de lo que reciben de ti y como yo internamente no los quería a ninguno (por lo que me quitaban, no por ninguna razón personal) asumí que por eso mismo no querían saber de mi.

Años después me entere que era odiada por la mayoría porque pensaban que yo era una terrible mujer controladora, que manipulaba a su santo amigo, a quien nunca le conocieron la colita de demonio que escondía. Su amigo el “ángel”, a quien ignoraron las veces que paso por vicisitudes muy grandes, las que me tocaron vivir y luchar a su lado. A ese no lo conocían, solo conocían al alegre amigo que yo quería arrancarles del lado porque, según ellos, soy mala como la bruja de los cuentos.

Reuniones para recordar el pasado (el de hace tan solo uno o dos años atrás), noches de videojuegos, una despedida para una queridísima amiga del colegio (con la que apenas hablaba y que dicho sea de paso no fue a su fiesta de despedida), noches de trago, la llegada de un compañero que vivió la vida entera en la esquina del colegio al que asistió, el reencuentro con la gente del campamento al que asistió hace más de diez años y un montón de disparates más, son algunas de las razones que reúne a aquel grupo de “grandes amigos” casi con solemnidad.

Necesito mi espacio, ¿es que siempre tenemos que estar juntos?, ¿si no tenemos planes por qué no me puedo irme con mis amigos?, A ti no te gustan esas películas que yo veo con ellos, Esa gente a ti ni siquiera te cae bien… Algunas de las frases con las que se deshace de mi o se justifica para andar siempre con ellos.

Amigos que quedan como las verdaderas víctimas de este cuento solo porque ellos eligieron ignorarme y yo no me callo lo que siento.

¡Ay Yuyita cuando es que vas a aprender que el silencio es valioso!

Para que tanto decir lo que sientes, si tus palabras terminan sonando a bla bla bla, si solo te trae problemas, si solo deja ver lo que hay dentro de ti, mientras los demás eligen callar, mentir, ignorar y por eso parecen más normales, menos complejos, mejores personas.

Ese primer abandono, hace muchos años ya, me parece un cuento de hadas para lo que ha ido sucediendo con el pasar de los años, el reencuentro con ellos, es para mí amado como una recompensa, ellos son una especie de héroes ausentes, que por el simple hecho de compartir su código masculino son más que geniales. Ellos y su alcohol, sus videojuegos, sus juegos de pelota, sus reencuentros, películas, negocios y demás motivos.

¿Qué le vamos a hacer mujeres?... Es un mal que nos afecta a todas en una que otra ocasión, porque a todas las que conozco las he escuchado quejándose de la misma cosa.

A nosotras nos cuesta un poco mas comprenderlos porque se nos hace muy fácil olvidarnos de todo y todos por dedicarnos a ese “amor”, a una familia, a lo que sea que represente y signifique amor.
A medida que pasa el tiempo el círculo de amigas disponibles para salir cualquier día en la noche o hasta en la tarde se hace cada vez más reducido, todas andan centradas en sus historias.

Nos olvidamos de dedicarnos tiempo para estar con las amigas, para dedicarnos a nosotras mismas, para ser mujeres, por eso los condenamos a ellos, sus tardes de películas, videojuegos, partidos de futbol, beisbol, cerveza o lo que sea.

La verdad es que ellos tienen la razón, al menos no se olvidan de sus amigos, de ser mas que la mitad de un todo, tienen y defienden la disponibilidad para ser ellos y tener más formas de ser felices.

Aunque nos duela, creo que a nosotras solo nos queda aprender de ellos.



lunes, 18 de abril de 2011

La pasarela de los complejos


Mi amigo Oliver desahogaba sus penas conmigo de manera espontánea, estaba teniendo muchos inconvenientes con su novia, no la quería dejar, por eso intentaba entenderla y como si yo le fuera a dar respuesta a una pregunta milenaria y de tanto valor para el mundo me preguntó que tenía que hacer para comprender a una mujer.

Yo soy mujer y confieso que muchas veces también he querido poder comprender lo que siento, hago y deseo, porque todo eso cambia con tal rapidez que me hace preguntarme ¿Pensaran los demás que estoy loca?. Tanta incoherencia es vergonzosa.

Después de un silencio de algunos 30 segundos, Oliver me pregunta:

¿Es verdad que las mujeres piensan en varias cosas al mismo tiempo?

Le dije: Bueno… La verdad es que cuando me invitan a la playa pienso mil cosas en una fracción minima de tiempo:

Me tengo que depilar al menos un día para evitar irritaciones. No tengo los pies arreglados y tengo que andar en calipsos. Comí demasiado esta semana, mínimo tengo como cinco libras más que sin duda se notaran bastante con el traje de baño. Voy a tener que ir sin peinar a la oficina mañana para no gastar dinero dos veces en tan poco tiempo en el salón, uff que sacrificio porque si que estoy desesperada por peinarme!

Basándome en eso creo que si, pensamos mil cosas a la vez.

Por esas miles de cosas que pensamos todo el tiempo, tantas familias se sustentan de los salones de belleza, los gimnasio se llenan un mes antes de que llegue la semana santa, arrancamos dieta estricta días o semanas antes de ir a una fiesta, evento especial o a la temida playa.

Si, a la playa, o como yo le llamo en mi cabeza, la pasarela de los complejos.

Lugar donde a todas las féminas se nos pone a prueba, mientras que los hombres más relajados se dedican a calificar que ¨modelo¨ tiene la mejor silueta curvilínea de acuerdo a sus gustos.

Si tienes un cuerpo fenomenal no habrá problemas, el asunto es que la cantidad de cuerpos perfectos es bastante reducido y todos andan queriéndose tapar alguna cosa en la playa (a excepción de las extranjeras, quienes sin importar como estén sacan todo lo que tienen para contemplación publica).

Piernas flacas, sostenes vacíos, barrigas muy voluminosas, pelo al que le resbala el agua, abundancia o ausencia de trasero, pelo en el pecho, en las axilas, entre muchas otras cosas más quedan al descubierto en esa caminata, que se hace eterna, desde el lugar donde estas sentado a tu encuentro con el mar, momento en que sientes ser el centro de atención, todos los ojos sobre ti y tu mente centrada en tus complejos.

Cuando yo entre a la adolescencia y cobre consciencia de mi apariencia yo estaba muy segura de que todo estaba mal en mi, comencé a usar las franelas de mi hermano y los pantalones más holgados que encontré en el closet y así me vestí durante un largo período, sintiendo que de esa manera nadie se daría cuenta de todo lo que estaba mal en mi, pues apenas se me distinguía el cuerpo entre tanta ropa.

Y yo, que en mi niñez no podía ni siquiera dormir de la emoción cuando me decían que al día siguiente me llevarían a la playa, ahora sentía que era un castigo cuando me anunciaban que pasaríamos un día de mar, sol y arena, pues allí no podría seguir con mi ropa holgada, era demasiado extraño estar así en una playa.

Tenía varios trajes de baño, pero estaba negada a usarlos, no quería que nadie me viera nada, por eso opte por usar lycras cortas y camisetas largas para bañarme. Solo así me sentía tranquila, pero igual no disfrutaba nada.

Yo que siempre había amado la playa, la sensación de la arena en los pies, el olor del mar y hasta el aroma del bloqueador solar, ya no podía disfrutar de nada de eso, solo porque no quería que nadie me viera y no dejaba de pensarlo de manera compulsiva.

Le pedí tantas veces a Dios que me cambiara, que me hiciera más bonita y así ser más feliz, pero la respuesta siempre fue la misma imagen en el espejo.

Fue una semana santa que mi familia decidió pasarla en un resort, cuando todo cambio. Iba yo mortificada caminando por la playa concentrada en mis complejos cuando alcance a ver a un jovencito con la columna desviada que caminaba doblado en dos, con la cara bastante cerca del suelo, auxiliaba sus pasos con uno de sus brazos y se movía con dificultad; aun así, sostenía una bandeja de dulces de coco que vendía para sobrevivir.

¿De que me estaba yo quejando? ¿Cuál era mi gran problema? ¿No lucir como las modelos de la televisión o como esas mujeres que aparecen en los anuncios publicitarios con poca ropa?

Yo lo tenía todo y estaba haciendo mi vida miserable porque me obsesione con las cosas que no tenía, obviando todo lo que si se me había concedido y poseía.

Decidí abandonar la ropa hiper holgada (mi hermano recupero su closet), comencé a vestirme como una muchacha normal y todos comenzaron a verme con nuevos ojos.

Cuando iba por la calle me piropeaban, comencé a recibir cartas de amor en el colegio y a rechazar jovencitos.

No me hice ningún ¨cambio radical¨, ni me volví el cisne después de ser un patito feo, siempre fui la misma, lo único que cambio en mi fue la actitud.

Ahora, no digo que no piense en depilarme o las libritas de más que pueda tener antes de ir a la playa, pero ya nada me impide disfrutar el mar a plenitud, no me importa que me miren. Para bien o mal, esta soy yo, soy así y así me acepto.

jueves, 7 de abril de 2011

El carrito blanco



El día que me cobraron veinte pesos de pasaje, no se describir lo que sucedió dentro de mí, solo sé que desde lo más sincero y decidido de mi ser, me dije: “no más, necesito mi propio carro”.
Sin titubear ni un segundo reduje a la cantidad mas mínima el dinero que iba a tener disponible esa quincena y el resto lo deposite en el banco. Ese fue el primer paso. Un paso que aunque lo di con determinación, no dejo de causar cierta duda dentro de mi; pues temía que pronto se desinflaran mis ánimos, viera una vitrina con ropa espectacular que me hiciera olvidar mi propósito y gastarlo todo, como hasta el aquel momento siempre había pasado.

Recordé la frase que dice: “cuando dices muchas veces una mentira se convierte en verdad”, y pensé que si lo decía muchas veces, no solo no iba a poder olvidar mi compromiso, ya los demás también comenzarían a preguntarme, y la espera por el carro se iba a convertir en algo real; entonces comencé a hablarlo con todo el que conocía, creo que harte a todos mis conocidos hablándole del famoso carro.


Hice el ejercicio de visualización del que habla el libro “El secreto”, cerraba los ojos y me veía con un guía en las manos, el aire acondicionado encendido, cantando canciones de esas que me gustan. Yo sola en un carro, sin que nadie se me pegara, me apretara, me obligara a escuchar programas políticos que me irritan a morir, o canciones de esas que me enferman el alma.

Deje de visitar las plazas comerciales, evitaba las tiendas, ni mi madre creía que me fuera a durar mucho la decisión, no me creyó hasta después de pasados los seis meses, cuando vio que visitaba con frecuencia el banco y ya se acostumbraba a verme con las mismas ropas, sin que me derrotara la novedad de la moda.

Aprendí a ser creativa con el vestuario, ya no podía comprar un vestido por cada salida que hiciera, combine piezas que nunca siquiera pensé, comencé a darle uso a prendas que ignoraba de mi closet.

Un año y dos meses después de aquel aumento de pasaje que me hizo asumir una actitud decidida, pocas veces tan fuertes en mi persona, abandone con mucha alegría la lista de peatones de Santo Domingo, el carro llego a mis manos, sin deudas, sin líos, luciendo justo como lo imagine, como lo quise desde aquel día en que decidí “ya no más”.

Firmaba los papeles del acto de compra mientras hacia un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas de emoción; esperaba sentada se resolviera todo el papeleo, y no podía quitarle los ojos de encima al vehículo, trataba de asimilar que era mío… La verdad es que todavía no he logrado procesarlo.

Ni siquiera por todo el estrés que me provoca manejarlo en esta ciudad de conductores salvajes, que parecen regirse por la ley de la selva, donde el más fuerte es el que sobrevive.

Voy manejando en esta jungla disfrazada de ciudad y las manos me sudan aunque el aire este encendido en el nivel más alto, he sentido el corazón quererse salir de mi pecho, en más de una ocasión se me ha quitado el apetito y las nauseas se han apoderado de mi por los nervios… Todo eso solo por tener un volante en manos.

Aun así, no lo asimilo, intento volverlo algo normal en mi vida, pero todavía no es posible.

En forma de broma le advierto a mis conocidos que si ven un carrito blanco andando cerca de ellos, lo eviten. No tengo planes de chocar, pero en verdad compadezco a quien vaya detrás de mí cuando voy conduciendo.

Aprender a conducir fue otra historia, que resumiré diciendo que hubo peleas, gritos, lágrimas, frustración y finalmente decisión. El Yuyo, sin dudas es un héroe solo por la paciencia que me tuvo mientras yo me negaba a aprender, más muerta del miedo que por falta de conocimiento.

Cuando me entro la valentía, ya no fueron necesarias las explicaciones ni advertencias, era como si siempre hubiese sabido lo que tenía que hacer. Otro triunfo conquistado… Aunque sigo recomendando a todo el que me lee, que se aleje de cualquier carrito blanco que vea rodando en las calles de Santo Domingo.

No es que yo sea mala conduciendo, es que los demás manejan con un criterio muy distinto al mío.


P.S. Le tome prestado el espacio a Yuyita para escribir esta historia que es muy mía y verídica... Nada tienen que ver con Yuyita, la protagonista de este blog

sábado, 19 de marzo de 2011

¡Me quedo con mi Blackberry!


Creo que soy adicta a mi Blackberry, lo confieso, después de haberlo negado mucho y haberme creído diferente a la mayoría.
Mi primer impulso al iniciar el día es extender el brazo, alcanzarlo y encenderlo; ver que dice la gente en el Twitter, luego en Facebook.
No necesito cinco minutos extra para dormir un poco más en las mañanas, necesito al menos 15 para revisar bien todas las novedades en las redes sociales.
Leonardo mira con desprecio el aparatito, y las discusiones que hemos tenido por el susodicho son ya incontables. El no tiene uno, por eso no me entiende.
No me entiende a mí y al montón de personas que andamos idiotizadas por el bb, ese objeto curioso que nos mantiene cerca de gente que poco tienen que ver con nuestra vida real, pero que nos hace sentir acompañados todo el tiempo.
El asunto es ese, que el Blackberry no te deja sentir solo. En un mundo repleto de gente sufriendo soledad, que llegue un aparato que te permita estar todo el tiempo hablando con gente, enterándote de sus vidas, participando virtualmente de ellas y creándote la sensación de que mientras tenga batería y conexión, jamás estarás solo, es como si hubieran inventado una píldora mágica.
Demasiadas voces, plumas y teclas critican el cambio en el comportamiento social que ha representado el auge del Blackberry.
Dicen que la gente se olvida de compartir, obvia a la persona que tiene al lado para hablar con otros que están lejos, que viven un mundo imaginario y no se cuantas cosas más.
No es que dejen de tener razón, pero, ¿cuantas veces estamos al lado de gente que por más que le hablemos no nos presta realmente atención?. Vivimos rodeados de personas que a veces ni los buenos días nos regalan, no se acercan a hablarnos; si preguntan ¨¿como estas?¨ no se quedan a esperar la respuesta, el intercambio de palabras es estrictamente el necesario, nada de compartir cosas triviales, relevantes o externar algún sentimiento que ayude a mantener en distancia la temible soledad.
Mientras que el aparatito moderno te ofrece conexión impersonal pero igualmente útil con personas que sí te preguntan como estas, te leen, te responden, te hacen sentir más acompañado, valorado y a veces hasta más útil que quienes viven contigo o en tu entorno.
Si, es cierto que por momentos el asunto se sale de control, que se convierte en algo bastante invasivo, abrumador, extenuante. Es cierto que he sentido el impulso de darle vacaciones por largo tiempo, desconectarme del mundo y de esa manera cerrarle la puerta a quienes preguntan cosas molestas, a quienes siempre andan pidiendo favores sin retorno, a quienes solo quitan el tiempo y hasta aquellos útiles y valorados por mi.
A veces es sencillamente DEMASIADO.
Algunos de mis amigos mas valientes han tomado la determinación de prescindir del famoso BB, el hastío supero los límites de su tolerancia, y yo, en la distancia, siento cierta admiración por ellos; porque hay que tener fuerza de voluntad para andar sin algo que te facilita tanto la vida.
No me importa ser una más del montón de idiotizados del mundo, ser una experta en el universo de las redes sociales, el bb chat y otras tantas cosas más consecuencia del Blackberry.
No necesito excusas para usarlo, dejarme embobar y seguir la corriente, es mío, lo pago yo, me espanta la soledad y me saca al menos una sonrisa al día… Así que, ¡me quedo con mi Blackberry!

domingo, 13 de febrero de 2011

Un cursi corazón de cartón


La vi subir las escaleras, resaltando entre la multitud que fluía animada por la plaza comercial, era difícil no notarla con aquel vestido rojo tan brillante, su larga cabellera negra a mitad de la espalda, cargando un corazón de cartón que triplicaba el tamaño de su cabeza, no llegaba a tener 15 años, quizás los había cumplido.

La vi desfilar hacia el restaurante donde estaba sentada, se distrajo más de una vez observando su reflejo en las vitrinas por eso ni se dio cuenta que tenía casi enfrente al dueño de ese desproporcionado y acartonado corazón que llevaba agarrado.

El tenía flores y un felpudo oso de peluche escondidos detrás de su espalda, cuando la tuvo enfrente sonrió y se los entrego, ella puso una de las expresiones más emocionantes, espontáneas y sinceras que recuerdo haber presenciado. Con la mano en el rostro, abrió la boca mostrando sorpresa y lo abrazo fuerte durante un largo rato, se desprendió de su cuello solo para entregarle el corazón que llevaba como regalo para él.

Eran dos jovencitos, ninguno llegaba a los 17 años, pero se veían tan o mucho más enamorados que muchas parejas que conozco… Incluyéndome.

Los vi, no pude evitar sonreír, perderme en su historia y pensar: “eso es San Valentín”.

Los envidie un poco, pero no pude evitar pensar en ella y decirle mentalmente: “mi niña que Dios te de fuerzas para todas las desilusiones que te harán llorar al recordar este mágico momento”.

¿Qué pasa conmigo?, ¿de dónde me salió ese terrible pesimismo?, ¿Por qué no puedo dejar de pensar así?... ¿Será la envidia o la experiencia manifestándose?

Este asunto de ser adulto le quita la mitad de la diversión a la vida, yo que siempre defendí las cursilerías y el día de San Valentín, me enfrento con una Yuyita a la que de verdad le da tres pepinos que sea 14, 15 o 38 de febrero. De hecho esta vez ni recordaba el asunto, mi mente anda bastante ocupada calculando cuando debo y cómo voy a pagar el dinero que debo en la tarjeta de crédito, haciendo malabares mentales buscando de que cosas puedo prescindir para reducir mi lista de gastos y así saldar mi extensa lista de deudas.

Nunca quise sacar una tarjeta de crédito, pero mis familiares y conocidos me convencieron de que necesitaba crear “crédito” porque ya era una persona adulta y podía necesitar un préstamo en cualquier momento. Hasta ahora para lo único que me ha servido es para comprar un montón de cosas que no necesito y que además estan muy fuera de mi alcance económico, ah claro y para darme muchos dolores de cabeza.

Leonardo tiene semanas quejándose de lo mal que va el negocio y como sus esfuerzos por cobrarle a los clientes que le deben ha resultado inútil. Anda de mal humor, estresado y hasta cuando le hablo del clima termina gritándome que no tiene dinero.

Muchas horas de trabajo, estrés, presión, deseos reprimidos, responsabilidades y situaciones que ni siquiera era capaz de imaginar antes de cumplir 17, me han atrapado.

Que si hay que contar las calorías, obligarme a ir al gimnasio, ir a reuniones en las que jamás iría por mi propia voluntad, el maquillaje, las cremas para evitar estrías, celulitis, arrugas prematuras o cualquier otro defecto. Ser una esclava de la moda, lo ultimo en tecnología o lo que pueda traducirse a quedarme atrás del resto, pues hay que cuidar la imagen de que se tiene cierto nivel socioeconómico, lo que a la larga busca repercutir en el aspecto profesional que se traduce a más dinero en el bolsillo (la estrategia de gastar más para conseguir más).
Lograr que eso influya y ayude a conseguir el aumento, un ascenso de posición, un nuevo trabajo, algo que ayude a lograr la anhelada independencia, que no es más que adquirir nuevas ataduras, desgastarnos más y el día menos pensado mirarnos en un espejo y darnos cuenta que ya no somos eso que veíamos antes. De pronto y aunque parezca irreal, la vejez anda mucho más cerca de lo que recordamos haberla visto la última vez.

El pasado viernes, mi tío Juan vino de visita, creo que no supe disimular lo impresionada que quede al verlo lleno de canas, luciendo frágil y algo encorvado, como jamás lo imagine. Ese no es el tío alegre, joven y buenmozo que recuerdo haber despedido hace algunos años. ¿Qué le pasó?, le pregunte a mi mamá; el calendario, me respondió ella.

¿De dónde salieron tantas canas?, supongo que del mismo lugar de donde salieron mis curvas en la adolescencia, esa etapa en la que debí quedarme al menos durante diez años mas.

Mi rostro y formas también van cambiando, lo hacen sin que me dé cuenta, el tiempo anda con prisa y parece que ya hasta se ha llevado mi cursilería y los deseos de celebrar San Valentín.

Pero me niego a dejar morir la poca ilusión que aún me queda dentro, no importa si Leonardo ande mas ácido que un limón y mis amigas anden perdidas en sus vidas y sus amores, creo que yo me merezco un corazón.

Uno grande, bonito y rojo, como el que llevaba la muchachita del mall, un corazón que para crearlo requerirá de mi esfuerzo, creatividad e imaginación, así como todos los materiales que usaba en el colegio para armar el mural de cada mes.

Lo voy a llenar de escarcha, voy a escribir todos los nombres de a quienes amo, le pegaré pequeñas imágenes de algunas de mis fotos favoritas y lo colgare donde lo pueda ver al despertar.

Me regalare esa cursilería llena de amor de mí para mí misma, que importa si no tiene sentido, hasta ahora para lo único que me ha servido el mundo adulto, su lógica y la jodida practicidad es para aburrirme a morir.

¡Que viva San Valentín, que viva el amor siento por mi!

sábado, 8 de enero de 2011

La mejor de todas las complicaciones


Estoy pensando en viajar, hacer un viaje largo, que entre otras tantas cosas, me servirá para ascender en mi nivel educativo. De hacerlo, por primera vez en la vida, no iría al aeropuerto a buscar o llevar a alguien, sería yo la que atravesaría esa puerta que ya no deja ver más.
Cierro los ojos y me veo con abrigos tan grandes y pesados que jamás podría usar en mi país, caminando por plazas y calles que solo he visto en la televisión. Sonrío imaginando que con solo montarme en un tren podría llegar a lugares que aquí suenan tan exóticos y que allá serán tan cercanos.
Y sigo dando vueltas por el mundo en el tren de mi imaginación hasta que llega a mis pensamientos el amor.
Si, el amor que siento por mi madre, el que siento por mi familia, por todo lo que conozco, por mis amigos, por Leonardo… Y entonces ya no sé si podre tener el valor de atravesar esa puerta del aeropuerto que no me dejara verlos más hasta mi regreso.
¿Habrá algo más difícil que el amor?
Hace tiempo que entendí que eso de amar no es tan bonito como lo pintan.
Las canciones, las películas y todos hablan de amor, lo plantean como algo mágico que te hace feliz todo el tiempo y esa idea logra confundirnos y hacernos adoptar definiciones y conceptos que se alejan a la realidad.

Frases como "quien te ama no te hara llorar", me dan risa, pues solamente la gente que te importa y la que en verdad amas podra provocarte lagrimas sinceras; todas no serán necesariamente tristes, también habrá de pura felicidad.

Yo amo a mi madre, es la primera mejor cosa que me paso en la vida, nos amamos a morir pero nos llevamos mejor mientras menos tiempo pasemos juntas. A veces procura ayudarme y protegerme tanto que termina haciéndome daño, a veces me dice cosas muy hirientes que en el fondo lo que buscan es cuidarme. A veces le fallo, la ofendo y después me mata el remordimiento. Quiero acercarme, decirle que me perdone, pero se me tranca la garganta, no me salen las palabras y no le digo nada.
Pero ella me perdona sin decir una palabra, me sonríe, prepara las cosas que me gustan, me consiente como de costumbre, como si yo no hubiera cometido falta alguna; así me derrumba, me hace prometerme, "no lo vuelvo a hacer".

Mi familia me ve muy poco, me pierdo la mayoría de las reuniones, eventos importantes y hasta se me olvidan los cumpleaños, no tengo la costumbre de llamarlos (tampoco a mis amigos), parecería que los olvido, que no los pienso, que no los extraño. Si lo hago, y aunque quisiera entrar cuando están todos reunidos y decirles lo mucho que me importan y lo feliz que me hace estar con ellos, me quedo callada, ni siquiera sé cómo responder a sus abrazos efusivos y las bellas palabras que me regalan siempre cuando llego. Ni siquiera recuerdan que falte muchas veces, que olvide los cumpleaños, ni nada parecido, lo único que me recuerdan es que me aman y cada vez que regreso es una alegría.
Los amigos, lamentablemente no siempre son amigos, algunos me han dado la sorpresa de no estar de mi lado, otros si lo están, pero igual fallan, lastiman, ofenden, al igual que lo he hecho yo alguna vez; los únicos que han superado las pruebas del tiempo y hasta de la distancia son aquellos que me han perdonado y a los que perdone.
Cada uno de ellos es mi ancla a la vida, y en este momento, a mi país, a todo lo que tengo aquí.
Sé que no los voy a perder por irme, sé que estarán aquí cuando regrese, pero no dejo de pensar que no debo dejarlos y hasta me molesta pensar así.
Sé que no debe ser así pero siento que necesito el consentimiento de ellos para poder irme tranquila.
Parece que en la vida uno jamás deja de darle cuentas a alguien sobre lo que va a hacer, de donde viene, a donde va, por qué hizo, hace o va a hacer tal o cual cosa.
Parece que no voy a dejar de sentirme culpable por hacer algo que deseo, pero que de alguna manera va a hacer sentir mal a alguien más.
Uno siempre tendrá que pedir permiso, siempre tendrá que dar cuentas, siempre tendrá que hacer o dejar de hacer por consideración, mientras uno tenga gente que lo ame, siempre será así, porque es una de las facturas del amor.

Podre estar a uno o varios océanos de distancia de mi madre y estoy más que segura que cuando me llame me preguntara que comí, si me están tratando bien, si mi ropa está limpia, me advertirá que tenga cuidado, que no esté hasta muy tarde en la calle y si no la detengo a tiempo, me recordara que no debo abrirle la puerta a extraños y que no debo comer cosas que recoja del piso.
Sus preguntas me podrán incomodar o cansar, pero al final, yo sé que es puro amor.

Dice Corintios 13 que el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Y aunque estoy de acuerdo con muchas de estas afirmaciones bíblicas, creo que se les olvido especificar que el amor también duele, hiere, enfada, aprisiona, enloquece, desespera, confunde, entre otras tantas cosas más que no son tan bonitas pero que son reales e inherentes a la condición humana… ¡Y al amor!

En fin, amar jamás será algo sencillo, pero sin dudas es la mejor de todas las complicaciones de la vida.


Es perdonarme tú, y comprenderte yo...



sábado, 1 de enero de 2011

La lista


Alguien me dijo una vez, “cuando algo te haga dudar, la respuesta es no”.
Y como todo lo concerniente a mi futuro en estos momentos me hace dudar y me confunde, hasta le he permitido a ese tonto consejo dar vueltas en mi cabeza, pero es demasiado bobo como para causar otra cosa que no sea una mueca y la pregunta: ¿a quién se le pudo ocurrir semejante disparate?
Desde hace más de dos meses vengo pensando en las cosas que quiero proponerme para este nuevo año que recién inicia. Me pasan tantas ideas por la cabeza que de solo pensar me agobio y termino diciéndome “no tienes que decidir tu vida hoy, deja eso para después”.
Y con esa excusa llegue a este primer día del año sin mi lista de resoluciones hechas.
El problema es que se mezcla lo que deseo hacer con lo que probablemente sería mejor.
Después de tanto tiempo esperando a que finalizaran mis estudios para dedicarme a cosas que deseaba hacer, y que antes no pude, me continúan presionando los deseos del resto del mundo y lo que se supone “es lo mejor” para mí.
Cada quien ya tiene pensado que es lo que yo debería estar haciendo.
Mis compañeras de la universidad están hablando de posgrados y maestrías desde antes de que obtuviéramos las licenciaturas.
María, la más aplicada de todas, me pregunto a pocos días de la graduación que pensaba hacer ahora, le dije que descansar y con cara de horror me dijo: “eso no te atrevas a repetirlo en voz alta, un profesional jamás descansa, uno siempre debe de estar actualizándose”.
Y con eso logró hacerme sentir una vaga, una conformista, una mediocre. Sé que no lo soy pero llegue a pensarlo, luego me dije “no caigas en ese juego, tienes derecho a sentirte cansada, también a descansar” y con ese pensamiento espante el espíritu de la incansable estudiante progresista.
Pero me costó un poco más poder lidiar con el hostigante interrogatorio de Mercedes, la ex compañera de campamento que vive cerca de mi casa. Tiene la misma edad que yo, pero ya se ha casado dos veces y cuenta con una prole tan numerosa como variada. Cada vez que la distingo en la distancia miro a mí alrededor a ver si alguna calle alternativa me ayuda a desviar mis pasos y no tener que intercambiar palabras con ella. Creo que ni “hola” me dice, ella pasa directamente a la parte más molesta y personal de mi existencia: mi estado civil.
“Y dime, ¿ya te vas a casar? Porque tú tienes ya como mil años de amores, por cierto, ¿cuántos años es que llevan juntos? ¿Más de cinco verdad? Ay no pero ya cásate, se te va a pasar la hora para iniciar tu familia…” Y por ahí continua el cuento. Pero a mí no me interesa casarme ahora, no me importa si estoy sola, tengo novio nuevo o mil años de amores.
Mi familia dista mucho de esta idea, lo que ellos quieren es que yo produzca más dinero. No es con el interés de que los beneficie, es para sentir que de alguna manera sigo creciendo, es lo a lo que ellos entienden debo enfocar mis energías. Pero ahora mismo no se me antoja convertirme en una maquinita de dinero, prefiero vivir un poco más antes de entregar todas mis energías a esa causa.
Mi abuela es fiel creyente del sueño americano, ella cree que si me voy del país lograre hacer gran fortuna, cada vez que me ve solo me habla del consulado y pasaporte. Yo sonrío y no le respondo, porque si le dijera lo que en verdad pienso ella no entendería que no me interesa irme a vivir a otro país, lejos de todo y todos los que conozco, a empezar de cero en un lugar donde corro el riesgo de que me discriminen por ser extranjera.
Leonardo dice que es el momento de iniciar un curso de cocina. Mejorar mi relación con las ollas, la estufa y los sazones, él entiende debe de ser mi prioridad. Más en estos momentos cuando él está haciendo planes de casarse conmigo… Esta tan ocupado planeando y armando cosas que ni siquiera se ha dado cuenta de que yo soy indiferente a sus aspiraciones de convertirme en su esposa.
Ninguno aún se ha detenido a preguntarme que quiero yo, creo que ni yo misma lo he hecho, y considero que después de haber cumplido las expectativas de todos con respecto a lo que debía de hacer hasta el día de la graduación universitaria, me debo a mi misma el decidir por mi cuenta lo que deseo hacer.
Confieso que nada me entusiasma sobremanera, y aunque suene espantoso, yo, con poco más de veinte años cumplidos, siento que ya he vivido todo lo que me interesaba…

Ya me enamoré , ya gane, ya perdí, fui, soy, quise, tengo, sentí. Si me preguntan y tengo que ser sincera, no me interesa la parte de la vida donde uno se casa, aprende a convivir, se convierte en madre, se aburre, envejece y ve la esperanza como una cosa para gente de otra edad.

La mala noticia es que mientras siga respirando tengo que apegarme a un plan, un plan que debo determinar, aunque al final el plan siempre cambie.

Entonces la pregunta de este momento de mi vida es ¿Qué voy a hacer con tanta libertad?, ¿en realidad estoy libre?, ¿puedo descansar o en verdad debo hacer algo?

Mientras esas preguntas encuentran respuestas, hice mi lista basándome solo en cosas sencillas que deseo realizar y que nunca antes pude o se me dificultaba, como llevar una dieta mas balanceada, ejercitarme, redecorar mi habitación, retomar mis lecciones de italiano, tomar clases de baile, ect.

No, no me importa si soy o no una gran profesional, la novia perfecta, la hija ideal, yo no soy la mujer maravilla, no tengo que hacerlo todo bien ni como otros quieren. Mi vida es mía y yo solo quiero ser feliz… Los demás que hagan su propia lista.