jueves, 2 de junio de 2011

Una mujer exitosa

Me ascendieron, la mitad de la oficina se pregunta que he hecho yo para merecer semejante ¨distinción¨, ya cada quien tiene su propia teoría al respecto. La otra mitad de la oficina se divide entre los indiferentes y los que de verdad se alegran de mi progreso.

Yo ando asustada. No esperaba el cambio.

Se supone que debería andar alegre, orgullosa y brincando en un pie, pero la verdad es que me siento desorientada. Lo que hago ahora no se parece mucho a lo que hacía, ando torpe aprendiendo paso a paso, y preguntándome cuando llegara el día en que esto se me haga natural.

Mi muro de Facebook se ha llenado de felicitaciones, varios mensajes privados me preguntan como logre conseguir el puesto; la mayoría finalizan sus correos pidiendo que los tome en cuenta o que los recomiende (piensan que tengo algún tipo de poder cuando en realidad sigo siendo un peón en esta tabla de ajedrez). Mi familia dice que soy su orgullo. Yo me siento perdida.

Quería cambios en mi vida, es cierto que los pedí, y antes de iniciar el año presentí que lo que sucedería conmigo estaba fuera de mi control y mis deseos, lo supe cuando al tratar de trazarme metas no podía visualizar nada, no podía decidirme, la mente siempre se me quedaba en blanco… Y eso no es usual en mí.

Algo muy importante para alguien como yo que esta acostumbrada a creer en sus presentimientos, pues me confieso con cierta sensibilidad paranormal, probadas en mis acertadas adivinaciones y predicciones futuras.

Actualmente, mis ingresos son casi el triple de lo que obtenía antes del ascenso…

Pero inexplicablemente el dinero se va más rápido de lo que nunca se fue; he visto llegar varias quincenas contando solo con 500 pesos o menos como mi capital absoluto. Algo que tampoco es usual en mi.

No sé a donde se fue mi sentido de la prudencia y el ahorro, ni mi don de buena administradora. Ando aferrada al derroche y a pesar de eso, el sentimiento de culpa no me deja disfrutar de todo lo que compro.

Estoy más triste, más confundida, esperando a que se me pase el malestar de la adaptación, tratando de seguirle el ritmo a mis muchas obligaciones, intentando no olvidarme de vivir, pero que va, todo se me vuelve un lío y pasan los días sin que mejore el estrés o el malestar.

Poco antes de mi ascenso, había pasado un buen tiempo analizando mis opciones y la dirección que deseaba darle a mis pasos, para esos días me encontré con una persona, de esas que parece manda Dios para darte algún mensaje, y entre tema y tema me dijo: “mucha gente se queda con una pareja que ya no quiere, en un trabajo que no le gusta y en situaciones que no desea, solo por miedo a no encontrar algo mejor; cuando le damos cabida al miedo le dejamos a los demás la decisión de lo que sucederá con nuestras vidas. Cuando esa pareja decida dejarnos, cuando ese jefe decida despedirnos, cuando esa situación nos obligue a tomar otro camino, entonces ahí buscamos otra alternativa”.

Y esas palabras dieron vueltas en mi cabeza por muchos días, aún siguen muy presentes, pero desde el primer momento en que las escuche pude admitirme sin temor que ya no quería continuar en el trabajo que tenía.

En los días en que organizaba todo para renunciar, me llamaron para anunciarme mi ascenso. Yo quede muda, agradecía las felicitaciones y me aguantaba las ganas de gritar: “!Esto no es lo que yo quiero, estoy abrumada, no me feliciten!”

Siento que no me dejaron elegir, esto no lo decidí yo.

Si, es cierto que se siente bien cuando alguien me pregunta a que me dedico y puedo recitarle mi nuevo y fastuoso cargo, logra impresionar a la gente y a mí me deja la satisfacción de hacerle sentir a los demás que he llegado a ser importante; aún cuando yo no lo sienta así.

Pero aparte de eso no hay ninguna otra recompensa. Mis niveles de estrés son alarmantes, mi tiempo libre no existe, mi infelicidad va en aumento, mi confusión crece con el pasar de los días.

Eso sin contar los constantes regaños, exigencias y malos ratos por los que me hace pasar este nuevo puesto, claro pero de eso nadie sabe, esas cosas no se hablan para no aniquilar la ilusión de que soy muy importante y que este puesto es el mejor de todos.

Ya he perdido la cuenta de las veces que me ha pasado por la cabeza ir a renunciar, el día que estaba más decidida se lo dije a una de mis mejores amigas por teléfono, iba caminando a la oficina de mi jefe para decírselo y mi amiga me convenció de que tenía que pensar mejor las cosas… Y aquí estoy semanas después pensando y sintiendo lo mismo.

¿Qué dirá el mundo de mí si renuncio?

Que soy una loca, tal vez. Que jamás tendré otra oportunidad como esta, que le estoy dando patadas a mi buena suerte.

Mi jefe es un hombre importante, es reconocido hasta en el extranjero, un gran profesional, me impresionan sus destrezas, me maravillan sus estrategias, pero su vida personal dista mucho de este gran éxito. Nunca se ha casado, dice que no encontró a la mujer de su vida a tiempo, tiene hijos con varias mujeres, con ninguno tiene un vínculo que lo haga sentir realmente padre, porque nunca tuvo tiempo para serlo, había mucho que hacer en la oficina. Ahora ya no cree en mujeres ni en sus hijos, piensa que todos andan tras su dinero o quieren beneficiarse de su posición.

Como dice una expresión por ahí: es tan pobre que solo tiene dinero.

Yo no quiero ser así, me espanta la soledad del éxito, me asusta la falsedad de las felicitaciones y los halagos, me presionan las expectativas de quienes me rodean.

Prefiero trabajar en algo que disfrute hacer, ganar lo que me permita tener una vida digna y estar fuera del abrumador foco del éxito.

Quiero tener la vida que elija, no la que me impongan los demás, no me importa si eso implica no ser considerada una mujer de éxito.

¡Ah la vida que es difícil y compleja!, hasta lo bueno fuera de sitio y tiempo resulta ser un mal.

viernes, 6 de mayo de 2011

Mi Celestina


Mi casa parece un santuario, desde hace días a mi mama le ha dado con andar encendiendo velones en las esquinas y en las mañanas ya la he sorprendido dos veces muy concentrada orando en voz alta.
Me imagino que Dios la escucha y pone en la lista de “pendientes no tan urgentes” sus peticiones, pues lo que la hace arrodillarse y comprar velones es el deseo de que yo encuentre un buen hombre para casarme.
A ella no le importa que tenga una relación con Leonardo, a estas alturas, ella decidió ignorar que eso existe, para ella yo estoy soltera y en necesidad de nueva pareja.


Ninguno de mis enamorados, novios fugaces o eternos le han parecido suficiente, ninguno son ¨el hombre de mi vida¨. Con mis romances más breves ella supo y pudo contener sus deseos de intervenir, se mordió la lengua más de una vez para no decir que no los soportaba.

Con Leonardo intento hacer lo mismo, pero como la relación se torno un poco más seria, ya la voluntad no le alcanzo para guardar silencio y distancia, cada vez que pudo me dijo de todas las formas existentes que no me convenía, que no le gustaba, que debía dejarlo.
En un momento de mi vida llegue a tomarme muy a pecho esta situación, la enfrente varias veces, llore mucho, sus palabras me dejaron pensando cosas que luego me causaron miles de problemas con Leonardo. Después de un tiempo la entendí y ella hizo un esfuerzo por regresar al silencio y morderse la lengua.

Asumo que desde hace algún tiempo se dispuso a bloquear a Leonardo de sus pensamientos y emprender planes de invocarle al universo un marido digno de mí.

Ella siempre fue la primera en espantarse con la idea de que me casara o que me fuera de la casa, pero ahora veo que lo que no le gusta de la idea es que me case con Leonardo o me mude sola. Ella dice que en esta sociedad machista, a una mujer que la encuentren viviendo sola, un hombre jamás le pedirá que se casen, si no que se irá a vivir con ella o mantendrá una cómoda relación de entrar y salir cuando y cuantas veces quiera. Aclaro que es su criterio, no el mío.

Siempre me ha monitoreado que ande lo más presentable posible, pero desde hace algunas semanas el asunto se ha vuelto casi una enfermedad.

“¿Te has visto las manos?, tienes semanas sin siquiera pintarte las uñas, así no podemos estar, no te lo voy a permitir. Depílate las cejas. ¿Qué haces tú andando con el pelo recogido?, ¡vete al salón!. Hoy no cenas, ni creas que te voy a dejar ponerte gorda.

Esas son solo algunas de las cosas que me dice a diario, ella cree que no me doy cuenta que anda muy apurada por tenerme como muñequita de vitrina, preparada para la llegada de ese casi “mesías” que anda invocando para mí. Yo no digo nada, ella tampoco.

La boda del príncipe William y Kate Middleton la vio una y otra vez con lágrimas en los ojos, hasta mi padre la observaba con rostro de preocupación. Solo yo entendía que ella lloraba anhelando que yo fuera esa plebeya que un príncipe convirtió en princesa, con fanfarria y toda la cosa.

Ay mami, ¿qué voy a hacer contigo?...

Como le hago entender que yo no ando buscando príncipes, ni fanfarrias, ni boda.
No, no me aconsejen hablar con ella, porque ya hemos tenido la conversación mil veces y al igual que a Leonardo, ella ha decidido ignorar lo que digo.

Si me ve preparando algo de comer en la cocina o con interés de inventar algo comestible, arruga la cara y con un tonito burlón me pregunta: “¿estás aprendiendo para cocinarle a Leonardo?”, si miro algún encarte de electrodomésticos o de una tienda por departamentos me dice: “¿ya van a empezar a comprar los muebles?”. A cada rato me dice que soñó verme embarazada de Leonardo, supuestamente para advertirme que no debo descuidarme, pero detrás de su advertencia esta la oportunidad de decirme que Leonardo no tiene las condiciones para enfrentar una situación así, que arruinaría mi vida, y por ahí se va la cosa.

Ayer definitivamente cruzo la línea. Me pidió que la acompañara a una actividad que tenía una de sus amigas en su casa, algo bastante raro en ella. Yo pensando en que tal vez sería un momentos de esos que uno necesita para estrechar los lazos afectivos, le dije que sí. Llegamos a la casa de la amiga, no veo a nadie más en el lugar, ni decoración especial ni nada. Mi madre desaparece por un largo rato viendo unas supuestas cortinas que estaba vendiendo su amiga, yo me quedo sola en la sala hasta que aparece este hombre con cara de adolescente en pleno proceso de crecimiento, con la cara llena de grasa y espinillas, tan alto que casi pegaba al techo, vestido de chaqueta formal y una sonrisa en la cara.

Me dice: “hola tu eres Yuyita, verdad?, mi madre me ha hablado mucho de ti”

Entendí la “trampa” de mi madre, me disguste al extremo, la paciencia solo me alcanzo para pedirle al joven que me disculpara con mi madre que me llamaron urgente del trabajo, y salir corriendo de allí.

Ella eligió fingir que no había pasado nada y ha estado cantando todo el día, yo le seguiría el juego, pero en cada habitación de la casa hay velones o restos de ellos; velones que ya se que acompaña de obstinadas oraciones, y eso no me deja olvidar su “causa”.

sábado, 23 de abril de 2011

!Tus amigos o yo!

Tenía yo unos 14 años, estaba enamorada hasta los tuétanos, cuando por primera vez viví la experiencia de haber sido echada a un lado por sus amigos. El estaba tan enamorado como yo, tal vez un poco más, pero su mejor amigo (aún estábamos en la edad en que se usa esa expresión que ahora me parece algo tonta e imprecisa) había comprado un videojuego, que para aquella época era lo último de los muñequitos, lo que basto para que mi novio y un grupo de aparecidos, prácticamente cambiaran de residencia y se mudaran sin ser invitados a la casa de Manuel, el dueño del videojuego.
Mi amado, que era bastante puntual en sus llamadas vespertinas, después del videojuego sufrió una especie de amnesia durante días, dejándome a la espera del ring del teléfono.
Las únicas horas del día en las que sabía que no estaba en la casa de Manuel, era cuando estábamos en el colegio, después, creo que ni el uniforme se quitaba para ir corriendo a jugar. Y así se pasaba el día.
La ansiedad me carcomía por dentro, yo en espera de que me visitara, me llamara, me pidiera que nos encontráramos y él de lo más despreocupado, presionando sin parar los botones del control, averiguando como pasar “mundos” y terminar el juego.
Así pasamos una semana, que culmino, cuando presa de la ira, me dispuse a ir a la casa de Manuel y ver por mis propios ojos que era lo que me había quitado a mi novio.
Mi competencia no era solo una maquina de sonidos extraños, era un grupo de hombres a quienes mi adoración llamaba “amigos” y que durante años serian motivo de conflictos entre los dos.
Al final, mi novio regreso cuando se dio cuenta que realmente ya si me tenía relegada al olvido, aunque el regreso a su “manada” de iguales, se hizo cada vez más frecuente y mi mala voluntad hacia ese grupo de “quitanovios” creció a medida que se incrementaban sus encuentros.

La mayoría eran jovencitos en búsqueda de chicas, temía que mi novio también encontrara otra por estar con ellos, no sabía nunca que hacían, donde andaban, que hablaban, lo único que yo sabía que es que le provocaban amnesia a mi amado, que más nunca recordaba llamarme o buscarme de alguna manera.

Ninguno quería saber de mi, creo yo que por aquella teoría que siempre he tenido de que la forma de los demás tratarte son un espejo de lo que reciben de ti y como yo internamente no los quería a ninguno (por lo que me quitaban, no por ninguna razón personal) asumí que por eso mismo no querían saber de mi.

Años después me entere que era odiada por la mayoría porque pensaban que yo era una terrible mujer controladora, que manipulaba a su santo amigo, a quien nunca le conocieron la colita de demonio que escondía. Su amigo el “ángel”, a quien ignoraron las veces que paso por vicisitudes muy grandes, las que me tocaron vivir y luchar a su lado. A ese no lo conocían, solo conocían al alegre amigo que yo quería arrancarles del lado porque, según ellos, soy mala como la bruja de los cuentos.

Reuniones para recordar el pasado (el de hace tan solo uno o dos años atrás), noches de videojuegos, una despedida para una queridísima amiga del colegio (con la que apenas hablaba y que dicho sea de paso no fue a su fiesta de despedida), noches de trago, la llegada de un compañero que vivió la vida entera en la esquina del colegio al que asistió, el reencuentro con la gente del campamento al que asistió hace más de diez años y un montón de disparates más, son algunas de las razones que reúne a aquel grupo de “grandes amigos” casi con solemnidad.

Necesito mi espacio, ¿es que siempre tenemos que estar juntos?, ¿si no tenemos planes por qué no me puedo irme con mis amigos?, A ti no te gustan esas películas que yo veo con ellos, Esa gente a ti ni siquiera te cae bien… Algunas de las frases con las que se deshace de mi o se justifica para andar siempre con ellos.

Amigos que quedan como las verdaderas víctimas de este cuento solo porque ellos eligieron ignorarme y yo no me callo lo que siento.

¡Ay Yuyita cuando es que vas a aprender que el silencio es valioso!

Para que tanto decir lo que sientes, si tus palabras terminan sonando a bla bla bla, si solo te trae problemas, si solo deja ver lo que hay dentro de ti, mientras los demás eligen callar, mentir, ignorar y por eso parecen más normales, menos complejos, mejores personas.

Ese primer abandono, hace muchos años ya, me parece un cuento de hadas para lo que ha ido sucediendo con el pasar de los años, el reencuentro con ellos, es para mí amado como una recompensa, ellos son una especie de héroes ausentes, que por el simple hecho de compartir su código masculino son más que geniales. Ellos y su alcohol, sus videojuegos, sus juegos de pelota, sus reencuentros, películas, negocios y demás motivos.

¿Qué le vamos a hacer mujeres?... Es un mal que nos afecta a todas en una que otra ocasión, porque a todas las que conozco las he escuchado quejándose de la misma cosa.

A nosotras nos cuesta un poco mas comprenderlos porque se nos hace muy fácil olvidarnos de todo y todos por dedicarnos a ese “amor”, a una familia, a lo que sea que represente y signifique amor.
A medida que pasa el tiempo el círculo de amigas disponibles para salir cualquier día en la noche o hasta en la tarde se hace cada vez más reducido, todas andan centradas en sus historias.

Nos olvidamos de dedicarnos tiempo para estar con las amigas, para dedicarnos a nosotras mismas, para ser mujeres, por eso los condenamos a ellos, sus tardes de películas, videojuegos, partidos de futbol, beisbol, cerveza o lo que sea.

La verdad es que ellos tienen la razón, al menos no se olvidan de sus amigos, de ser mas que la mitad de un todo, tienen y defienden la disponibilidad para ser ellos y tener más formas de ser felices.

Aunque nos duela, creo que a nosotras solo nos queda aprender de ellos.



lunes, 18 de abril de 2011

La pasarela de los complejos


Mi amigo Oliver desahogaba sus penas conmigo de manera espontánea, estaba teniendo muchos inconvenientes con su novia, no la quería dejar, por eso intentaba entenderla y como si yo le fuera a dar respuesta a una pregunta milenaria y de tanto valor para el mundo me preguntó que tenía que hacer para comprender a una mujer.

Yo soy mujer y confieso que muchas veces también he querido poder comprender lo que siento, hago y deseo, porque todo eso cambia con tal rapidez que me hace preguntarme ¿Pensaran los demás que estoy loca?. Tanta incoherencia es vergonzosa.

Después de un silencio de algunos 30 segundos, Oliver me pregunta:

¿Es verdad que las mujeres piensan en varias cosas al mismo tiempo?

Le dije: Bueno… La verdad es que cuando me invitan a la playa pienso mil cosas en una fracción minima de tiempo:

Me tengo que depilar al menos un día para evitar irritaciones. No tengo los pies arreglados y tengo que andar en calipsos. Comí demasiado esta semana, mínimo tengo como cinco libras más que sin duda se notaran bastante con el traje de baño. Voy a tener que ir sin peinar a la oficina mañana para no gastar dinero dos veces en tan poco tiempo en el salón, uff que sacrificio porque si que estoy desesperada por peinarme!

Basándome en eso creo que si, pensamos mil cosas a la vez.

Por esas miles de cosas que pensamos todo el tiempo, tantas familias se sustentan de los salones de belleza, los gimnasio se llenan un mes antes de que llegue la semana santa, arrancamos dieta estricta días o semanas antes de ir a una fiesta, evento especial o a la temida playa.

Si, a la playa, o como yo le llamo en mi cabeza, la pasarela de los complejos.

Lugar donde a todas las féminas se nos pone a prueba, mientras que los hombres más relajados se dedican a calificar que ¨modelo¨ tiene la mejor silueta curvilínea de acuerdo a sus gustos.

Si tienes un cuerpo fenomenal no habrá problemas, el asunto es que la cantidad de cuerpos perfectos es bastante reducido y todos andan queriéndose tapar alguna cosa en la playa (a excepción de las extranjeras, quienes sin importar como estén sacan todo lo que tienen para contemplación publica).

Piernas flacas, sostenes vacíos, barrigas muy voluminosas, pelo al que le resbala el agua, abundancia o ausencia de trasero, pelo en el pecho, en las axilas, entre muchas otras cosas más quedan al descubierto en esa caminata, que se hace eterna, desde el lugar donde estas sentado a tu encuentro con el mar, momento en que sientes ser el centro de atención, todos los ojos sobre ti y tu mente centrada en tus complejos.

Cuando yo entre a la adolescencia y cobre consciencia de mi apariencia yo estaba muy segura de que todo estaba mal en mi, comencé a usar las franelas de mi hermano y los pantalones más holgados que encontré en el closet y así me vestí durante un largo período, sintiendo que de esa manera nadie se daría cuenta de todo lo que estaba mal en mi, pues apenas se me distinguía el cuerpo entre tanta ropa.

Y yo, que en mi niñez no podía ni siquiera dormir de la emoción cuando me decían que al día siguiente me llevarían a la playa, ahora sentía que era un castigo cuando me anunciaban que pasaríamos un día de mar, sol y arena, pues allí no podría seguir con mi ropa holgada, era demasiado extraño estar así en una playa.

Tenía varios trajes de baño, pero estaba negada a usarlos, no quería que nadie me viera nada, por eso opte por usar lycras cortas y camisetas largas para bañarme. Solo así me sentía tranquila, pero igual no disfrutaba nada.

Yo que siempre había amado la playa, la sensación de la arena en los pies, el olor del mar y hasta el aroma del bloqueador solar, ya no podía disfrutar de nada de eso, solo porque no quería que nadie me viera y no dejaba de pensarlo de manera compulsiva.

Le pedí tantas veces a Dios que me cambiara, que me hiciera más bonita y así ser más feliz, pero la respuesta siempre fue la misma imagen en el espejo.

Fue una semana santa que mi familia decidió pasarla en un resort, cuando todo cambio. Iba yo mortificada caminando por la playa concentrada en mis complejos cuando alcance a ver a un jovencito con la columna desviada que caminaba doblado en dos, con la cara bastante cerca del suelo, auxiliaba sus pasos con uno de sus brazos y se movía con dificultad; aun así, sostenía una bandeja de dulces de coco que vendía para sobrevivir.

¿De que me estaba yo quejando? ¿Cuál era mi gran problema? ¿No lucir como las modelos de la televisión o como esas mujeres que aparecen en los anuncios publicitarios con poca ropa?

Yo lo tenía todo y estaba haciendo mi vida miserable porque me obsesione con las cosas que no tenía, obviando todo lo que si se me había concedido y poseía.

Decidí abandonar la ropa hiper holgada (mi hermano recupero su closet), comencé a vestirme como una muchacha normal y todos comenzaron a verme con nuevos ojos.

Cuando iba por la calle me piropeaban, comencé a recibir cartas de amor en el colegio y a rechazar jovencitos.

No me hice ningún ¨cambio radical¨, ni me volví el cisne después de ser un patito feo, siempre fui la misma, lo único que cambio en mi fue la actitud.

Ahora, no digo que no piense en depilarme o las libritas de más que pueda tener antes de ir a la playa, pero ya nada me impide disfrutar el mar a plenitud, no me importa que me miren. Para bien o mal, esta soy yo, soy así y así me acepto.

jueves, 7 de abril de 2011

El carrito blanco



El día que me cobraron veinte pesos de pasaje, no se describir lo que sucedió dentro de mí, solo sé que desde lo más sincero y decidido de mi ser, me dije: “no más, necesito mi propio carro”.
Sin titubear ni un segundo reduje a la cantidad mas mínima el dinero que iba a tener disponible esa quincena y el resto lo deposite en el banco. Ese fue el primer paso. Un paso que aunque lo di con determinación, no dejo de causar cierta duda dentro de mi; pues temía que pronto se desinflaran mis ánimos, viera una vitrina con ropa espectacular que me hiciera olvidar mi propósito y gastarlo todo, como hasta el aquel momento siempre había pasado.

Recordé la frase que dice: “cuando dices muchas veces una mentira se convierte en verdad”, y pensé que si lo decía muchas veces, no solo no iba a poder olvidar mi compromiso, ya los demás también comenzarían a preguntarme, y la espera por el carro se iba a convertir en algo real; entonces comencé a hablarlo con todo el que conocía, creo que harte a todos mis conocidos hablándole del famoso carro.


Hice el ejercicio de visualización del que habla el libro “El secreto”, cerraba los ojos y me veía con un guía en las manos, el aire acondicionado encendido, cantando canciones de esas que me gustan. Yo sola en un carro, sin que nadie se me pegara, me apretara, me obligara a escuchar programas políticos que me irritan a morir, o canciones de esas que me enferman el alma.

Deje de visitar las plazas comerciales, evitaba las tiendas, ni mi madre creía que me fuera a durar mucho la decisión, no me creyó hasta después de pasados los seis meses, cuando vio que visitaba con frecuencia el banco y ya se acostumbraba a verme con las mismas ropas, sin que me derrotara la novedad de la moda.

Aprendí a ser creativa con el vestuario, ya no podía comprar un vestido por cada salida que hiciera, combine piezas que nunca siquiera pensé, comencé a darle uso a prendas que ignoraba de mi closet.

Un año y dos meses después de aquel aumento de pasaje que me hizo asumir una actitud decidida, pocas veces tan fuertes en mi persona, abandone con mucha alegría la lista de peatones de Santo Domingo, el carro llego a mis manos, sin deudas, sin líos, luciendo justo como lo imagine, como lo quise desde aquel día en que decidí “ya no más”.

Firmaba los papeles del acto de compra mientras hacia un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas de emoción; esperaba sentada se resolviera todo el papeleo, y no podía quitarle los ojos de encima al vehículo, trataba de asimilar que era mío… La verdad es que todavía no he logrado procesarlo.

Ni siquiera por todo el estrés que me provoca manejarlo en esta ciudad de conductores salvajes, que parecen regirse por la ley de la selva, donde el más fuerte es el que sobrevive.

Voy manejando en esta jungla disfrazada de ciudad y las manos me sudan aunque el aire este encendido en el nivel más alto, he sentido el corazón quererse salir de mi pecho, en más de una ocasión se me ha quitado el apetito y las nauseas se han apoderado de mi por los nervios… Todo eso solo por tener un volante en manos.

Aun así, no lo asimilo, intento volverlo algo normal en mi vida, pero todavía no es posible.

En forma de broma le advierto a mis conocidos que si ven un carrito blanco andando cerca de ellos, lo eviten. No tengo planes de chocar, pero en verdad compadezco a quien vaya detrás de mí cuando voy conduciendo.

Aprender a conducir fue otra historia, que resumiré diciendo que hubo peleas, gritos, lágrimas, frustración y finalmente decisión. El Yuyo, sin dudas es un héroe solo por la paciencia que me tuvo mientras yo me negaba a aprender, más muerta del miedo que por falta de conocimiento.

Cuando me entro la valentía, ya no fueron necesarias las explicaciones ni advertencias, era como si siempre hubiese sabido lo que tenía que hacer. Otro triunfo conquistado… Aunque sigo recomendando a todo el que me lee, que se aleje de cualquier carrito blanco que vea rodando en las calles de Santo Domingo.

No es que yo sea mala conduciendo, es que los demás manejan con un criterio muy distinto al mío.


P.S. Le tome prestado el espacio a Yuyita para escribir esta historia que es muy mía y verídica... Nada tienen que ver con Yuyita, la protagonista de este blog

sábado, 19 de marzo de 2011

¡Me quedo con mi Blackberry!


Creo que soy adicta a mi Blackberry, lo confieso, después de haberlo negado mucho y haberme creído diferente a la mayoría.
Mi primer impulso al iniciar el día es extender el brazo, alcanzarlo y encenderlo; ver que dice la gente en el Twitter, luego en Facebook.
No necesito cinco minutos extra para dormir un poco más en las mañanas, necesito al menos 15 para revisar bien todas las novedades en las redes sociales.
Leonardo mira con desprecio el aparatito, y las discusiones que hemos tenido por el susodicho son ya incontables. El no tiene uno, por eso no me entiende.
No me entiende a mí y al montón de personas que andamos idiotizadas por el bb, ese objeto curioso que nos mantiene cerca de gente que poco tienen que ver con nuestra vida real, pero que nos hace sentir acompañados todo el tiempo.
El asunto es ese, que el Blackberry no te deja sentir solo. En un mundo repleto de gente sufriendo soledad, que llegue un aparato que te permita estar todo el tiempo hablando con gente, enterándote de sus vidas, participando virtualmente de ellas y creándote la sensación de que mientras tenga batería y conexión, jamás estarás solo, es como si hubieran inventado una píldora mágica.
Demasiadas voces, plumas y teclas critican el cambio en el comportamiento social que ha representado el auge del Blackberry.
Dicen que la gente se olvida de compartir, obvia a la persona que tiene al lado para hablar con otros que están lejos, que viven un mundo imaginario y no se cuantas cosas más.
No es que dejen de tener razón, pero, ¿cuantas veces estamos al lado de gente que por más que le hablemos no nos presta realmente atención?. Vivimos rodeados de personas que a veces ni los buenos días nos regalan, no se acercan a hablarnos; si preguntan ¨¿como estas?¨ no se quedan a esperar la respuesta, el intercambio de palabras es estrictamente el necesario, nada de compartir cosas triviales, relevantes o externar algún sentimiento que ayude a mantener en distancia la temible soledad.
Mientras que el aparatito moderno te ofrece conexión impersonal pero igualmente útil con personas que sí te preguntan como estas, te leen, te responden, te hacen sentir más acompañado, valorado y a veces hasta más útil que quienes viven contigo o en tu entorno.
Si, es cierto que por momentos el asunto se sale de control, que se convierte en algo bastante invasivo, abrumador, extenuante. Es cierto que he sentido el impulso de darle vacaciones por largo tiempo, desconectarme del mundo y de esa manera cerrarle la puerta a quienes preguntan cosas molestas, a quienes siempre andan pidiendo favores sin retorno, a quienes solo quitan el tiempo y hasta aquellos útiles y valorados por mi.
A veces es sencillamente DEMASIADO.
Algunos de mis amigos mas valientes han tomado la determinación de prescindir del famoso BB, el hastío supero los límites de su tolerancia, y yo, en la distancia, siento cierta admiración por ellos; porque hay que tener fuerza de voluntad para andar sin algo que te facilita tanto la vida.
No me importa ser una más del montón de idiotizados del mundo, ser una experta en el universo de las redes sociales, el bb chat y otras tantas cosas más consecuencia del Blackberry.
No necesito excusas para usarlo, dejarme embobar y seguir la corriente, es mío, lo pago yo, me espanta la soledad y me saca al menos una sonrisa al día… Así que, ¡me quedo con mi Blackberry!

domingo, 13 de febrero de 2011

Un cursi corazón de cartón


La vi subir las escaleras, resaltando entre la multitud que fluía animada por la plaza comercial, era difícil no notarla con aquel vestido rojo tan brillante, su larga cabellera negra a mitad de la espalda, cargando un corazón de cartón que triplicaba el tamaño de su cabeza, no llegaba a tener 15 años, quizás los había cumplido.

La vi desfilar hacia el restaurante donde estaba sentada, se distrajo más de una vez observando su reflejo en las vitrinas por eso ni se dio cuenta que tenía casi enfrente al dueño de ese desproporcionado y acartonado corazón que llevaba agarrado.

El tenía flores y un felpudo oso de peluche escondidos detrás de su espalda, cuando la tuvo enfrente sonrió y se los entrego, ella puso una de las expresiones más emocionantes, espontáneas y sinceras que recuerdo haber presenciado. Con la mano en el rostro, abrió la boca mostrando sorpresa y lo abrazo fuerte durante un largo rato, se desprendió de su cuello solo para entregarle el corazón que llevaba como regalo para él.

Eran dos jovencitos, ninguno llegaba a los 17 años, pero se veían tan o mucho más enamorados que muchas parejas que conozco… Incluyéndome.

Los vi, no pude evitar sonreír, perderme en su historia y pensar: “eso es San Valentín”.

Los envidie un poco, pero no pude evitar pensar en ella y decirle mentalmente: “mi niña que Dios te de fuerzas para todas las desilusiones que te harán llorar al recordar este mágico momento”.

¿Qué pasa conmigo?, ¿de dónde me salió ese terrible pesimismo?, ¿Por qué no puedo dejar de pensar así?... ¿Será la envidia o la experiencia manifestándose?

Este asunto de ser adulto le quita la mitad de la diversión a la vida, yo que siempre defendí las cursilerías y el día de San Valentín, me enfrento con una Yuyita a la que de verdad le da tres pepinos que sea 14, 15 o 38 de febrero. De hecho esta vez ni recordaba el asunto, mi mente anda bastante ocupada calculando cuando debo y cómo voy a pagar el dinero que debo en la tarjeta de crédito, haciendo malabares mentales buscando de que cosas puedo prescindir para reducir mi lista de gastos y así saldar mi extensa lista de deudas.

Nunca quise sacar una tarjeta de crédito, pero mis familiares y conocidos me convencieron de que necesitaba crear “crédito” porque ya era una persona adulta y podía necesitar un préstamo en cualquier momento. Hasta ahora para lo único que me ha servido es para comprar un montón de cosas que no necesito y que además estan muy fuera de mi alcance económico, ah claro y para darme muchos dolores de cabeza.

Leonardo tiene semanas quejándose de lo mal que va el negocio y como sus esfuerzos por cobrarle a los clientes que le deben ha resultado inútil. Anda de mal humor, estresado y hasta cuando le hablo del clima termina gritándome que no tiene dinero.

Muchas horas de trabajo, estrés, presión, deseos reprimidos, responsabilidades y situaciones que ni siquiera era capaz de imaginar antes de cumplir 17, me han atrapado.

Que si hay que contar las calorías, obligarme a ir al gimnasio, ir a reuniones en las que jamás iría por mi propia voluntad, el maquillaje, las cremas para evitar estrías, celulitis, arrugas prematuras o cualquier otro defecto. Ser una esclava de la moda, lo ultimo en tecnología o lo que pueda traducirse a quedarme atrás del resto, pues hay que cuidar la imagen de que se tiene cierto nivel socioeconómico, lo que a la larga busca repercutir en el aspecto profesional que se traduce a más dinero en el bolsillo (la estrategia de gastar más para conseguir más).
Lograr que eso influya y ayude a conseguir el aumento, un ascenso de posición, un nuevo trabajo, algo que ayude a lograr la anhelada independencia, que no es más que adquirir nuevas ataduras, desgastarnos más y el día menos pensado mirarnos en un espejo y darnos cuenta que ya no somos eso que veíamos antes. De pronto y aunque parezca irreal, la vejez anda mucho más cerca de lo que recordamos haberla visto la última vez.

El pasado viernes, mi tío Juan vino de visita, creo que no supe disimular lo impresionada que quede al verlo lleno de canas, luciendo frágil y algo encorvado, como jamás lo imagine. Ese no es el tío alegre, joven y buenmozo que recuerdo haber despedido hace algunos años. ¿Qué le pasó?, le pregunte a mi mamá; el calendario, me respondió ella.

¿De dónde salieron tantas canas?, supongo que del mismo lugar de donde salieron mis curvas en la adolescencia, esa etapa en la que debí quedarme al menos durante diez años mas.

Mi rostro y formas también van cambiando, lo hacen sin que me dé cuenta, el tiempo anda con prisa y parece que ya hasta se ha llevado mi cursilería y los deseos de celebrar San Valentín.

Pero me niego a dejar morir la poca ilusión que aún me queda dentro, no importa si Leonardo ande mas ácido que un limón y mis amigas anden perdidas en sus vidas y sus amores, creo que yo me merezco un corazón.

Uno grande, bonito y rojo, como el que llevaba la muchachita del mall, un corazón que para crearlo requerirá de mi esfuerzo, creatividad e imaginación, así como todos los materiales que usaba en el colegio para armar el mural de cada mes.

Lo voy a llenar de escarcha, voy a escribir todos los nombres de a quienes amo, le pegaré pequeñas imágenes de algunas de mis fotos favoritas y lo colgare donde lo pueda ver al despertar.

Me regalare esa cursilería llena de amor de mí para mí misma, que importa si no tiene sentido, hasta ahora para lo único que me ha servido el mundo adulto, su lógica y la jodida practicidad es para aburrirme a morir.

¡Que viva San Valentín, que viva el amor siento por mi!