sábado, 28 de enero de 2012

La extraña frente a mi espejo


Lumy, la amiga de mi madre recién se opero los senos, los ojos y el mentón, todo de un solo golpe. Dijo que no iba a vivir ese proceso tres veces y que no le importaba la cuota de dolor que tuviera que pagar. Mami me ha arrastrado a la clínica para ir a verla.
Esta irreconocible, y todavía esa expresión no es para bien.
De muy buen humor, Lumy nos recibe, hace bromas, trata de mantener una conversación aún cuando apenas es posible para ella hablar.
Mi madre sale un momento de la habitación para atender una llamada y Lumy agarra mi mano apretándola muy fuerte y me dice: No sabes lo que yo daría por tener tus veinte años, por tener tu juventud otra vez. El día menos pensado te buscaras frente al espejo, pero solo encontraras a una vieja que no reconoces.

No sé porque me lo dijo, pero sigo escuchando sus palabras una y otra vez en mi cabeza. Me imagino con arrugas, canas y otras tantas cosas propias de la edad, frente al espejo, imagino la sensación de impotencia, de negación y me da tanto miedo.

¿Y yo, que voy a hacer cuando me toque?
Ojala no me toque convertirme en una desconocida frente al espejo… Supongo que todos pensamos eso.

Ya no me parece tan chistoso ni agradable eso de “que cumplas muchos años más”, en cada cumpleaños y el “hasta que la muerte los separe” de las bodas me resulta bochornoso. Solo visualizo la vergüenza de dejarte ver convertida en nada con el pasar de los años frente a esa persona que una vez tu apariencia logro enamorar.

Y con estos pensamientos tan singulares en mente, una tarde encontré un reality show que llamo mi atención, era de mujeres sobre los 35 años que aspiraban a ser modelos profesionales. Como es normal en este tipo de programas, al grupo de participantes se les asigna un reto o misión que debe superar, un fotógrafo les instruía sobre como posar en una toma bajo el agua y estas hacían el trabajo.
Pero la actitud de estas mujeres no era la que ya conocía de los participantes de otros programas de realidad, querían ganar, estaban conscientes de que competían, asimilaban las ordenes que se les daba, sin embargo, no estaban temerosas o con la obediencia de un niño de preescolar.

Tenían seguridad, hacían las cosas a su ritmo, imponían sus reglas, exigían respeto a sus límites.
“Entrare al agua y lo hare lo mejor que pueda, pero no voy a durar más de diez segundos en cada toma, no sé nadar”, eso le dijo una de las participantes al fotógrafo, de manera amable, pero firme.

Entonces me dije, eso tiene de ventaja la madurez, para eso es bueno el tiempo, para dejar de ser tan veleta, para saber lo que quieres, para hacer valer tus deseos y pensamientos, para no permitir que jueguen contigo o te marquen el ritmo.

Supongo que hay un punto en que uno se da cuenta de que la única persona que agradece la lealtad y los sacrificios que se hacen a su favor, es uno mismo. Los demás van, vienen, se enojan, perdonan, están ocupados, regresan, nos olvidan, dejan de estar.

Además de las canas, las arrugas, la piel manchada y demás, los años nos regalan sabiduría, nos libera de cosas innecesarias que cargamos durante mucho tiempo, nos permite ser más “yo”, y le resta importancia a los “demás” en cuanto a decisiones cruciales de la vida.

Estoy segura de que Lumy no deja de tener la razón, pero que le voy a hacer, en lo que tarda la extraña en aparecer frente a mi espejo, disfrutare del proceso de convertirme en esa mujer decidida y bien plantada que ya no va a temer decir que no, cuando realmente no desee algo.

domingo, 22 de enero de 2012

La boda inventada


¿Sabes cómo gastar 219 pesos pendejamente?, fácil, invéntate una boda fantasma, créetela, entusiásmate saliendo a comprar artículos para tu nueva casa y encapríchate con un estúpido perrito de cerámica, para adornar cualquier sitio.

Eso fue lo que hice yo cuando invertí mas de siete mil pesos en cosas que tienen 365 días y un poco más en una esquina almacenando polvo, pasando vicisitudes, padeciendo mi indiferencia.

Bueno, no fue que yo me imagine una boda o algo así, más bien fue que en uno de esos golpes de amor en mi relación con Leonardo, no me pareció tan espantosa la idea de vivir bajo el mismo el techo y jugar a la casita feliz. Me deje convencer por su entusiasmo y su determinación al advertirme que lo máximo que podría estar sin ser mi esposo serian seis meses, ya para mayo él quería tenerme ocupando el otro lado de su cama.

¿Qué si me entusiasme con la boda?, no había boda de la cual hablar, yo nunca me imagine eso, tanta gente en contra de la relación, las idioteces que ambos cometimos en el camino y otros tantos periquitos más, hacían que fuera realmente absurdo siquiera considerar hacer una celebración
.

Se lo conté a una de mis amigas más cercanas y luego de par de muecas, en las que trato de disimular que estaba en desacuerdo con aquel disparate, me dijo que tal vez así se iban a acabar muchos de los problemas que teníamos.
Yo había oído cosas estúpidas pero eso sigue ocupando una de las primeras posiciones en mi top ten, ¿Cuándo se ha visto que un matrimonio arregla una relación jodida?, ¿Acaso la convivencia saca lo mejor de cada quien o se convierte en un remedio mágico para los defectos del otro?

Las fundas siguen intactas en la misma esquina en que las colocamos ese feliz día de diciembre en que salimos a comprar todo. Lo próximo en la lista era la cama, ya estábamos de acuerdo en el tipo de cama que queríamos, lo que aún estaba discusión era el color de la habitación.

Yo me creí tanto el cuento que exigí una llave de la casa, lo regañaba cuando veía que no despolvaba algunas partes de la casa o no me comunicaba alguna decisión del residencial. Hable con la vecina de la quinta, que es como la líder del lugar, ella encabeza la junta de vecinos y le informe que como estaría próximamente viviendo allí ya quería comenzar a asistir a las reuniones y estar al tanto de todo.

El día que dije eso, debí haber tenido el “señora” en la cabeza, metida en el personaje de doña Yuyita, parecía todo un pavo real. Pero me hicieron rápidamente descender cuando la vecina me dijo de una manera muy educada que solo cuando ya estuviera viviendo en la casa podría participar de las reuniones.

Durante esos meses tire a la basura tantos años de principios feministas que me fueron inculcados, yo solo aspiraba a ser la mejor ama de casa, la perfecta mujer de Leonardo. Y lo torture con mis guisos y todas las recetas que me inventaba o buscaba en internet, solo para demostrarle lo que iba a encontrar en casa cuando llegara por las noches.
Hoy en día, considero una muestra de verdadero amor el haberse comido una harina de negrito que le prepare una noche. Parecía mas vomito que comida y apenas pasaba por la garganta, pero él se la comió toda y no me hizo critica alguna. Yo me di cuenta de lo terrible que estaba cuando me anime a probarla al final.

Me pregunto qué debo hacer con estas cosas que compramos, tal vez deba regalarlas o venderlas a una de mis amigas que andan armando boda, entregárselas a mi madre para que disponga de ellas en la casa, aunque me ametralle con preguntas, o darle la libertad a Leonardo para que las use en su casa si lo desea… O nada de lo anterior.

Todavía no estoy lista para desprenderme de esto, de este pedazo de mi vida que se quedo en planes. Increíble como se pasa del amor al odio en un abrir y cerrar de ojos, como de no poder estar separados de pronto ya no puedes ni verle. Pero ya Yuyita, deja de darle tantas vueltas a lo mismo, así es la vida y no hay de otra. Supongo que este capítulo de mi vida lo podre archivar con el nombre de la boda inventada, es en lo único en lo que puedo intervenir a estar alturas... Y las fundas, pues que se queden ahí un rato mas, es la única prueba que tengo de que no me invente todo este cuento.

La ruedita del hamster


“Me siento tan vacía” fueron las palabras de Lolita, me lo dijo así de repente y de la nada, en una pausa de esas interminables conversaciones triviales que tenemos para disipar la mente.
Quede muda, tenía tanto que decir que mejor callaba. Yo también me siento así, sobre todo después de haber pasado un período festivo o de asueto.

Unas breves vacaciones es todo lo que necesito para darme cuenta de lo vacía que esta mi vida, que sin trabajo, yo no soy mucha cosa, poco valor le quedan a esas horas que se quedan desocupadas y en las que tiendo a ponerme algo triste.

La sensación es más parecida a tener un gran y hermoso baúl sin contar con nada que ponerle dentro... Uno puede convencerse de que es prescindible y abandonarlo en el camino, enfocarse en el montón de cosas que no dejan ni pensar con claridad. Pero igual ese baúl no va a pasar a ser de nadie más, ni se va a llenar con otra cosa que no sea lo que le corresponde.

Siempre llega a mi cabeza aquella frase de “Vivir para trabajar o trabajar para vivir”, es definitivo y patético pero real, yo vivo para trabajar y hasta las cosas que hago supuestamente por mí, como ejercitarme, ir a terapia, comprar ropa y demás, todas al final las hago para poder seguir trabajando. Para parecer equilibrada, para tener algo de ánimo, para mantener en calma el estrés, para estar presentable, para poder.

Es por eso que en diciembre, cuando me dispuse a crear mi lista de metas 2012 el primer lugar lo ocupo “vivir más”. Y me propongo cumplirlo con seriedad, porque si no lo hago, sospecho que un día me descubriré una anciana llena de medallas, reconocimientos, logros profesionales y con la alegría y el corazón más arrugado que una pasa.

Suena como algo que podría suceder un día muy lejano, pero que va, los días andan corriendo, los meses ni piden permiso, andan con más prisa que yo un lunes cualquiera.

No, este vacío no se llena con religiones, dioses católicos, evangélicos, ni de ninguna otra clase, que nadie me hable de nada parecido. Tampoco es falta de amores, de amigos o de familia, de todo eso tengo y llenan su cuota de alegría en mi vida. No son metas no alcanzadas, ni anhelos que no llegan…

Me siento presa de mi misma, de este sistema social tan cuadrado, con edades, límites y el mismo libreto para todos. Todos los días las mismas calles, las mismas cosas, el mismo afán… Es como si estuviera en una ruedita de esas en las que corren los hámster, donde ellos se esfuerzan y se esfuerzan, pero siempre están en el mismo lugar, la ruedita corre pero una base se encarga de que se quede estática dando vueltas en el aire.

Tantas veces me pregunto, ¿y si en lugar de estar en esa ruedita estática, pudiera correr en campo abierto?, perdería el confort y la seguridad de la jaula, pero me daría la oportunidad de sentir que estoy viviendo, que no soy tan cobarde, que me atreví a lo que pocos se atreven: a hacer lo que de verdad quise. Y al final de mis días en lugar de reconocimientos y logros, lo que me queden sean las alegrías y experiencias de lo que yo elegí para vivir.

sábado, 7 de enero de 2012

El erizo


La última vez que Leonardo y yo hablamos, en realidad no hablamos, yo grite, él grito, estrellamos cosas al piso y nos fuimos; desde entonces no sé nada de él.
No pasó como en las películas, él no se apareció en una tienda mientras yo me probaba un vestido, ni me dio la sorpresa de su presencia en el parque mientras estaba sola y pensando en él, tampoco ha habido ningún mensaje, ni de texto, ni de voz, ni de humo… Como aquella canción de Juan Luis Guerra.

Me siento tan culpable, no importa quien tenga la razón o no, el problema no es ni siquiera el método de determinar quien la posee, es que se me olvida que lo importante es lograr comprensión, no provocar ira.

Que rabia siento conmigo, con mi madre, con los que me educaron. Me hicieron una mujer reactiva, rebelde, con aires de feminista. Siempre queriendo imponerme, siempre planeando estrategias, plan de defensa y formas de ataque. Toda una guerrera.

Me enseñaron que no debía, bajo ninguna circunstancia dejar que un hombre estuviera por encima de mí, que me dominara, que no me dejara ser, que de alguna manera me limitara. Me dijeron que iba a ser una víctima, una mujer sufrida y a la merced del que quisiera si no generaba mi propio dinero y le mantenía bien claro al que estuviera a mi lado que sobre mi cabeza no había más nadie, que nada me iba a doblar.

Y es así como termine siendo un erizo, un ser que repele, que lastima al tacto.

Cierro los ojos y me veo siendo una de esas mujeres casadas que no duermen esperando que el marido llegue de madrugada con un sartén en la mano, listo para pegárselo en la cabeza tan pronto como entrara por la puerta. Que desagradable visión.

Yo tan profesional, tan impecable vestir, tan envidiable curriculum, vehículo, posición y tan neandertal.

Envidio a esas mujeres del oriente a quienes les enseñan desde pequeña a ser deseables para los hombres, a hechizarlos con sus encantos (no solo los físicos, también los de su interior) para que estos se enamoren y a la vez las hagan felices.

La formula es simple: conquistas al hombre, le complaces y él se mantendrá atento a ti y te complacerá.

Si, suena primitivo, nada que ver con estos tiempos, pero la esencia de esta propuesta no está del todo errada.

Un ejemplo es la historia de las Mil y una noches, en el que la astucia de una mujer no solo la libro de morir, también la convirtió en reina.

Tan importante es esto en oriente que hasta existen textos especiales que tratan el tema, como el libro del Kamasutra. En algunas partes del susodicho se le orienta a la mujer sobre cómo debe ser su comportamiento con el hombre, como se seduce, pero sobre todo como se mantiene a ese hombre enganchado, satisfecho, enamorado. Y no, todo no es sexo, el secreto no son posiciones imposible, masajes, ni vivir desnuda o insinuante, es un tema más de actitud y trato que de otra cosa.

Según la colombiana Isabella Santo Domingo, los caballeros las prefieren brutas... Hoy yo entiendo su afirmación. No es que de verdad uno tenga que ser bruta para que ellos permanezcan y no sea tan difícil el cuento, tampoco hay que fingir serlo. El asunto es, que las que tienen un nivel de inteligencia ligeramente superior al resto, les da con ponerse a pensar, con analizar más de lo que deberían las cosas y con tratar de demostrar que no son lo que fueron nuestros antepasados, que gozan de una libertad que esta muy bien ganada y que no van a aguantar “vainas” de cualquier hombre.

Y es así como nos volvemos acidas, erizos, repelentes para el amor y el sexo masculino; cuando se supone que somos lo sutil, lo delicado, la ternura, lo reconfortante, el hogar.

¿Asumir esto es ser sexista?, tal vez, pero yo hoy no quiero analizar lo que es justo o no, lo que debemos ser o no. No quiero hablar de magnesia y mezclarlo con la gimnasia, el asunto es la estrategia, no lo que nos define. Como conseguir esa armonía y felicidad con esa otra mitad que en poco se parece a nosotras (por más grande que sea el amor).

¿Cómo consigo más, siendo miel o vinagre?

Tal vez si yo aprendiera a reírme más y a discutir menos, si yo analizara menos y disfrutara más, si calculara menos y fuera más espontánea, probablemente mi lista de inconformidades se reduciría considerablemente, si le permitiera a la vida y a los hombres fluir, no marcarles el ritmo, como acostumbro, quizás todo sería más fácil.

Qué tal si en lugar de deshojar margaritas preguntándome si este es o no el indicado, invierto mis energías en ser yo la indicada, en ser menos imposible.

No es asunto de doblegarse o de ponerse por debajo de nadie, el tema es ser más astuta y sufrir menos.

Scheherezade (la narradora de Las Mil y una noches) se convirtió en la reina de un rey desilusionado y cruel que se acostaba y mandaba a matar una mujer diferente todos los días. No fue ni el sexo, ni la ropa de última, mucho menos los argumentos lo que hicieron de Scheherezade una mujer interesante y triunfadora, fue su ingenio el vencedor.

Algo debería yo aprender de ella… Que triunfe mi ingenio y no mi locura.

martes, 27 de diciembre de 2011

Creer y seguir creyendo


Se acerca peligrosamente el 31 de diciembre y mi corazón se inquieta cada vez más a medida que se aproxima el día. Me asustan los fines de año.

Además de la tormenta interna de pensamientos y recuerdos que esto implica, es otra ocasión donde no hay manera de zafarme de la reunión familiar.

No, no es que no quiera o disfrute a mi familia, el problema no son ellos, son los miembros de este interminable clan que aparecen solo para estas fechas y que me provocan tantos sentimientos desagradables.

No entiendo porque cada año tiene que empezar con esta gente, que al final de cuentas no son más que desconocidos.

Es como si fuera un maratón de gente indeseable y entre los que compiten se encuentra la tía Gema, una mujer amargada a la que todo le parece mal.

El 24 de diciembre se me sentó al lado, no se por qué. Yo, para que no fuera más incomodo de la cuenta, le puse tema de conversación, le conté con alegría que Saritah se iría del país y se casaría a principios de enero.

Ella arrugo la cara y contesto que le apenaba la vida que esa pobre muchachita iba a llevar en lo adelante.

Pero tía, si ella se ve tan feliz y Richard es un buen hombre, tiene recursos y están muy enamorados, le dije.

¿Y tu eres de las que cree que el matrimonio es un nido de rosas?, no me hagas reír, que lo mejor es ser novios, después todo es complicación. Desde el primer día de casada, después de la boda, comienza el malestar, cuando te despiertas y te das cuenta que tu vida te la acaban de cambiar por una en la que tienes una lista interminable de obligaciones. Al menos el enamoramiento te da fuerzas para poder con eso, pero después el tiempo va consumiendo ese sentimiento y de pronto te quedas sin nada.

Si, este tipo de cosas son las que la tía Gema suele decir, no recuerdo una sola Navidad de mi vida en la que ella no haya dicho alguna cosa que me dejara molesta, triste o pensativa.

Por eso trato de no contarle nada sobre mi y los planes que tengo, ella los haría trizas en un dos por tres, igual no se como se entera, pero todo lo sabe.

El tío Luis es muy extraño, suele esta muy callado, pero si lo miro siempre me esta mirando, he desarrollado varias teorías sobre él. Puede ser que sea súper inteligente y este constantemente analizándome. Puede ser que yo haga cosas de manera inconciente para que él me mire o tal vez ni siquiera este realmente viéndome. Quizás nunca conozca la verdadera respuesta, pero igual me perturba.

El primo Enrique, no acostumbra a venir todos los años, pero cuando aparece me pongo especialmente nerviosa, le tengo mucho asco, no puedo evitarlo. Cuando era muy pequeña, una vez bebió tanto que término vomitando casi todo el patio menos de una hora después de haber todos cenado. No puedo evitar relacionarlo con eso. Nunca se lo perdonare.

No soporto los borrachos, el olor a alcohol y las babosadas de gente bebida, y todo eso no falta un 31 de diciembre en mi casa, los hermanos de mi padre se encargan de que este degradante espectáculo nunca falte.

Y con todo este circo de locos, mi familia pretende que yo haga una hermosa oración cada año con todos reunidos alrededor de la mesa para dar gracias por el año que termina y por el que se aproxima. A veces lo intento, este año no lo deseo.

Elijo concentrar mis fuerzas en desprenderme de este año, todo lo que se quedo en él, los amargos tragos que me dio y estos recuerdos tan difíciles que no deseo llevar un día más conmigo. Agradecer y abrazarme a todas las bendiciones que hicieron de este ciclo de 365 días uno muy especial.

Si alguien me hubiera avisado lo que me iba a tocar vivir en el 2011 hubiera sentido un miedo tan grande que me habría paralizado, tanto por lo bueno como por lo no tan bueno a lo que tuve que hacer frente.

Pero como no voy a brujos, no busco ni creo en predicciones, las cosas llegan y ya cuando están solo queda resolverlas. Yo creo que así se vive mejor. Sufre dos veces el que sabe que le van a pegar y luego le pegan, que el que no sabe.

No voy a mentir, le tengo mucho miedo al 2012, pero no me puedo aferrar a eso, a mí y a todos los que recibiremos este nuevo año, solo nos queda creer y después de creer, seguir creyendo, solo así podemos continuar la marcha….

¡Don´t stop believing, vamo´arriba 2012!


lunes, 26 de diciembre de 2011

Lágrimas incomprendidas

Entregada a la misión de distraerme viendo televisión, voy pasando canales sin parar y me detiene ver a uno de los actores internacionales que más disfruto ver en películas, sentado como invitado de un programa de entrevistas. Me digo ¿Por qué no?, y me quedo viéndolo.

Los comentarios divertidos del actor, provocaban carcajadas a la audiencia, a mí que no me sacan tan fácil una risa, logre sonreír con algunos de sus relatos.
De pronto y sin entender la secuencia, el entrevistador cambio el tono, bajaron las luces del estudio y comenzó a mencionar hechos dramáticos de la vida del actor acompañado de imágenes antiguas relativas a lo que decía… Solo faltaron violines de fondo para hacer la escena más penosa.

El actor se desoriento, la expresión de su rostro lo indicaba, solo después de su desconcierto logro seguirle el ritmo a lo que trataban lograr con él: un momento conmovedor.
Hablo de la muerte de su hermano, de la ausencia de su madre, en lo que eso represento para sus problemas de pareja y un montón de motivos más que tenían como fin hacer llorar a los espectadores.

Yo, que tengo las lágrimas más a flor de piel de lo común en los últimos meses, en lugar de sentirme conmovida, me sentí molesta, ofendida.

Es que no entiendo ¿por qué hay personas que usan tus buenos sentimientos como estrategia para conseguir lo que desean?, ¿Por qué hay que remover situaciones dolorosas solo para convencer a alguien de algo?, ¿Por qué parece no importar el dolor que eso cause en el otro?

A mí me hace llorar cualquier cosa, mientras más pasa el tiempo me sucede con mayor facilidad, pienso en el pasado y en comparación, me he convertido en una llorona.

Cuando Leonardo me conoció, me dijo en múltiples ocasiones que yo parecía de hierro, que con nada lloraba y creo que esa “insensibilidad” de mi ser lo conquisto un poco… Creo que se enamoro de algo falso, nunca he sido esa mujer de piedra.

Me siento muy tonta llorando, y me da vergüenza con él, no quiero ni que se dé cuenta.

Pero ahora que lo pienso: ¿en qué se baso Leonardo para decir que yo era de hierro y no lloraba con nada?. En el momento en que me lo dijo, por qué carajo iba yo a llorar si estaba más que feliz, enamorada, con la autoestima fortalecida por el amor recién encontrado y sin ninguno de los problemas que van surgiendo a medida que va uno creciendo.

He culpado a las hormonas, mi ciclo menstrual, el estrés, los cambios, hechos particulares, he usado ya todas las excusas que me han dado las revistas para entender esta sensibilidad mía. Lo único que no había considerado es que nací así, llorona, sensible, emotiva.

Una vez, cuando era muy pequeñita mis padres me llevaron a una pizzería y yo estaba demasiado contenta, pero afuera había una señora tirada en el piso, que lucía sucia y extendía su mano a todo el que le pasaba por enfrente para que le dieran algo. Se me quito el hambre, no pude comer y en medio de la cena arranque a llorar. Cuando pude hablar le pregunte a mis padres: ¿Qué tenemos que hacer para que ella ya no esté así?, podemos darle tu pizza si quieres. Se la dimos, pero igual yo seguí triste toda la noche.

No era capaz de entender por qué hay gente tan desdichada en la vida.

Todavía no lo entiendo. Por eso en un momento de mi existencia lo cuestione todo, me enoje con el Dios en el que me enseñaron a creer, le reclame tanta injusticia, me sentí tonta, engañada y eso me llevó a decidir hacerme de la vista gorda, ignorar el dolor que había a mi alrededor… Y abrace una de las frases que dice uno de mis tíos: ¨Yo no he hecho mundo¨, para quitarme de encima cualquier situación ajena que demandara de mi colaboración.

Y adoptando esa “doctrina” de vida, me di cuenta que la mayoría de las personas eso es lo que terminan haciendo. Actuar como si no vieran nada, sin ser ciegos.

Pero mi conciencia no me dejo quedarme en este camino, y al final de cuentas volví a ser la misma del principio.

No creo en religiones, no ando con intenciones de evangelizar, yo creo en que a cada persona le llega el momento exacto para encontrar una fórmula espiritual que le resulte, si es que lo desea. Esas cosas no se fuercen.

Pero a mí me tranquiliza confiar en que no andamos solos por la vida, que hay ser un superior que si escucha lo que le decimos y aunque nos resulte muy difícil y muchas veces hasta doloroso, comprender sus designios, tarde o temprano le terminamos dando la razón.

No creo en las culpas, las penitencias, la caridad impuesta, la salvación por medio al dolor, objetos benditos, beatificaciones, diezmo y otros chantajes más.

Si creo en un Dios de amor, que me escucha y me colma de bendiciones cada día. Creo que provienen de él los mejores sentimientos que hay dentro de mí, muchos de los cuales son los responsables de que mis ojos tan fácilmente se llenen de lágrimas y que aunque me lo proponga no pueda hacer caso omiso a tantas injusticias.

Ese tipo de sentimientos, así como los dolores del pasado de cada quien, deberían ser intocables, inviolables, inaccesibles para cualquier otro ser humano. Por eso me da rabia que en la televisión, en iglesias, retiros, conferencias y otros tantos, se valgan de mover esas fibras sensibles para convencer.

En cuanto a mis lágrimas, he resuelto dejarlas fluir a su gusto. Si estoy feliz, si logre algo increíble, si fui testigo de un milagro, si me invade la tristeza, si me duele el adiós de alguien, si me derrumba el mal ajeno, si me gana la impotencia, lo que sea que me provoque llorar, le daré rienda suelta.

Ya no las voy a aprisionar más, ellas tienen su razón de ser. No siempre lo podré explicar, no siempre podré ser entendida, pero qué más da. Cada quien con lo que le funcione.